GOTTFRIED LEIBNIZ (1). “Nada es sin razón, o ningún efecto es sin causa”. JACQUES DERRIDA (2). Ingenuamente, piensa que nunca se fundó un proyecto de Universidad “contra la razón”. PABLO PICASSO (3). Antes de inaugurar la revolución cubista, aprendió la técnica de la pintura figurativa.
09 Abril 2006 Seguir en 

1) En el artículo "Reformulación de la Universidad", aparecido en LA GACETA Literaria del 11 de diciembre del año pasado, intenté mostrar que tres autores del siglo XX y de muy diversas tendencias filosóficas, Skinner, Hutchins y Derrida, preocupados por el tema educativo y por la Universidad, coinciden aproximadamente en que esta debe regirse por el fundamental principio de razón suficiente.
Las críticas y sugerencias que colegas y amigos me hicieron, a propósito de este artículo, tienen que ver con aspectos relativos a la viabilidad histórica de un proyecto universitario diferente del hegemónico hoy en Argentina; pero nadie me preguntó acerca de la naturaleza y alcances del principio que constituye la esencia de la racionalidad. Esto es grave, tanto más si se tiene en cuenta que un libro muy difundido y citado de Ortega, Misión de la Universidad, sostiene, por el contrario, un principio totalmente diferente: el de economía. Vale la pena decir, entonces, dos palabras aclaratorias sobre el axioma de la razón.
Se lo asocia con justicia a ese formidable pensador de la modernidad que fue Leibniz, aunque ya la antigüedad lo conocía. Conviene citar un párrafo esclarecedor de Derrida al respecto: "Que yo sepa, jamás se ha fundado un proyecto de Universidad contra la razón. Se puede, por consiguiente, pensar razonablemente que la razón de ser de la Universidad siempre fue la razón misma (...) Lo que, desde hace tres siglos, se denomina el principio de razón fue pensado y formulado por Leibniz en varias ocasiones. Su enunciado más frecuentemente citado es ?nada es sin razón o ningún efecto sin causa?. La fórmula que Leibniz, según Heidegger, considera auténtica y rigurosa, dice así: ?Dos son los principios de todo razonamiento, el de no contradicción y el que da razón (reddendae rationis) de algo?. Este segundo principio afirma que de toda verdad, puede rendirse o darse (reddi) razón". A mi juicio, la filosofía y la ciencia se edifican completamente sobre estas brevísimas fórmulas de Leibniz.
2) Quisiera llamar la atención sobre algunos aspectos de tales fórmulas, que tienen que ver con la misión de la Universidad. En primer lugar, nótese el acento que pone Leibniz en las palabras "reddendae" y "reddi"; ellas pertenecen a la conjugación del verbo "reddere" que utiliza el prefijo "re", y cuyo sentido es el de "dar cuenta en forma reiterada". En segundo lugar, todas las teorías científicas, filosóficas y tecnológicas no son sino secuencias de razonamientos que tienen por finalidad establecer leyes verdaderas o probables. De tales leyes hay que dar una justificación racional o, lo que es lo mismo, expresar su causa, tomada esta palabra en el amplio significado con el que la usa Aristóteles. Pero esta justificación, de acuerdo con el prefijo, debe reiterarse una y otra vez, lo cual significa que el hombre de ciencia tiene que vivir en la actitud de la revisión permanente de sus conocimientos. Esto está totalmente de acuerdo con la norma espistemológica fundamental: la del "control permanente". El científico auténtico es el que persiste en la "tarea infinita" de revisar sus leyes, sus comprobaciones experimentales o especulativas, sus técnicas, etc., con el objeto de eliminar las explicaciones inválidas, perfeccionar las válidas y enriquecer las teorías. La Universidad es el ámbito donde se realiza esta función de poner a prueba, en forma sistemática e interminable, los conocimientos. Y es el único ámbito donde esto puede ejecutarse.
En efecto, pensemos por un momento en las palabras que los legisladores utilizan con frecuencia: libertad, bien común, economía, justicia social, derechos humanos, sistemas representativos, democracia, etc. No se les puede pedir a ellos, justamente porque una legislatura no es el ámbito apropiado, que tengan la máxima cautela en el uso de sus palabras; de allí que toda afirmación política, pronunciada en esos recintos, detenta el carácter de algo meramente retórico. Pero claro, el legislador qua legislador no es un científico; y una legislatura no es el espacio espiritual para realizar una crítica de las nociones políticas. Este menester sólo puede llevarse a cabo en la Universidad. Aquí sí hay que mostrar una permanente insatisfacción por las fórmulas recibidas y llegar a una comprensión más profunda de lo que son la democracia, la libertad, los derechos humanos... Y todo esto porque el principio de razón exige que no sólo hay que justificar un conocimiento, sino además, en una "búsqueda sin término", hay que reiterar las razones y mejorar lo que se recibe de la tradición. En esto consiste la investigación.
