
La escena muestra unas escalinatas colmadas de personas que esperan ver de cerca a los presuntos responsables de haber perpetrado un crimen múltiple, que acaban de ser capturados. Entre la multitud se puede ver a Truman Capote, quien ha concurrido al lugar con la intención de documentarse para escribir una serie de artículos sobre la masacre. El sonido ambiente va siendo paulatinamente reemplazado por un sostenido acorde musical pastoso y lejano, y los movimientos de los personajes se vuelven asordinados, como en un sueño. La toma se va cerrando lentamente sobre la imagen del escritor, que muestra una expresión congelada en una impresionante mezcla de interés, fascinación, atracción y horror, aunque el actor no mueve un solo músculo de su rostro. Este par de minutos tomados como muestra dentro del metraje que compone el excelente filme "Capote", dirigido por Bennet Miller, sirve para dar una idea de la enorme calidad del trabajo de Philip Seymour Hoffman en la piel del escritor norteamericano. Con gestos precisos y sutiles, e inflexiones de voz estudiadas casi como en una partitura musical, a Hoffman le alcanza con un par de escenas para pintar con trazo firme a Capote, y para mostrar sin exageraciones histriónicas todo el ingenio, el afeminamiento y la insolencia que caracterizaron al autor de "A sangre fría".
A menudo se ha dicho que el premio Oscar no pasa de ser un fastuoso montaje publicitario para potenciar el movimiento económico de la industria cinematográfica, pero que las famosas estatuillas poco tienen que ver con los merecimientos artísticos de sus destinatarios. El galardón obtenido por Hoffman en la categoría de mejor actor protagónico en la última entrega de los premios puede servir como un contraejemplo perfecto: la composición que logra es tan notable que el espectador se siente rápidamente convencido de que Capote debió haber sido exactamente tal cual lo representó el actor en este filme.
Los acontecimientos que narra la película se convirtieron en la génesis de "A sangre fría", la novela que iba a producir una revolución dentro del género en la segunda mitad del siglo XX. La noticia del asesinato de los cuatro integrantes de una familia de Kansas, masacrados a escopetazos en su propio hogar, despertó el interés de Capote, quien por ese entonces ya se codeaba con la fama, después del éxito de su primer libro, "Otras voces, otros ámbitos". La novela "Desayuno en Tiffany?s", además de haber consolidado su popularidad, le había abierto las puertas de Hollywood y lo había puesto en contacto con las celebridades del mundo del cine. Y su insolencia y su afición por la maledicencia, mezcladas con una predisposición innata para el sarcasmo, servían de condimento singular en las notas que periódicamente publicaba en "The New Yorker". Capote logró que la editorial lo enviara al lugar de la masacre, y allí encontró que el material generado por el hecho policial le permitiría plantearse objetivos más ambiciosos que la simple redacción de una serie de notas sobre el tema. Cuando los presuntos asesinos fueron capturados, Truman tuvo la seguridad de que estaba ante un acontecimiento con la potencia suficiente como para tomar dimensión propia. Tras un rápido juicio, los acusados fueron condenados y recluidos en la prisión estatal. Capote consiguió los permisos correspondientes para visitar a los reos y logró que su editorial solventara los honorarios de los abogados que apelaron la sentencia y demoraron cuatro años la ejecución de los criminales. Durante ese tiempo, el escritor estrechó su relación con uno de los asesinos e insistió hasta convencerlo de que le diera hasta los más horrendos detalles de la masacre. La muerte de los condenados en la horca produjo una tremenda impresión sobre Capote, pero el cierre del dramático episodio le permitió poner el punto final a su novela y de esa manera, dar a luz un nuevo género literario, que él mismo denominó faction. La palabra surge del cruce de los vocablos ingleses fact (hecho) y fiction (ficción), y suele traducirse al español ("con obvia pobreza", apunta Tomás Eloy Martínez) como "no ficción".
