Un sentido testimonio, para no olvidar crímenes

Por Federico Abel. Libro imprescindible y doloroso, pero necesario.

04 Diciembre 2005

Cinco años atrás o más, en el Centro Cultural de la Universidad Nacional de Tucumán, Jack Fuchs, sobreviviente del holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial, estaba narrando aquel infierno, cuando un joven, con sinceridad, le preguntó si podía relatar cómo era un día en el campo de concentración de Auschwitz. De pronto, se hizo uno de esos silencios que incomodan, y Fuchs contestó con dignidad y un poco emocionado: "es que si lo hago, muchacho, temo no poder salir nunca". Esta idea atraviesa el sentido libro de Eugenia Unger, pese a las esperanzas que sugiere el adverbio después colocado en el título y que quiere significar que hay vida -que es posible aún- no obstante el industrial asesinato de 6 millones de personas perpetrado por Adolf Hitler. La autora lo dice sin dudar: "quien ha entrado en Auschwitz nunca podrá salir de allí, y el que no estuvo, nunca podrá entrar. Y yo sigo siempre dentro de Auschwitz, sigo en cada uno de los campos de detención y de exterminio por los que pasé".
Se trata de un libro imprescindible, doloroso, pero necesario para recordar -siempre- que, después y precisamente por Auschwitz, el ser humano es capaz de cualquier cosa. Ya se sabe: los campos de concentración hitlerianos pusieron (aún ponen) en crisis a razón y ni que hablar de la moral. Y la vida de Unger es una prueba de ese problema. Cuando estalló la guerra en 1939 vivía felizmente en Varsovia; su familia (padres y tres hermanos) desbordaba pujanza. Tal inocencia tenía que cuando escuchó la llegada de los aviones alemanes a Polonia, preguntó: "¿son nuestros?". Y cuando los nazis arrinconaron a los judíos en un tortuoso gueto, ella sólo atinó a colocar en la mochila un par de muñecas y un dormitorio de juguete. Quizás hasta lo hizo con una sonrisa. "No agarré ropa, porque pensé que íbamos a volver. Y no volvimos", rememora. Allí comenzó el errante viaje -la palabra viaje es demasiado suntuosa para calificar una deportación inexplicable y demoníaca- por los campos de concentración (Ravensbrük, Maidanek, Rejov, Malajov, etcétera), de lo que ya se había encargado en un libro anterior, "Holocausto, lo que el tiempo no borró".
En este segundo libro, que tiene un poco de diario, de crónica y de memoria, Unger se concentra en la vida, no menos difícil e incierta, que espera a quienes lograron sobrevivir a Auschwitz. Esta parte está contada con las entrañas y, como no podía ser de otra manera, hasta con un poco de rencor contra quienes, pudiendo, no frenaron aquella pira infame. Y tiene razón cuando pregunta con tono inquisitivo: "¿no veían el humo que salía como lenguas de fuego de las chimeneas (de los campos)?". Por ello, insiste en que a ella no la liberó nadie, menos los rusos. Es chocante cuando relata que los soldados soviéticos, después de haber abatido a los alemanes y de haber abierto las puertas de muchos campos de concentración, se sentían con derecho sobre las famélicas mujeres judías. "Yo te liberé, ahora tienes que dejarte", les decían antes de violarlas. En consecuencia, Unger está otra vez en lo cierto cuando asevera sin gratitudes protocolares: "no le debo nada a nadie, he pagado muy cara mi vida, con creces, con todas mis lágrimas, con todo el dolor, con toda mi inocencia, con toda mi adolescencia y con toda mi familia".
También es paradójico que, sin familiares (sólo su madre sobrevivió) ni casa adonde volver tras la guerra, Unger y su marido -a quien conoció en Italia, donde tuvo un hijo- hayan terminado en la Argentina, por gestiones de una tía de su esposo. Lo curioso es que, durante esos días, circulaba por Europa la leyenda -luego tristemente confirmada - de que muchos altos mandos nazis habían elegido nuestro país para refugiarse porque acá algunos los cobijaban desde los despachos oficiales. Corrían los últimos años de la década del 40.
El libro tiene como telón de fondo el problema del antisemitismo, que también lo es de la cristiandad, aunque muchas veces se lo quiera disimular, porque fue en el corazón de Europa y de la cultura Occidental -nada más y nada menos- donde germinó todo aquello que desembocó en Auschwitz. Por ello, cuánta actualidad tiene el "Esbozo de Dogmática", que el teólogo protestante Kart Barth escribió en 1947 luego de su propia experiencia en un campo de concentración. Allí utiliza el fenómeno del nazismo para llamarles la atención a sus hermanos cristianos y vaya la forma en que lo hace. "Quien se avergüenza de Israel se avergüenza de Jesucristo y, por tanto, de su propia existencia", advierte. Y luego se vuelve lapidario. "Un pueblo -y esta es la otra cara del nacionalsocialismo- que se elige a sí mismo y que se convierte en el fundamento de todas las cosas debe chocar, tarde o temprano, con el pueblo verdaderamente elegido por Dios. Ya en la proclamación de esa idea de nación elegida (por los nazis, que habían soñado con un "Reich" de 1.000 años), antes incluso de que se expresara el antisemitismo, se encuentra una negación radical de Israel y, con ello, de Jesucristo, y en definitiva de Dios mismo. El antisemitismo es una forma de ateísmo, junto a la cual, la que habitualmente se llama ateísmo, es una ingenuidad". Entonces, frente a la pregunta de muchos sobrevivientes acerca de dónde estaba Dios durante la Segunda Guerra, cuando sucedía todo aquello, Barth probablemente le hubiera contestado: "en Auschwitz, asesinado". (c) LA GACETA

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