
El breve libro integra la colección dirigida por José Nun "Claves para todos", donde hay algunos trabajos sólidos y otros no tanto. Por suerte para el lector, este corresponde al primer grupo, por obra de Moledo, licenciado en Matemáticas, y Magnani, licenciado en Comunicación.
Ambos son docentes universitarios, pero además cultivan la literatura, pues Leonardo tiene cuentos, novelas y obras teatrales y Esteban cuentos y una novela en camino. Así, convierten un texto de divulgación científica en un libro ameno.
Las teorías presentadas son cuatro; el resto queda para siguientes ediciones. El primer protagonista es Nicolás Copérnico (1473-1541), canónigo polaco que se abocó a los problemas que planteaba la concepción astronómica de Aristóteles y Ptolomeo, con la Tierra como centro del sistema, o sea el geocentrismo. Copérnico formula el heliocentrismo (helios, en griego, es el Sol) y desde entonces la expresión "revolución copernicana" se ha convertido en sinónimo de verdadera revolución en cualquier disciplina o ámbito.
Surge luego Isaac Newton (1642-1727), protagonista de la hazaña científica más grande lograda por una sola persona: la teoría de la gravitación universal. La ley vale para todos los cuerpos del universo; por lo tanto, dos cuerpos cualesquiera se atraen con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa.
Los viejos espacios lunar y sublunar desaparecen y emerge el espacio geométrico, euclidiano, plano, infinito y único, un escenario absoluto sobre el cual fluye el tiempo matemático que da la hora en todo el universo. De este espacio y este tiempo dirá Kant en la Crítica de la Razón Pura, que son intuiciones a priori de la sensibilidad.
¿Y el fuego? ¿Qué es el fuego, que ha alimentado tantas meditaciones míticas, religiosas y filosóficas? Según una hipótesis en boga en el siglo XVIII, se produce la combustión porque se escapa un elemento oculto en el cuerpo que se quema, y a ese elemento llamaba flogisto, (en griego significa "consumido por el fuego").
Aquí se alza el tercer protagonista, Antoine-Laurent Lavoissier, nacido en 1743 y guillotinado en la Plaza de la Revolución (hoy Place de la Concorde) en 1794. Lavoissier comprobó que los metales, al quemarse, aumentaban de peso, y eso era debido a "la parte más saludable del aire" que, luego de combinarse con un metal, puede liberarse de nuevo. A esa parte saludable la llamó oxígeno y el flogisto quedaba derrotado.
Y el cuarto protagonista es Charles Robert Darwin, que horrorizó a la sociedad de su tiempo con la teoría de la evolución. Si no ponemos límites a nuestras conjeturas, escribió, es dable suponer que los animales, nuestros hermanos en dolor, sufrimiento y muerte, nuestros esclavos en arduos trabajos y nuestros compañeros de diversiones, participan con nosotros de un antepasado común.
Postula el principio de la lucha por la existencia, donde sobreviven los más aptos y transmiten a sus sucesores las modificaciones que han resultado victoriosas. Así marcha la selección natural.
Nacido en 1809, este hombre que encendió (y enciende) grandes polémicas, y que no descartaba la existencia de una causa primera pero rechazaba adherirse a una religión, a su muerte en 1882 fue sepultado solemnemente en la Abadía de Westminster, cerca de la tumba de Newton.
En algunos casos, los autores se acompañan de coplas poéticas. Por ejemplo, aparece el malevo Galván, del barrio porteño de Pompeya: "Decía: nunca sabemos / si algo está bien o está mal / eso el tiempo lo decide / por selesión natural".Y también: "Escuchen con atención / esto que les digo yo / en el mundo y en Pompeya / quien no se adapta, sonó". Para concluir: "Milonguita darwiniana / que se canta con ternura / en el barrio de Pompeya / cuando la noche está oscura".(c) LA GACETA







