
Hace cincuenta años, Manuel Gleizer, protector de jóvenes escritores argentinos, se animó a publicar este primer libro de poemas de Juan Gelman. Bajo la égida de Seix Barral ahora se reproduce este tomito en calidad de homenaje a quien, con casi veinte libros de poemas publicados, se ha convertido en un objeto de culto para muchos jóvenes. Inclusive por razones extraliterarias. Este homenaje, revestido de una forma bella, no deja de ser justo. Y cabe agregar que en 1997 se otorgó al autor el Primer Premio Nacional de Poesía, galardón acompañado por varios otros de repercusión en el ámbito hispanohablante.
El prologuista, Raúl González Tuñón, saludó en un prefacio de abigarrado contenido su aparición en los siguientes términos: "integran este libro poemas de clima porteño, entrañable, que tocan el barro y rozan la nube, pero entre los cuales no faltan aquellos que son un toque de solidaridad con los dolores y las esperanzas de otros pueblos. Un mundo de sucesos, corrientes o extraños, seres, imágenes, ilusiones, júbilo, drama, amor y lucha, en el que gira el mágico caballo de la calesita, y otros poemas muy bien logrados, como ?Crepúsculo distinto?, ?Oración de un desocupado? y tantos otros, sin que uno solo de los que forman el libro escape del sello personal, la sorpresiva trouvaille, el vuelo de la imaginación y la profunda sencillez de lo cotidiano... Y siempre la vida, su exaltación, su defensa, que es la defensa de la poesía, porque él lo dice: ?La poesía es una manera de vivir?".
Son palabras adecuadas, dentro de un marco no siempre previsible. Lo individual, el lirismo, lo social se mezclan con entusiasmo, y prefiguran en parte el espíritu de su poesía posterior, una poesía hecha de contrastes y de amalgamas, y que era relativamente nueva para los poetas de su generación. Un tributo merecido para quien contribuyó a darle un acento distinto a la poesía nativa, con sus bellezas poéticas y sus lunares. (c) LA GACETA







