
La difícil historia reciente argentina presenta una diversidad de abordajes tanto más ricos cuanto más incluyen la gama de cinismo, crueldad, soberbia y estupidez que ha caracterizado a muchos de sus protagonistas. En un estilo donde el autor compila con frases e imágenes los hechos políticos desde la caída de Illia, en junio de 1966, hasta febrero de 2002, en plena crisis desencadenada por los acontecimientos de diciembre del año anterior, Kostzer parece apelar a un lector cómplice y memorioso que pudo aguantar con su cuerpo -residencia de la amenaza- sosteniendo así lo insoportable de la situación. A diferencia de su libro anterior -"El pelotudo argentino", donde abunda la descripción de los personajes-, en el actual la resignificación se consigue con la evocación de quien lo ha vivido personalmente, otorgando de tal modo intimidad particular al resultado. La cuestión de la corrupción y, sobre todo, la impunidad -eterna pesadilla ética argentina- se halla en lo profundo del contenido. Lo trágico de algunos de los temas aludidos dificulta una lectura humorística. Es difícil ironizar con el sufrimiento. Pero también invita a pensar que tales males a veces parecen estar a la altura de esa imagen tragicómica que recorre las vidas argentinas.
De la lectura se va extrayendo progresivamente la interpretación mediante la cual se toman reparaciones y remiendos como avances reales. La recuperación de la democracia, luego de períodos dictatoriales, se presenta como un valor novedoso, cuando en realidad nunca debió haber condiciones para perderla. Así, la reflexión se encamina a una modalidad sociológica, donde las excusas y las malas explicaciones construyen la incredulidad y el escepticismo general. La autocrítica, cuando la hay, no tiene espacios creíbles y es observable en comentarios de la época la despreocupación por el destino de las palabras. La construcción del poder ignora el peso de las contradicciones. Kostzer confía en que la repetición de esquemas insostenibles mueva al lector a concientizaciones más sólidas. El argentino -cuyo cuerpo no aguanta- muestra la disociación entre el conocimiento y la conveniencia de ignorarlo, la crítica sobre el control y el acontecimiento sobre la reflexión.
Todo drama o tragedia puede ser parte de un reality show. Lo virtual se impone sobre lo real, porque da opciones imaginarias, la facilidad de un cambio aparente con sólo quererlo. La mordacidad del mensaje parece querer expresar que así como no hay cuerpo que aguante, tampoco así vamos a ninguna parte. No tanto porque nos lo impidan sino porque no queremos caminar. En la descripción de gestiones de ministros de Economía es notorio el fracaso de todos. Un guión, no por invisible menos presente, indica por anticipado su fracaso final. El escepticismo, protector paradójico de la esperanza, queda involuntariamente recomendado para no perder del todo, o menos rápidamente, la salud. Si de aguantar se trata, la pobre salud apenas si puede ser conservada; para qué ilusionarse con desarrollarla. Estamos, entonces, ante un libro cuya fuerza está en la exposición directa de hechos cínicos y dolorosos, pero que al mismo tiempo depende, en gran medida, de la resonancia memoriosa que el lector quiera, pueda o deba darle. (c) LA GACETA







