
En 1977, Susan Sontag reunió en Sobre la fotografía un conjunto de textos que habían aparecido en The New York Times of Books. El impacto del ensayo fue enorme. Esta reedición nos permite volver a frecuentar a una de las intelectuales más lúcidas del siglo XX. Una mujer que hizo de la provocación y la lucidez un modo de pensamiento, uniendo la belleza de la literatura a la claridad del pensamiento.
La aparición de la fotografía supone algo más que un arte o una técnica. "Aprendemos a vernos fotográficamente", afirma Sontag. El hombre del siglo XX convierte la imagen en el modo de relación con la realidad y consigo mismo. Al ser la fotografía la más realista de las artes se presenta como reproducción exacta y encubre cualquier artificio. El fotógrafo es una especie de cazador que rastrea y captura el mundo. Para ello, debe alejarse de la experiencia, y en esa distancia, convertir la realidad en presa exótica. Históricamente, la fotografía surge fascinada por el lujo o por la pobreza.
El fotógrafo es una versión del paseante solitario que explora el infierno urbano. Le atraen los rincones lóbregos y miserables de la sociedad. En general, su búsqueda se relaciona con la nostalgia de un pasado en extinción. Según Sontag, "las sociedades industriales transforman a sus ciudadanos en vaciaderos de imágenes; es la forma más irresistible de contaminación visual".
La crítica del papel de la fotografía se funda en su incapacidad para representar otros mundos posibles. La manera de mirar se confunde con la mirada misma y se convierte, equivocadamente, en el modo de conocimiento por excelencia. Sólo a través de las imágenes aceptamos la existencia de hechos. Hoy más que nunca necesitamos ver para creer. Una guerra, una epidemia, una rebelión o un desastre natural sólo obtienen el interés general cuando se difunden en imágenes. A pesar de su apariencia documental, la fotografía no deja de registrar una parte de la realidad. En el proceso de mirar imágenes, los sujetos acopiamos fragmentos. Y, en ese sentido, ser moderno significa, de algún modo, vivir hechizado por la salvaje autonomía del detalle. Conocer se ha transformado en reconocer. Para Sontag el arte fotográfico es una insuperable modalidad del viaje, ya que se ha convertido en el principal medio de ampliación del mundo.
La fotografía se debate entre su condición de arte y de técnica. La obra de los fotógrafos comprometidos socialmente es condenada si se parece demasiado al arte. Pero, al mismo tiempo, la fotografía abstracta ha sido estigmatizada. La ambivalencia de la fotografía dota de realidad a las imágenes y, al mismo tiempo, las hace perder precisamente esa realidad. El surrealismo está inmerso en la médula de la fotografía.La ensayista critica la tendencia estetizante del mundo contemporáneo, donde cualquier objeto o sujeto puede ser reducido a artículo de consumo. El peligroso poder de la fotografía consiste en ofrecernos una relación experta con el mundo, junto con una aceptación promiscua de él. "Hacer fotografías ha implantado en la relación con el mundo un voyeurismo crónico que uniforma la significación de todos los acontecimientos", dice.
La fotografía no es sólo una interpretación de la realidad, sino también "una huella o máscara mortuoria" que puede conferir realidad o poner en evidencia que la realidad no existe. La autora considera que puede ser un acto violento de apropiación. Trabaja la relación entre fotografía y sociedad en los Estados Unidos. Analiza los cambios en la fotografía desde Walker Evans hasta Dianne Arbus.
Susan Sontag muestra una gran preocupación acerca de la posibilidad de representar, de modo responsable, el dolor ajeno. El fotógrafo puede ser un superturista, una extensión del antropólogo que coloniza experiencias nuevas, sean negativas o positivas. Dianne Arbus, por ejemplo, colecciona monstruos humanos y se jacta de su distanciamiento. Sontag revisa el canon de la fotografía norteamericana y de la europea, a la luz de las distintas estéticas y sus propuestas.
El libro finaliza con una breve antología de citas de fotografías, al mejor estilo de Walter Benjamin. La propuesta es polémica. Una verdadera demostración de las capacidades del género ensayístico. Tenemos la sensación de asistir siempre a la puesta en escena de un pensamiento en su proceso mismo.
Como a la flecha del arquero zen, al ensayo le interesa más recorrer el trayecto que acertar en el blanco. Pero a diferencia de la flecha, su movimiento discurre en forma exploratoria y muchas veces incierta (Sarlo). Sobre la fotografía nos incita a recoger las preguntas y a continuar una reflexión, y lo hace con la belleza de la gran literatura y el fuego necesario del compromiso.(c) LA GACETA