En segundo lugar, es sorprendente que Derrida afirme con ingenuidad que "jamás se ha fundado un proyecto de Universidad contra la razón". ¿Acaso no conocía la Universidad estalinista, donde se prohibía la enseñanza de la lógica matemática o la teoría de Mendel sobre la herencia, porque se pensaba que ambas no eran compatibles con los postulados del marxismo leninismo y porque ellas representaban algo así como el refinamiento del mundo burgués? Lo que sí creo es que no conoció la Universidad argentina, cíclicamente gobernada por los irracionalismos fascistas de derecha e izquierda, para usar una terminología inexacta pero comprensible.
En efecto, ¿es acaso razonable que nuestros dos populismos vernáculos hayan tratado y traten de convertir a la Universidad o en un "comité de correligionarios" o en una "unidad básica de compañeros", lo que implica de hecho una violación de la autonomía universitaria? ¿Es acaso razonable que la suerte de los profesores esté supeditada a las arbitrariedades de los gobiernos civiles y militares, y que de tanto en tanto las razzias políticas produzcan un vaciamiento de docentes e investigadores? ¿Es acaso razonable que la Reforma universitaria argentina de 1918 siga teniendo aún vigencia y que en el lapso de casi un siglo no haya modificado en absoluto sus puntos de vista? Recuérdense los grandes cambios políticos, científicos y religiosos acaecidos en el siglo pasado, justamente en virtud de aplicar, al menos en parte, el principio de la racionalidad. Pues bien, la Reforma universitaria sigue allí firme en su pedestal dogmático, sin cuestionamientos operantes y cargando sobre sus espaldas, como un Sísifo argentino, una Universidad con la que muchos están descontentos.
3) En mi anterior artículo señalaba los cuatro peligros que, según Robert Hutchins, acechan a la Universidad. El último tiene que ver con el inmovilismo y la pasiva aceptación del "estado de cosas". Cuando la ciencia, la filosofía, las instituciones, la teología se inmovilizan y se recuestan satisfechas sobre los legados de la tradición, se incorporan a lo que gráficamente Lakatos llama un "programa de investigación regresivo". En esto consiste el oscurantismo. Mal que nos pese, con respecto a la institución universitaria argentina, estamos viviendo décadas oscurantistas. Ello se debe a que amamos, en el fondo del alma, el statu quo académico, posiblemente porque este protege nuestros miserables privilegios y nos exime de la riesgosa aventura de lo desconocido. ¿Qué hizo Ulises para retornar a su isla de Itaca? Enfrentar los peligros de Circe, de Polifemo, de las sirenas. ¿Qué debe hacer el universitario para fomentar una sociedad más justa y feliz? No hacer caso de las necesidades industriales o laborales (el profesionalismo); evitar la anarquía pedagógica; huir de la especialización excesiva y no tolerar el inmovilismo cultural. En rigor, esto significa que hay que ser fieles a las difíciles exigencias de la verdad, del bien y de la belleza, fidelidad que se garantiza, según creo, mediante la aplicación del principio de razón. Tal es lo que piensan, en líneas generales, Hutchins y Derrida. Skinner exige además de la Universidad, un moderado aislamiento geográfico y social, posiblemente para concentrar todos los esfuerzos en la investigación. Así como la tarea del monje o del contemplativo sólo puede desarrollarse en la topología del "desierto", la del universitario requiere un espacio mental en cierta medida análogo. ¿Hemos olvidado el significado de la palabra "claustro"?
Sigo sosteniendo que la razón de ser de la Universidad es la investigación. Esto no descarta la docencia, porque la creatividad sólo puede cumplirse responsablemente sobre la base de la tradición conocida y provisionalmente aceptada. Un par de ejemplos aclarará esto. Una de las grandes revoluciones científicas es la de la relatividad. Pues bien, muchos historiadores opinan que Einstein pudo realizar su hazaña porque conocía perfectamente la óptica newtoniana y las, al parecer, insalvables dificultades del experimento de Michelson y Morley; otros historiadores y físicos, Holton y, entre los argentinos, Boido y Leonor de Cudmani, opinan, por el contrario, que el origen de la relatividad está en el intento de subsanar asimetrías dentro del electromagnetismo de Maxwell. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que Einstein conocía perfectamente la tradición física. Otro ejemplo. Picasso, antes de inaugurar la maravillosa revolución plástica del cubismo, aprendió las técnicas de la pintura figurativa. En síntesis, sólo puede ejercitarse la investigación o la creación artística una vez que se ha aprendido, a través del acto docente, el legado de la tradición. Claro está que la racionalidad exige que todo lo que se aprende o se enseña deba fundamentarse objetivamente; y la investigación consiste en el análisis crítico de lo que parece natural, obvio, definitivo y, asimismo, en la formulación razonable de conjeturas novedosas para aquellas teorías notoriamente débiles. (c) LA GACETA.
