El amor y el poder

Por María Eugenia Valentié, para LA GACETA - Tucumán.

ADAN Y EVA, oleos de Alberto Durero. ADAN Y EVA, oleos de Alberto Durero.
16 Abril 2006

El amor y el poder están presentes en todos los seres humanos, aunque de maneras y en proporciones diferentes. Durante siglos, el poder estuvo en manos de los hombres: conquistadores, jefes de Estado, jefes de familia, etc., y a las mujeres les estaba reservado un papel secundario. Pero siempre les quedaba el recurso del amor. Y así pasó a la historia el recuerdo de las grandes enamoradas, como Santa Teresa de Avila y su ferviente amor a Dios; la madre Teresa de Calcuta, santificada por su amor por los pobres, los abandonados, los moribundos; Eloísa, por su amor a un hombre determinado, Abelardo. Esta falta de poder de la mayoría de las mujeres las privaba de otras dos aspiraciones de todo ser humano: la libertad y el conocimiento. Pero una larga y a veces silenciosa lucha a través de los siglos hizo que esta situación fuera cambiando.Desde los comienzos del mundo occidental, la Biblia desempeñó un papel fundamental en la configuración de su cultura. En el primero de sus libros, el Génesis, hay dos relatos de la creación de la humanidad. En uno de ellos, muy breve, se dice que Dios creó al hombre y lo hizo como varón y como mujer. En la otra narración, más compleja, se cuenta que, después de haber creado al hombre, Dios dijo: "no es bueno que el hombre esté solo"; y entonces le sacó una costilla y con ella creó a la mujer. En esta versión la mujer aparece creada, no por sí misma, sino por la necesidad de que el hombre tuviera una compañía. Su existencia es entonces necesaria, pero secundaria. Es el "segundo sexo" de que habla Simone de Beauvoir; es la "costilla de Adán" que da lugar a tantas frases humorísticas. De estos dos pasajes del Génesis, sin duda la tradición ha insistido en el segundo.
Algo semejante ha ocurrido con la interpretación tradicional del pecado original. La primera pareja humana vivía en el Paraíso, un hermoso jardín lleno de árboles frutales donde vivían felices. Dios sólo les había prohibido comer los frutos del árbol del bien y del mal. Pero la mujer probó ese fruto y se lo pasó al hombre, que también lo comió con gusto. Esta desobediencia hizo que Dios los echara del Paraíso; ellos, entonces, se dieron cuenta de que estaban desnudos y buscaron taparse. Una tradición transformó el pecado de desobediencia en un pecado sexual. La mujer era no sólo la gran pecadora, sino la culpable de los pecados que cometen los hombres, siempre incitados por la mujer. Este tipo de interpretaciones es lo que permitió la existencia de libros como el Malleus Maleficarum, el manual del inquisidor, donde se enumeran las razones por las cuales es más posible que las mujeres sean brujas a que lo sean los hombres. Así, en los finales de la Edad Media, millares de mujeres fueron condenadas a la hoguera; entre ellas, Juana de Arco, después santificada.
En los Evangelios no se encuentran elementos que apoyen estas interpretaciones contrarias a la mujer. En primer lugar, está la Virgen María, madre de Dios, objeto de veneración de los fieles; aparecen Marta y María, las hermanas cuya casa visita Jesús; María Magdalena, la discípula a la que se muestra después de su resurrección; Verónica, que enjuga su rostro en el camino al calvario, la buena Samaritana, etc. Salva a la mujer infiel que iba a ser lapidada, y agradece, contra la opinión de sus discípulos, a la que derrama costosos perfumes sobre sus pies cansados. Su mensaje religioso nos dice: amaos los unos a los otros. Y fueron las mujeres las que lo acompañaron, hasta su muerte, al pie de la cruz. El cristianismo se presenta como una religión del amor. Sin embargo, cuando se constituye como una institución, ya no aparecen esos nombres de mujer citados en los Evangelios. Esto nos recuerda a San Agustín, quien dice "ama y haz lo que quieras". Pero que cuando se convierte, arroja de su casa a la mujer que le había dado un hijo.
Con el paso de los siglos, la situación fue cambiando; y con la aceleración del tiempo, los cambios fueron más rápidos. Pero no en todos los lugares: todavía hoy la prensa nos informa de casos de lapidación en Africa. También se da el caso de que, por el mismo trabajo, las mujeres ganan menos que el hombre, y la violencia familiar todavía sigue siendo un problema. Pero, en general, los cambios han sido favorables para la mujer. A comienzos del siglo pasado, las familias se preocupaban para que sus hijos fueran a la Universidad, pero las jóvenes estudiaban piano, francés o pintura, y a lo sumo se recibían de maestras. Hace unos años, me pidieron una conferencia sobre "La mujer y la Universidad". Busqué estadísticas y descubrí que, en los primeros años de la Universidad Nacional de Tucumán, la proporción de las mujeres inscriptas era de uno a mil estudiantes varones, y que, en ese momento, los números daban una equivalencia. Actualmente, sospecho, la cantidad de mujeres debe ser superior a la de varones.Con la conquista de la libertad y del conocimiento, las mujeres han conquistado también el poder político. Actualmente, hay en el mundo ocho países donde las mujeres, como presidentas o primeras ministras, ejercen el poder. A lo largo de toda América, nadie puede dudar del poder que detentan mujeres como Michelle Bachelet o Condoleezza Rice. Y en nuestro país, ministerios como los de Defensa y Economía, que fueron siempre reductos masculinos, están en manos de mujeres.
Estos cambios también han afectados las relaciones a nivel familiar: el hombre ha dejado de ser el único proveedor y, en muchos casos, la mujer gana más dinero que él. Pero la mujer cuando vuelve (de la oficina, el consultorio, el despacho o la escuela) debe ocuparse de sus hijos y de la casa, una doble tarea que puede resultarle estresante. En muchos casos -no en todos- el hombre ha comprendido que debe ayudar a la mujer en estas cuestiones. Así, hay maridos que cambian pañales, bañan bebés y llevan los chicos al colegio.
Pero, en general, el hombre parece desconcertado ante estas nuevas situaciones: no le resulta fácil compartir el poder. Algunos recurren a la fascinación, que fue un arma natural de las mujeres. Así, aparecen nuevos tipos masculinos, como el metrosexual, por ejemplo, que pasa horas en el gimnasio estilizando su cuerpo, que se tiñe el pelo, se hace cirugías estéticas, que usa toda clase de productos de belleza, y está al tanto de todo lo que se refiere a la moda.
Ahora que las mujeres están conquistando el poder, es bueno recordar la famosa frase de Lord Acton: "El poder siempre corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente", y tratar de rebatirla. A ellas les corresponde un hermoso deber: demostrar que el amor y la caritas cristiana pueden coexistir armoniosamente. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios