
La necesidad de "tener un cuarto propio" que Virginia Woolf juzgó esencial para toda mujer que aspire a la creación artística y que tan bien ilustró Vita Sackville-West en Toda pasión apagada, comentada oportunamente en estas páginas, toma un rumbo diferente en Londres. Como si se tratara de un espacio fértil para la elaboración intelectual, Woolf se apropia de la ciudad que en el siglo XVIII hizo decir al Dr. Samuel Johnson que estar cansado de ella era estar cansado de la vida. La autora de La señora Dalloway la recorre con un espíritu entre enamorado y crítico, pero siempre perceptivo y profundo.
Los seis textos breves que constituyen esta edición completa de Londres se publicaron entre 1931 y 1932 en Good Housekeeping. clásica revista "femenina", que intentaba dar a sus lectoras algún material más allá de las recetas de cocina y los consejos para la crianza del bebé.En buena hora. La imaginación de Woolf deja esta vez de explorar los vericuetos del alma humana e incursiona en algunos espacios paradigmáticos de Londres, ciudad imperial, casi en vísperas del ocaso de sus vastos dominios. Con su prosa tersa, atravesada de toques de ironía, la estrella del grupo Bloomsbury justifica el orgullo de la antigua Londinium de los romanos en la estabilidad de sus instituciones y en la laboriosidad de la mayoría de sus habitantes. Woolf no pretende redactar una guía turística, sino transmitir las vibraciones históricas y emocionales de algunos escenarios londinenses. Ahí están los muelles, testigos de las vinculaciones coloniales y comerciales de Gran Bretaña con el resto del mundo; Támesis arriba se agita el incesante espectáculo de la industrialización, en el que Woolf encuentra ciertos atractivos: "Este es el camino por el que se infiltra la belleza. Las grúas descienden y se balancean, y hay ritmo en su regularidad" (30-31). Luego aparecerá la Oxford Street del comercio, esa "dínamo de sensaciones" (39) con su afán de seducir al comprador.
El viaje de este a oeste en esa Londres de entreguerras regresa al este, donde se inició, y completa así un periplo que da sentido al primero de los textos, "Retrato de una londinense". Allí Woolf despliega la seducción de su estilo para referirse a una tal Sra. Crowe, "coleccionista de relaciones", anfitriona por más de medio siglo de unas tertulias cuya "cuota de suscripción ascendía al pago de una cantidad determinada de chismes al año (13) y en cuyo salón "los innumerables fragmentos de la vasta metrópoli parecían confluir en un todo vivaz, comprensible, divertido y agradable" (17).
La mirada de Woolf es estética, no sociológica ni arquitectónica, y cuando roza la historia, es porque busca evocar la armonía de un paralelo o de un contraste con el presente. No se le exija el comentario político o la definición económica, si bien lo que muestra permite que el lector infiera sus conclusiones al respecto. Ofrece, en cambio, muy humanas reflexiones y profunda empatía tras visitar las casas-museos de Thomas Carlyle y de John Keats. Hay toques de humor en la visita a la Cámara de los Comunes, símbolo del vuelco a favor de una ascendente democracia que Woolf no celebra, pero acepta con algún margen de esperanza.
La muy buena traducción de Andrés Bosch y Bettina Blanch Tyroller, así como la inclusión de excelentes fotografías de la Londres de la época, sazonan el placer de la lectura de este breve, casi delicado libro. (c) LA GACETA







