Borges: identidad y ficción

Por Jorge Estrella, para LA GACETA - Yerba Buena (Tucumán).

04 Diciembre 2005
Hijo de Parménides, el espíritu científico privilegia la permanencia sobre el cambio; la identidad sobre la heterogeneidad de las sucesiones (fenoménicas o mentales); la ley sobre el fenómeno. Gracias a ello ha podido, paradójicamente, interpretar mejor el cambio y actuar sobre él.
Esta paradoja -la identidad como principio de comprensión y manipulación de lo no idéntico, que es el cambio- es discutida por físicos contemporáneos. Hawking y Penrose, por ejemplo, discrepan sobre el principio de simetría que la física emplea cuando interpreta sus leyes: en estas el tiempo no juega una función determinante, esas leyes valen por igual en una dirección (pasado-futuro) o en su opuesta (futuro-pasado). Por algo ellas recurren asiduamente al signo de la equivalencia (=) para expresar esa simetría desde donde se piensa al cambio. El lado izquierdo y el derecho de esas fórmulas magníficas (ej.: E=m.c2) son equivalentes. El tiempo, así, resulta una ilusión (Einstein, Hawking, por ej.). Para otros (Prigogine, Penrose, por ej.), el tiempo es unidireccional, hay una flecha objetiva del tiempo, este es intrínseco al mundo.
La discusión sobre la condición reversible o irreversible del tiempo asume su rostro desconcertante cuando interrogamos los fenómenos microfísicos. Recurro al siguiente texto del cosmólogo Hubert Reeves para mostrarlo: "Imaginemos que filmamos una secuencia en la que un protón captura un electrón. Se forma un átomo de hidrógeno y es emitido un fotón ultravioleta. Pasemos ahora la película al revés. Un fotón es absorbido por un átomo de hidrógeno, que se divide enseguida en un protón y un electrón... Los dos fenómenos corresponden a acontecimientos posibles. La secuencia es reversible... Cuando un gas de electrones y protones (un plasma) es mantenido a temperatura constante, se produce un gran número de asociaciones (en átomos de hidrógeno) y de disociaciones... Tras un tiempo, el número de asociaciones por segundo se hace igual al número de disociaciones por segundo. Esto se llama estado de equilibrio asociativo. Esta es la situación en el puré cósmico durante los primeros tiempos del mundo... Balance neto en el plano de la organización: No ocurre nada en absoluto" (El sentido del universo, Emecé, Buenos Aires, 1989).
Sin embargo, a poco andar, el universo se elevó desde esa identidad en que nada ocurre hacia la complejidad, mediante una fuga del equilibrio asociativo. Fueron violentos desequilibrios los que engendraron una historia irreversible. La secuencia fílmica de este acto mío en que escribo desde el teclado del computador sólo será verosímil si la pasamos en directo. Porque al ofrecerla en reversa, veríamos algo irreal: mi tipiado desde derecha hacia izquierda que va borrando letra por letra este texto.
¿Por qué desde simetrías simples cumplidas en los componentes básicos de la materia -donde la dirección del tiempo no se revela significativa- ella se encumbra a estructuras de comportamiento unidireccional, con flecha del tiempo?
Veamos ahora brevemente cómo el tiempo viene creando dificultades insalvables también a los filósofos.
En su Nueva refutación del tiempo (y también en otros escritos), Borges ha llevado al extremo la tesis idealista de Berkeley y el fenomenismo de Hume: "Para Hume no es lícito hablar de la forma de la Luna o de su color; la forma y el color son la Luna; tampoco puede hablarse de las percepciones de la mente, ya que la mente no es otra cosa que una serie de percepciones"... "¿La serie? Negados el espíritu y la materia, que son continuidades, negado también el espacio, no sé qué derecho tenemos a esa continuidad que es el tiempo"... "La metafísica idealista declara que añadir a esas percepciones una sustancia material (el objeto) y una sustancia espiritual (el sujeto) es aventurado e inútil; yo afirmo que no menos ilógico es pensar que son términos de una serie cuyo principio es tan inconcebible como su fin" (Otras Inquisiciones - 1952).
Este harakiri radicalizado de la identidad que practica Borges con lógica rigurosa -él lo sabe- es "el débil artificio de un argentino extraviado en la metafísica". Mejor: el artificio del hombre extraviado en el tiempo. Porque lo cierto es que no sabemos qué sea el tiempo. ¿Puede nuestro conocimiento prescindir de identidades postuladas en el mundo cambiante? ¿Puede construirse un saber que se haga cargo de la realidad sin introducir en ella la discutible ficción de identidad? Sí, si nos colocamos en cualquiera de los antagonismos señalados al inicio (Hawking vs. Penrose, por ej.). No, si empujamos con dramatismo literario las escasas fuerzas de nuestro pensar hacia sus propios límites. (c) LA GACETA

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