TOMAS ELOY MARTINEZ. dibujo de Pancho Graells para “Le Canard Enchaîné”.

A principios de la década del 50, publiqué una nota sobre T.S. Eliot, en la entonces sección literaria de este diario. El autor era un adolescente de dieciséis años, y eso me trajo aparejada una gran cantidad de críticas. La nota tenía ciertas deficiencias estilísticas, pero la selección de los adjetivos me hizo sospechar que detrás de ella había un gran escritor en potencia. Ese chico era Tomás Eloy Martínez, quien se incorporaría poco más tarde a la redacción de LA GACETA y seguiría colaborando en este suplemento hasta nuestros días. En su último artículo, publicado en estas páginas el domingo pasado, TEM recuerda las lecturas de su niñez y de su adolescencia en Tucumán. Ese precoz e insaciable lector se convertiría en uno de los más grandes escritores de habla hispana.
"Como Jorge Luis Borges en el siglo pasado, Tomás Eloy Martínez intenta descifrar la Argentina del siglo XXI recorriendo Buenos Aires a la búsqueda del mítico ?cantor de tango?. A su manera irónica y tierna, Martínez llora sobre ti, Argentina", dice Dominique Durand en "Le Canard Enchaîné", el prestigioso periódico francés, a propósito de la reciente edición de Gallimard de "El cantor de tango". La novela recibió una catarata de elogios en la prensa europea. "The Guardian" (Londres), "Tages Anzeiger" (Zurich) y "Le nouvel observateur" (París), señalan a Martínez como el sucesor de Borges, y a "El cantor de tango" como la gran novela de Buenos Aires, así como las grandes novelas de James Joyce, Italo Svevo, John dos Passos y Franz Kafka lo son respecto de Dublin, Trieste, Nueva York y Praga. "The Independent", "Financial Times" (ambos de Londres) y "Die Zeit" (Berlín), entre otros medios, no se quedaron atrás en sus valoraciones de la última novela del escritor argentino. El éxito de crítica y venta en el exterior no tuvo una correlación con las repercusiones del libro en la Argentina, en donde pasó, en términos relativos, bastante inadvertido. Algo similar ocurre con la figura del propio Martínez. Su reconocimiento no es escaso, pero no guarda proporción con la trascendencia del escritor más allá de nuestras fronteras. Su nombre muchas veces no es incluido en las listas de grandes autores argentinos vivos, cuando las confeccionan alumnos y profesores de las facultades de letras, o en las habituales nóminas que se intercambian en círculos intelectuales o periodísticos. Nuestra crítica literaria, por sus carencias, su debilidad y sus pecados, es una de las responsables de esta miopía. El prestigio de TEM a nivel local, por otro lado, se debe en gran medida a la onda expansiva de su boom internacional, análogamente a lo que ocurrió con Borges; por lo tanto, es injustificablemente tardío y derivado. En librerías de Estambul o de Bombay, de Varsovia o de Beijing, de Johannesburgo o de Amsterdam, de Haifa o de Tallinn, de El Cairo o de Moscú, de Yakarta o de Vilna, de Nueva York o de París hay dos autores argentinos que suelen compartir los anaqueles junto a sus colegas locales y a los consagrados de la literatura universal. El primero es, naturalmente, Borges. El segundo es Tomás Eloy Martínez.
Las conexiones entre Borges y Martínez no acaban en lo señalado en el párrafo anterior. Además de la influencia literaria del primero sobre el segundo y del protagonismo global de ambos, algunas de las causas de la deuda que tenemos los argentinos con TEM surgen del propio Borges, quien inseminó la arbitraria idea de la incompatibilidad entre la calidad y el éxito de ventas en una obra de ficción. El destino de la propia obra de Borges rebatiría su tesis, pero un extendido e inconsciente recelo frente a las listas de best sellers perduraría.
El año pasado, Tomás Eloy Martínez fue nominado, junto a seis premios Nobel, al "Man International Booker Prize", la distinción literaria más importante del mundo después del Nobel, y fue uno de los tres finalistas. Por uno de sus dos últimos libros, "El vuelo de la reina", obtuvo el Premio Internacional Alfaguara. La novela fue distinguida como la mejor en lengua extranjera por la Sociedad de Escritores de la República de China, país en el que se vendieron medio millón de ejemplares. "Santa Evita" que junto a "La novela de Perón" es uno de los clásicos de la literatura nacional, es la novela argentina más traducida de todos los tiempos (a 36 lenguas); fue publicada en 78 países y superó ampliamente la barrera del millón de ejemplares vendidos. Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Augusto Roa Bastos, entre muchos otros destacados escritores y críticos, han resaltado las virtudes de su obra.
Algunos han intentado explicar la relativa distancia entre los argentinos y Martínez, por el hecho de que el escritor tiene su domicilio en el exterior. Lo cierto es que, como alguna vez él mismo dijo, reside en los Estados Unidos pero vive en la Argentina. La distancia es lo que le ha permitido pensar el país que tanto ama, con una lucidez y una profundidad extraordinarias. Sus artículos periodísticos y sus novelas son esforzados intentos por comprender a esa patria contradictoria que ha expulsado a sus grandes figuras. Sus escritos han reconfigurado la imagen del país, llenando sus huecos, revelando claves para aprehenderlo.
A pesar de estar convaleciente por una reciente operación, Tomás Eloy Martínez viajó a Buenos Aires para inaugurar la Feria del Libro, el acontecimiento cultural más relevante de nuestro país. En esta oportunidad, destacó la estrecha vinculación que tuvieron el nacimiento y el desarrollo argentino en el siglo XIX con el libro. El nuestro es un país que fue construido por grandes lectores y escritores, como Alberdi, Vélez Sarsfield, Sarmiento, Mitre o Avellaneda. Cualquiera de estos últimos tres presidentes -afirmó Martínez en su discurso- no hubiese dejado de concurrir a un acto de apertura de un trascendente homenaje al libro, como lo es el de la Feria. El actual jefe de Estado, probablemente por sus muchos compromisos, no pudo asistir.
Nuestro país fue construido por libros, afirmó Martínez, y destruido, cabe agregar, por individuos particularmente alejados de las letras. La educación y la cultura -y el libro como vehículo de ambas- son factores fundamentales e ineludibles para el progreso de cualquier nación. Descuidarlos es renunciar a un futuro auspicioso. Teniendo en cuenta estas premisas, los argentinos debemos valorar nuestras grandes obras. Los libros de TEM, apreciados por millones de lejanos lectores y por algunos de los más calificados críticos del mundo, todavía no ocupan el lugar que les corresponde en las bibliotecas argentinas. Lograr que eso ocurra es una de nuestras asignaturas pendientes. (c) LA GACETA







