
Es notable la gran difusión que alcanzaron las obras de divulgación histórica en los últimos años. La elección de títulos desafiantes, el desarrollo de temáticas urticantes y el uso de un registro de lengua cotidiano/vulgar, entre otros aditivos, dieron por resultado un particular modo de abordar el pasado nacional.
Al mismo ritmo que las historias de difusión masiva fueron ganando popularidad y captando el mercado de lectores aficionados, fue creciendo el recelo de los historiadores profesionales frente a estas producciones. Lo que se pone en duda son las formas de probar y argumentar, las visiones dicotómicas y simplificadoras del pasado, las explicaciones monocausales, en síntesis, el divorcio que una camada de improvisados historiadores demostrarían tener con una larga tradición que convirtió el arte de narrar el pasado en una disciplina "científicamente fundada", como la definió el célebre historiador francés Lucien Febvre.
Por su parte, los autores de estos best sellers acusan a la historia académica de no interesar al público y de aspirar a una seudoobjetividad que, a su entender, es hipócrita y acrítica. Convalidan así un modo de pensar y de explicar el pasado -que no se atiene a las estrictas reglas de la disciplina- con el éxito editorial, excluyente factor legitimador de sus obras.
Felipe Pigna es actualmente el autor argentino más exitoso de este tipo de obras. Su popularidad creció significativamente con Los mitos de la Historia Argentina I y II (2004-2005), y terminó de consolidarse con las reiteradas apariciones en los medios masivos de comunicación, especialmente en el ciclo "Algo habrán hecho", junto a Mario Pergolini.
En el marco de esta polémica, Pigna lanza al mercado un nuevo desafío. En Lo pasado pensado se propone dar a conocer sus opiniones sin "neutralidades seudoacadémicas" y renunciar explícitamente "a la declamada e hipócrita objetividad, proclamada y reclamada por los más obvios y objetivos opinólogos y algunos pretendidos dueños de la historia, que se autodefinen como objetivos y desapasionados y opinan subjetiva y apasionadamente a la hora de defender sus privilegios". Para ello eligió un período del pasado nacional sumamente controvertido: desde el derrocamiento de Juan Domingo Perón, en 1955, hasta el regreso a la democracia, en 1983.El libro consiste en una serie de preguntas agrupadas por temáticas y las respuestas alternadas de diferentes protagonistas y testigos de los hechos sobre los que interroga.
Cada "entrevista a la Historia Argentina" está presentada con títulos que pretenden ser ocurrentes ("Azules y colorados, o sea violetas") o con la simple enunciación de una etapa ("Frondizi Presidente"). Luego de someros resúmenes de los principales tópicos sobre los que tratará la "entrevista", se sucede una serie de preguntas que abarcan las más variadas temáticas, desde intimidades de la vida privada hasta cuestiones de Estado, planes económicos o conspiraciones. La calidad de los entrevistados es, a su vez, muy heterogénea, pues pertenecen a los más disímiles ámbitos de acción y posiciones ideológicas; se trata de políticos, periodistas, humoristas, conductores televisivos, militares, economistas, eclesiásticos, sindicalistas, ex guerrilleros, historiadores, madres de Plaza de Mayo, actores, etcétera, cuyas opiniones -que recogen las más variadas experiencias- poco ayudan al lector si pretende elaborar una visión global del tema tratado.
No hay que desmerecer el aporte de Pigna, que ofrece un riquísimo material testimonial. Pero falta la mano de un historiador que retome las hebras seguidas por cada uno de los entrevistados y reconstruya la trama del proceso, que otorgue coherencia a los matices y perspectivas particulares. Faltan, entonces, la explicación, la argumentación, la confrontación, la interpretación, hay que reconocerlo, también la pasión prometida.
En suma, Pigna nos ofrece un gran espectro de testimonios. Falta la historia. (c) LA GACETA







