Novela que asume literalmente los temas de "El Código Da Vinci", pero sin aquel ritmo cautivante del best seller norteamericano

Por Fr. Domingo Cosenza O.P.. Mezcla constante de ficción y de realidad, el texto de Omar Ramos propicia la ilusión de un cristianismo sin cruz.

09 Abril 2006

Los que hayan leído El Código Da Vinci no encontrarán mucha originalidad en esta novela, que asume literalmente los temas del libro de Dan Brown, aunque sin el ritmo cautivante del best seller norteamericano. Se inscribe así en un género muy de moda, aunque ya con una larga historia. En 1950 el teólogo y médico protestante Albert Schweitzer describía las líneas básicas de las novelas sobre la vida de Jesús. "Todas ellas tienden a hacer de Jesús el representante de una altísima doctrina secreta enraizada de igual modo en Grecia, Egipto, Babilonia y la India... Las más recientes Vidas de Jesús noveladas apelan además a testimonios recientemente descubiertos, lo cual les otorga un margen aún más extenso para la fantasía incontrolada" (Investigación sobre la vida de Jesús, Valencia 1990, p. 18).
Ramos usa como fuentes mucho de lo escrito sobre el código Da Vinci y los textos gnósticos de Nag Hammadi: "con todo esto armé una novela e inventé el evangelio de la hija de Jesús: Este predica el verdadero cristianismo que no tiene que ver con las cruces sino que exalta el sexo y el erotismo" (Revista "Ñ", 21/1/2006). Así mezcla continuamente ficción y realidad, afirmando que el Evangelio de Sara fue descubierto en 2004 por un bibliotecario florentino; que entre los rollos del Mar Muerto descubiertos en 1947 hay Evangelios Apócrifos... cuando allí no hay textos cristianos; o que "el Vaticano los mantenía ocultos porque daban una versión muy distinta de Jesús" (p. 393)... cuando en realidad son propiedad del Museo de Israel. Y si tardaron en conocerse los textos de Nag Hammadi (doce códices propiedad del Museo Copto de El Cairo y uno de la Fundación Jung, en Zurich) fue a causa de las "intensas rivalidades personales entre el grupo de estudiosos internacionales que competían entre sí para tener acceso a ellos" (Elaine Pagels, Los evangelios gnósticos, Barcelona 2004, p. 27).
El Jesús de Ramos, bajado vivo de la cruz, va a vivir entre los esenios del Mar Muerto; extraña elección para un predicador del erotismo, ya que los habitantes de Qumrán viven en la soledad "sin mujeres, sin hijos, sin dinero" (Plinio el Viejo, Historia Natural V, 72), y "rechazan los placeres como un mal... desprecian el matrimonio... y se defienden de la lascivia de las mujeres porque piensan que ninguna es fiel a uno solo" (Josefo, Guerra judía 2,119-121). La hipótesis de la muerte aparente se remonta a H. Paulus (1802), pero es consecuente con los textos de Nag Hammadi, que no aceptan que Jesús sufra y muera: "El que bebía la hiel y el vinagre no era yo. Me flagelaban con cañas, pero era otro. El que llevaba la cruz sobre sus hombros era Simón. Era otro el que recibía la corona de espinas. Yo me regocijaba en las alturas" (Tratado del gran Set VII 56, 10-19). Hasta llegan a considerar sólo aparente la humanidad de Jesús: "Yo simulé a Jesús. Yo lo arrebaté del maldito madero y lo establecí en las mansiones de su Padre" (Protennoia Trimorfa XIII 50, 12-15). La ficción literaria con mucha frecuencia incurre en esta incoherencia: pretende encontrar un Jesús más humano que el del dogma eclesial, pero en la cristología más desencarnada que se ha producido.
Más atención merece la crítica hecha a la noción de redención, ya que es un tema tratado repetidamente por importantes teólogos. Jesús ciertamente no sacralizó el sufrimiento, que en sí mismo es un mal. Como afirma B. Sesboüé, "el sufrimiento de Jesús no puede ser un precio que haya que pagar a Dios por los pecados de la humanidad. Hacer que intervenga un esquema semejante de compensación vindicativa entre Dios y su Hijo es una grave injuria contra la idea cristiana de Dios. Una injuria que, por desgracia, no siempre se ha evitado en la historia de la teología" ("Cruz", en AAVV, El Dios cristiano, Salamanca 1992, p. 332). Por su parte, W. Kasper escribía: "Mucho va a depender para el futuro de la fe el que se consiga o no asociar la idea bíblica de la sustitución con la moderna de la solidaridad" (Jesús el Cristo, Salamanca 1986, p. 274).
Aunque Jesús no ha buscado el sufrimiento, sí estuvo dispuesto a sufrirlo a fin de seguir anunciando la misericordia de Dios. No es su sufrimiento en sí mismo el que redime, sino su libre disposición para enfrentar la muerte, manteniéndose firme en su proclamación del Reino, acogiendo a pecadores, consolando a los afligidos, derrotando así el temor a la muerte (Heb 2,15) que esclaviza a los hombres, y haciendo triunfar el amor, el perdón y la confianza en el Dios que resucita a los muertos. En la cruz se encuentra la fuerza divina con la debilidad humana. Lo mismo que el Padre resucitó al Crucificado, signo histórico de impotencia y humillación, así transforma también la vida de quien, creyendo, reconoce su impotencia para salvarse por sí mismo y confía en la gracia de Dios (cf. 1 Co 1,18.22-24). (c) LA GACETA

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