Las críticas y sugerencias que colegas y amigos me hicieron, a propósito de este artículo, tienen que ver con aspectos relativos a la viabilidad histórica de un proyecto universitario diferente del hegemónico hoy en Argentina; pero nadie me preguntó acerca de la naturaleza y alcances del principio que constituye la esencia de la racionalidad. Esto es grave, tanto más si se tiene en cuenta que un libro muy difundido y citado de Ortega, Misión de la Universidad, sostiene, por el contrario, un principio totalmente diferente: el de economía. Vale la pena decir, entonces, dos palabras aclaratorias sobre el axioma de la razón.
Se lo asocia con justicia a ese formidable pensador de la modernidad que fue Leibniz, aunque ya la antigüedad lo conocía. Conviene citar un párrafo esclarecedor de Derrida al respecto: "Que yo sepa, jamás se ha fundado un proyecto de Universidad contra la razón. Se puede, por consiguiente, pensar razonablemente que la razón de ser de la Universidad siempre fue la razón misma (...) Lo que, desde hace tres siglos, se denomina el principio de razón fue pensado y formulado por Leibniz en varias ocasiones. Su enunciado más frecuentemente citado es ?nada es sin razón o ningún efecto sin causa?. La fórmula que Leibniz, según Heidegger, considera auténtica y rigurosa, dice así: ?Dos son los principios de todo razonamiento, el de no contradicción y el que da razón (reddendae rationis) de algo?. Este segundo principio afirma que de toda verdad, puede rendirse o darse (reddi) razón". A mi juicio, la filosofía y la ciencia se edifican completamente sobre estas brevísimas fórmulas de Leibniz.
2) Quisiera llamar la atención sobre algunos aspectos de tales fórmulas, que tienen que ver con la misión de la Universidad. En primer lugar, nótese el acento que pone Leibniz en las palabras "reddendae" y "reddi"; ellas pertenecen a la conjugación del verbo "reddere" que utiliza el prefijo "re", y cuyo sentido es el de "dar cuenta en forma reiterada". En segundo lugar, todas las teorías científicas, filosóficas y tecnológicas no son sino secuencias de razonamientos que tienen por finalidad establecer leyes verdaderas o probables. De tales leyes hay que dar una justificación racional o, lo que es lo mismo, expresar su causa, tomada esta palabra en el amplio significado con el que la usa Aristóteles. Pero esta justificación, de acuerdo con el prefijo, debe reiterarse una y otra vez, lo cual significa que el hombre de ciencia tiene que vivir en la actitud de la revisión permanente de sus conocimientos. Esto está totalmente de acuerdo con la norma espistemológica fundamental: la del "control permanente". El científico auténtico es el que persiste en la "tarea infinita" de revisar sus leyes, sus comprobaciones experimentales o especulativas, sus técnicas, etc., con el objeto de eliminar las explicaciones inválidas, perfeccionar las válidas y enriquecer las teorías. La Universidad es el ámbito donde se realiza esta función de poner a prueba, en forma sistemática e interminable, los conocimientos. Y es el único ámbito donde esto puede ejecutarse.
En efecto, pensemos por un momento en las palabras que los legisladores utilizan con frecuencia: libertad, bien común, economía, justicia social, derechos humanos, sistemas representativos, democracia, etc. No se les puede pedir a ellos, justamente porque una legislatura no es el ámbito apropiado, que tengan la máxima cautela en el uso de sus palabras; de allí que toda afirmación política, pronunciada en esos recintos, detenta el carácter de algo meramente retórico. Pero claro, el legislador qua legislador no es un científico; y una legislatura no es el espacio espiritual para realizar una crítica de las nociones políticas. Este menester sólo puede llevarse a cabo en la Universidad. Aquí sí hay que mostrar una permanente insatisfacción por las fórmulas recibidas y llegar a una comprensión más profunda de lo que son la democracia, la libertad, los derechos humanos... Y todo esto porque el principio de razón exige que no sólo hay que justificar un conocimiento, sino además, en una "búsqueda sin término", hay que reiterar las razones y mejorar lo que se recibe de la tradición. En esto consiste la investigación.
