
Con la obtención del premio Nobel de Literatura en 2003, comenzó para J.M. Coetzee una rápida expansión de su reconocimiento por la traducción de casi toda su obra a otras lenguas, entre ellas, el español. Si hasta ese momento sólo Desgracia, infancia y Juventud eran los títulos que podían leerse, desde hace un tiempo ya pueden agregarse a la lista, entre otros, La edad de hierro, Esperando a los bárbaros, Elizabeth Costello y El maestro de Petersburgo. Su prosa ajustada muestra una indudable capacidad para expresar los conflictos internos y espirituales que atormentan a un hombre en determinado período de su vida, así como también para inscribirlos en el marco más general de las condiciones históricas (recordemos que el autor nació en Ciudad del Cabo, Australia, en una familia de habla inglesa; por lo tanto, su obra es testimonio directo o indirecto de las diferencias raciales y de la desigualdad social y política).
Su última novela, Hombre lento, cuenta la historia de un anciano que, en las primeras líneas, tiene un accidente en una ciudad australiana. Paul Rayment pierde una pierna y se convierte en un anciano inválido. Solitario, sin familia, queda al cuidado de su enfermera personal, Marijana, una croata madura y hermosa. Hasta ese accidente, su vida estaba organizada en torno de un núcleo ciego que lo conducía de manera recta, y sin demasiadas discontinuidades, a una lenta pero inexorable desaparición.
La historia comienza a girar en torno de la desfavorable condición en la que se encuentra Paul, fotógrafo retirado, y del enamoramiento que siente hacia su enfermera, mujer casada y con tres hijos. Esta pasión amorosa le despertará las esperanzas y el deseo de darle un nuevo sentido a su existencia, pero a su vez, como contrapartida, comenzará a sentir un profundo dolor y un incesante fluir de preguntas vinculadas al tiempo perdido y a todas las cosas que no quiso o no pudo alcanzar.
Cerca de la mitad, la novela hace un giro inesperado y se convierte en una suerte de ejercicio metaliterario, de reflexión sobre la creación literaria. En el momento en que Paul le confiesa su amor a Marijana, aparece Elizabeth Costello, la escritora que Coetzee emplea en algunas novelas como alter ego (aunque este siempre destaca que se trata de una escritora australiana, de un personaje con vida propia), para intimarlo. No deja de estar cerca de él y lo estimula a que abandone la falsa contención y sensación de reparo que le confiere la soledad, para que se sumerja en el riesgo, la duda y enfrente sus problemas con una voluntad diferente (aunque se traduzca en una profunda introspección). Algunos críticos han visto en la intromisión de este personaje y en el desplazamiento hacia lo metaliterario la apelación a un procedimiento y a un registro que no todos admiran en su obra. Mientras que para otros, Hombre lento es una continuación, por otros medios, de los conflictos sobre la condición humana que, con destreza, Coetzee sabe plasmar. Dejemos que cada lector (tanto el que lo desconoce como el ya iniciado) saque sus conclusiones. (c) LA GACETA







