
La narrativa inglesa finisecular y en estos albores del siglo XXI es pródiga en nombres que de a poco se nos vuelven conocidos y comienzan a evocar el talento y la originalidad de autores que prometen perdurar... al menos por algunos de sus textos, ya que hay casos, como el de Martin Amis, ante cuya última producción la crítica no se ha mostrado muy entusiasta. ¿Otros nombres? Ahí están: Peter Ackroyd, Julian Barnes, A S. Byatt, Graham Swift, Jeannette Winterson, y el que nos ocupa ahora, Ian McEwan (1948), ganador del premio Booker en 1998 por su novela Amsterdam.
El jardín de cemento (1978) fue la primera de las ocho novelas que hasta ahora ha publicado -tras dos exitosas colecciones de relatos- y, en el abordaje a la realidad que constituye su trama, ya se delinean las que serán sus "marcas" como escritor: una narración clara, lineal, controlada hasta la sobriedad, pero cuya austeridad se ilumina con el diálogo ágil y con la riqueza sensorial y la construcción psicológica que otorga a sus personajes, en particular al narrador en primera persona.
Existe un factor oscuro en la novela, sin embargo, y está en el universo en el que se mueven las criaturas de McEwan. La idea de la isla, que la canadiense Margaret Atwood señaló como recurrente en la ficción inglesa, asume esta vez la forma de una "isla" familiar, con un padre y una madre que han sido hijos únicos y cuyos cuatro hijos crecen prácticamente sin lazos de amistad con sus coetáneos. Es por eso que las tensiones que surgen entre ellos determinan la existencia de un microcosmos donde todo ha de resolverse y ha de llevarse a cabo con independencia del mundo exterior, incluyendo por una parte el enfrentamiento con la muerte y, por otra, la iniciación sexual. Llegará, como una irrevocable necesidad y como un final abierto, el momento de la traumática pero inevitable apertura a la realidad exterior.
El autor se ha referido a su texto remarcando la presencia de "cadenas edípicas que a la vez amenazan y cimientan las relaciones familiares", lo cual está planteado a través de la acción, sin recitados teóricos redundantes. Pero hay mucho más: para quienes hubieran leído aquel clásico de William Golding, El señor de las moscas, resultará evidente la exploración que aborda McEwan de la naturaleza para nada angélica del hombre. En clave menor y dentro de un contexto menos cósmico que el que alcanzó Golding en su novela, McEwan reformula un fuerte escepticismo hacia la inclinación humana para el bien, esa desesperanza que la literatura del siglo XX reflejó copiosamente.
El cineasta francés Andrew Birkin realizó la versión fílmica de El jardín de cemento en 1992, con Charlotte Gainsbourg como la hija mayor, conservando, según dicen los críticos, la atmósfera opresiva, casi gótica, del original.
Antonio-Prometeo Moya tradujo con solvencia, con algunos españolismos de rigor que no molestan demasiado (¿o es que una ya se acostumbra?). (c) LA GACETA