En segundo lugar, es sorprendente que Derrida afirme con ingenuidad que "jamás se ha fundado un proyecto de Universidad contra la razón". ¿Acaso no conocía la Universidad estalinista, donde se prohibía la enseñanza de la lógica matemática o la teoría de Mendel sobre la herencia, porque se pensaba que ambas no eran compatibles con los postulados del marxismo leninismo y porque ellas representaban algo así como el refinamiento del mundo burgués? Lo que sí creo es que no conoció la Universidad argentina, cíclicamente gobernada por los irracionalismos fascistas de derecha e izquierda, para usar una terminología inexacta pero comprensible.
En efecto, ¿es acaso razonable que nuestros dos populismos vernáculos hayan tratado y traten de convertir a la Universidad o en un "comité de correligionarios" o en una "unidad básica de compañeros", lo que implica de hecho una violación de la autonomía universitaria? ¿Es acaso razonable que la suerte de los profesores esté supeditada a las arbitrariedades de los gobiernos civiles y militares, y que de tanto en tanto las razzias políticas produzcan un vaciamiento de docentes e investigadores? ¿Es acaso razonable que la Reforma universitaria argentina de 1918 siga teniendo aún vigencia y que en el lapso de casi un siglo no haya modificado en absoluto sus puntos de vista? Recuérdense los grandes cambios políticos, científicos y religiosos acaecidos en el siglo pasado, justamente en virtud de aplicar, al menos en parte, el principio de la racionalidad. Pues bien, la Reforma universitaria sigue allí firme en su pedestal dogmático, sin cuestionamientos operantes y cargando sobre sus espaldas, como un Sísifo argentino, una Universidad con la que muchos están descontentos.
3) En mi anterior artículo señalaba los cuatro peligros que, según Robert Hutchins, acechan a la Universidad. El último tiene que ver con el inmovilismo y la pasiva aceptación del "estado de cosas". Cuando la ciencia, la filosofía, las instituciones, la teología se inmovilizan y se recuestan satisfechas sobre los legados de la tradición, se incorporan a lo que gráficamente Lakatos llama un "programa de investigación regresivo". En esto consiste el oscurantismo. Mal que nos pese, con respecto a la institución universitaria argentina, estamos viviendo décadas oscurantistas. Ello se debe a que amamos, en el fondo del alma, el statu quo académico, posiblemente porque este protege nuestros miserables privilegios y nos exime de la riesgosa aventura de lo desconocido. ¿Qué hizo Ulises para retornar a su isla de Itaca? Enfrentar los peligros de Circe, de Polifemo, de las sirenas. ¿Qué debe hacer el universitario para fomentar una sociedad más justa y feliz? No hacer caso de las necesidades industriales o laborales (el profesionalismo); evitar la anarquía pedagógica; huir de la especialización excesiva y no tolerar el inmovilismo cultural. En rigor, esto significa que hay que ser fieles a las difíciles exigencias de la verdad, del bien y de la belleza, fidelidad que se garantiza, según creo, mediante la aplicación del principio de razón. Tal es lo que piensan, en líneas generales, Hutchins y Derrida. Skinner exige además de la Universidad, un moderado aislamiento geográfico y social, posiblemente para concentrar todos los esfuerzos en la investigación. Así como la tarea del monje o del contemplativo sólo puede desarrollarse en la topología del "desierto", la del universitario requiere un espacio mental en cierta medida análogo. ¿Hemos olvidado el significado de la palabra "claustro"?
Sigo sosteniendo que la razón de ser de la Universidad es la investigación. Esto no descarta la docencia, porque la creatividad sólo puede cumplirse responsablemente sobre la base de la tradición conocida y provisionalmente aceptada. Un par de ejemplos aclarará esto. Una de las grandes revoluciones científicas es la de la relatividad. Pues bien, muchos historiadores opinan que Einstein pudo realizar su hazaña porque conocía perfectamente la óptica newtoniana y las, al parecer, insalvables dificultades del experimento de Michelson y Morley; otros historiadores y físicos, Holton y, entre los argentinos, Boido y Leonor de Cudmani, opinan, por el contrario, que el origen de la relatividad está en el intento de subsanar asimetrías dentro del electromagnetismo de Maxwell. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que Einstein conocía perfectamente la tradición física. Otro ejemplo. Picasso, antes de inaugurar la maravillosa revolución plástica del cubismo, aprendió las técnicas de la pintura figurativa. En síntesis, sólo puede ejercitarse la investigación o la creación artística una vez que se ha aprendido, a través del acto docente, el legado de la tradición. Claro está que la racionalidad exige que todo lo que se aprende o se enseña deba fundamentarse objetivamente; y la investigación consiste en el análisis crítico de lo que parece natural, obvio, definitivo y, asimismo, en la formulación razonable de conjeturas novedosas para aquellas teorías notoriamente débiles. (c) LA GACETA.
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