
"Tenía 40 años y no creía en nada. Era nadie y nada, es decir: era un periodista. Había abrazado tantos credos que se había quedado sin ninguna fe. Y gustaba vestir esa desnudez con un uniforme impermeable. El uniforme de la objetividad". Estas son las primeras líneas de esta, para mí, atrapante novela que acabo de leer entre traslados de Tucumán a Buenos Aires y viceversa. Su protagonista, Fernández, condensa la crisis existencial en la que está inmerso. A partir de un encuentro casual con una ex novia, ante quien se ve forzado a realizar un arbitrario pero cierto resumen biográfico, se abre en su vida una dolorosa etapa de balances y replanteos. Fernández pertenece a la generación argentina de los 80, que, atormentada por no haber integrado las filas del idealismo setentista y sin la frivolidad estupefaciente de los noventa, sufre un destructivo autocuestionamiento.
Fernández vuelve obsesivamente sobre su pasado, recuerda sus amores idos, sus tiempos de disc jockey, su paso por el servicio militar (aquí aparece una figura bien conocida por los tucumanos: el general Bussi), sus comienzos en esta terrible pero fascinante profesión nuestra: el periodismo. Fernández trabaja en medios porteños y también en uno del interior. Sus dilemas me recuerdan una película y un personaje que me marcaron para siempre: el joven periodista Rubini, que tan sutilmente compuso ese actorazo que fue Mastroianni, en "La dolce vita".
El tentador camino de la superficialidad se entrecruza con el sendero alternativo de la profundidad y el compromiso. Uno de ellos parece ser el de la verdad, pero Fernández descubre que ella, la verdad, no es más que "un juego de cajas chinas", que "los que creen haber encontrado la verdad en una caja no saben que siempre hay otra y otra más. Y que al final hay una caja vacía".
La tragedia de Fernández es la del hombre que ha perdido las certezas que suelen impulsarnos en la vida. Sin embargo, actúa, como Molière, que sale al escenario aunque se esté muriendo. Libro que me toca demasiado de cerca como para ser su crítico ideal. Pero no he resistido la tentación de redactar esta nota y decir que "Fernández" es una gran novela, una obra espejo de una generación, pero también a través de la mirada de sus reconocibles personajes de un país. El otro Fernández, el autor, es un extraordinario narrador y entre los dos constituyen, con elementos contrabandeados de la realidad, una magnífica mentira que, como tal, contiene grandes verdades. (c) LA GACETA