La película de Bennet Miller termina allí, y Philip Seymour Hoffman se encarga de mostrar en los últimos minutos de su interpretación las huellas de la pesadumbre y la perturbación que el peculiar proceso de creación de la novela dejaron en el espíritu de su personaje. El filme no lo muestra, pero Capote decidió enterrar la amargura que le produjo esta dramática experiencia dedicándose a la organización de un fastuoso baile de disfraces en el exclusivo hotel Plaza, de Nueva York. La consigna para los invitados era vestirse sólo con prendas en blanco y negro, y no llevar otras joyas que no fueran diamantes.
Así de marcados fueron los contrastes que signaron la existencia de este creador insolente, que había nacido en 1924 en Nueva Orleáns y cuyos padres se divorciaron cuando él tenía siete años. Pronto su madre encontró una nueva pareja, Joseph García Capote, de quien el pequeño Truman tomó el apellido con el que alcanzaría la fama. En los años 40 consiguió un trabajo en "The New Yorker", y logró que los editores de la publicación leyeran algunos de sus escritos. Pero fue gracias a una serie de cuentos publicados por un par de revistas femeninas durante su residencia en la localidad sureña de Monroeville que comenzó a hacerse famoso y a frecuentar los círculos sociales más exclusivos. Allí tuvo acceso a detalles de la vida íntima de muchos personajes famosos que su fina intuición, su escritura elegante y su absoluta falta de escrúpulos convirtieron en célebres publicaciones. Una de las más escandalosas fue la transcripción, en "The New Yorker", de una larga conversación que mantuvo con Marlon Brando, en la que el actor, tal vez desinhibido por el whisky y por el tono de intimidad del diálogo, le hizo confidencias que hasta entonces había mantenido en la más absoluta reserva. Capote no tuvo el menor empacho en sacarlas a la luz, y cuando fue denunciado por calumnias, replicó que jamás había engañado a Brando. "Al menos un par de veces en cada encuentro le recordé que yo estaba allí para escribir un reportaje. Es verdad que me alimenté de su carne, pero fue él quien me la puso en la boca", declaró.
Con esta actitud de ventilar hasta los más íntimos secretos de sus conocidos sin preocuparse por las consecuencias se fue ganando el recelo de todos y redujo al mínimo el círculo de sus amistades. Se declaró amigo íntimo de Jacqueline Kennedy, pero no vaciló en contar anécdotas escandalosas de la ex primera dama en un capítulo de anticipo de su libro "Plegarias respondidas", que publicó la revista "Esquire"; antes ya había provocado las iras del clan Kennedy al proclamar que "todos juntos no eran capaces de constituir un solo varón satisfactorio".
Cuando reveló (esta vez con nombres ficticios) la trama de un asesinato ocurrido entre figuras del "jet set" y que quedó impune gracias a las influencias de los personajes presuntamente implicados, Capote colmó la paciencia de la comunidad que durante años había pasado de tenerlo como niño mimado a tolerar con creciente fastidio sus impertinencias y sus indiscreciones.El 25 de agosto de 1984, devastado por las consecuencias de su afición a la bebida y a las drogas, murió en la casa de una de sus pocas amigas. No alcanzó a disfrutar del éxito de la publicación de su último libro, "Música para camaleones". A pesar de las muestras de congoja que oficialmente se hicieron públicas en ocasión de su muerte, más de un integrante de la alta sociedad internacional respiró aliviado ante la noticia del deceso.
Truman Capote cumplió acabadamente con lo que William Faulkner había dicho en 1956, y que Tomás Eloy Martínez recoge en el artículo "La moral de los buitres". "El artista es responsable sólo ante su obra", declaró Faulkner en "The Paris Review". Y agregó: "Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe liberarse de él. Hasta que no se libra no tiene paz. Arroja todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir su libro". (1)
La proyección de "Capote" y el Oscar obtenido por su protagonista han desencadenado un inusitado interés por la obra del escritor; en las librerías de todo el mundo, la demanda de sus títulos ha crecido de manera sorpresiva. A más de 20 años de su muerte, Capote, el artista, vive en su obra por méritos propios. Capote, el personaje, brilla en las pantallas gracias a la antológica interpretación de Philip Seymour Hoffman.
1) "La moral de los buitres", en Tomás Eloy Martínez, El nuevo periodismo, Buenos Aires, 1987(c) LA GACETA







