La derrota de la palabra

Por Alvaro José Aurane, Para LA GACETA - TUCUMAN.

04 Diciembre 2005
-¿Qué es? -me dijo.
-¿Qué es qué? -le pregunté.
-Eso, el ruido ese.
-Es el silencio.
(Juan Rulfo, "El llano en llamas")
La palabra pública, la que emana del Estado, está enferma de silencio. No se trata del silencio "de" la palabra, ese del que hablaban Valentín Voloshínov y Mijail Bajtín cuando se referían a la impotencia del joven escritor para describir el mundo. Ni tampoco de abandonar la producción literaria por la supuesta limitación del lenguaje, como Nikolai Gogol intentando quemar la segunda parte de "Almas Muertas". Ni siquiera es el mero descreimiento del discurso político. Es algo, en realidad, mucho más vacío. Es el silencio "en" la palabra. Es la palabra diciendo nada. El silencio y la palabra referida a la cosa pública no están separados: son una y la misma cosa.
Si pudiera atribuirse voluntad propia a la palabra, podría decirse que ella decidió callarse. Como si no quisiera hacerse cargo de quien la pronuncia. La palabra se calló y se cayó: quienes la enuncian dejaron de sostenerla. El drama de esta situación radica en que, así como no se trata de cualquier silencio, tampoco se trata de palabras cualesquiera. Y en su mutismo hay innumerables radiografías sobre la fractura de la sociedad.
Nada dicen hoy, aquí, palabras como lealtad, diálogo, compromiso o justicia social. Y está la libertad. A ella, más bien, la acallaron. De pronto, ya no había un concepto de libertad, sino una definición negativa. Es decir, no se dice qué es la libertad, sino en qué cosas no consiste. Y una cosa no equivale a la otra. Porque, como advirtió el politólogo José Nun, cuando se convino que hay libertad donde no hay interferencias, se determinó que el Estado debe proteger la libertad, pero no su ejercicio. Incluso, de no ser así, el Estado estaría interfiriendo. Advino, entonces, la libertad de mercado. Según ese prisma, todos somos libres, por ejemplo, de acceder a la educación. Pero muchos no hacen uso de ella por su situación socioeconómica. El único problema con esta perspectiva de la realidad radica en que es un embuste. Quien no tiene los recursos para educarse, simplemente carece de la libertad de dejar de ser un analfabeto. En el artículo "La percepción de la pobreza" (La Gaceta Literaria 19/06/2005) se planteó que la pobreza es un sistema. Si se asumiera que es así, y se advirtiera que ser pobre implica carecer de numerosas libertades, entonces el Estado necesariamente debería intervenir, en lugar de seguir silenciando. Y silenciándose.
Luego, la igualdad enmudeció porque nadie quiere hablar de la distribución de la riqueza. Menos aún de la transferencia de recursos. De todo lo que unos no tienen y sí lo tienen otros. Relación que alcanza inhumanas desproporciones al comparar la situación del 10% más rico respecto del 10% más pobre. El resultado es el esquema argentino: se puede empobrecer más a los pobres, mientras crece el enriquecimiento de los más ricos. Eso sí, nada de acorralar los ahorros de la clase media, porque -entonces sí- este se habrá convertido en un país injusto y habrá que salir a la calle a clamar equidad. Antes, no. Después, menos.
Con todo, a cuatro años de las puebladas de diciembre de 2001, cuya legitimidad y espontaneidad no pueden ponerse en duda, surge que la "política" hace mucho tiempo que dejó de decir algo. En rigor, a esa palabra también la amordazaron. Y la escondieron en algún cuartucho. Porque desde el 83 hasta Borocotó, de lo que vienen oyendo los argentinos, más que de la política, es del "arreglo". Coincidentemente, la gente se hartó de los políticos cuando el país ya no tuvo arreglo. "Ese" arreglo. Y hasta el axioma de que a un presidente se lo cambia con votos (casi pedagógico en el advenimiento de la democracia) enmudeció. El pueblo, sin renunciar a la democracia, dijo que no esperaría cuatro años para sacarse de encima a una corte de peligrosos inútiles.
Nada dicen palabras como oposición, representantes o hasta las últimas consecuencias. Lo mismo ocurre con solidaridad, reciprocidad, paz social, dignidad. Y está la ética. El silencio de la ética fue igual a la sociedad inspirando hondo para sumergirse en el pantano de lo antisocial. Cuando la ética se calló y se cayó, volvimos a la selva. Porque la ética es, en dos palabras, el otro. Y cuando el otro dejó de importar, se reinstauró la ley del más fuerte. Con ella, el más grande se aprovecha del débil? y está bien que sea así porque es la jungla.

Una sociedad sin concierto
El filósofo francés George Steiner sostuvo que cuando el lenguaje sufre del abuso, la sociedad pasa de ser victimaria a convertirse en víctima: una civilización de palabras que termina por desvalorizar los medios de expresión y de comunicación se convierte en una cultura "desconcertada". En la Argentina, las culpas son concurrentes. Los hombres públicos abusaron de la confianza común. No se trata de que el pueblo sea ingenuo por haber creído durante tanto tiempo en la palabra pública. Llega una instancia en la que el ciudadano, por su condición de tal, tiene que creer. Hay un punto en el que la gente se plantea que el Presidente no puede estar mintiéndole. Al menos, no tanto. Pero tampoco puede liberarse a la sociedad de toda responsabilidad. El silencio que carcome a la palabra pública no es de manufactura exclusivamente política. Si el cliente piensa que sus intereses pueden ser traicionados por su abogado; si el paciente sospecha que el médico lo ve como un negocio, o si cualquier vecino teme que el policía pueda asaltarlo, la sociedad está en problemas. Y la nuestra está en serios aprietos.
Habrá que reparar, además, en que la cultura del desconcierto no ha sido consagrada de una década para otra. En realidad, el siglo XX había sido un ininterrumpido padecimiento de dogmatismos con pies de barro. Luego, de forma casi natural, se formaron anticuerpos contra toda pretensión de certeza. No era para menos, teniendo en cuenta que la idea de progreso enarbolada durante los siglos XVIII y XIX, fue torpedeada en la centuria pasada por dos guerras mundiales. Bombas atómicas incluidas. Durante los períodos de paz, a la humanidad no le fue mejor en el examen de conciencia. Progresó la ciencia, pero no la moral. Y, para peor, los avances tecnológicos no son compartidos por todos. ¿Habrá también una libertad de acceso a la cirugía de alta complejidad, diferenciada de la capacidad individual para ejercerla? Los hombres no son más libres. Tampoco más dignos.
Por el subtrópico, en tanto, pasó aquello de que la Argentina es un país más europeo que americano. Y que este era el granero del mundo. Que constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad. Que Perón y Evita y la patria socialista. Que los argentinos son derechos y humanos y que los militares concretarían un proceso de reorganización nacional. Que con la democracia se come, se cura y se educa. Que se rompa y no se doble. Que la gran masa del pueblo combatiendo al capital. Que "siganmé, no los voy a defraudar". Que es muy lindo dar buenas noticias. Que el que apuesta al dólar, pierde. Que Tucumán es la capital del NOA y el jardín de la república. Que gobernaré a puertas abiertas. Que yo tengo fe, yo creo en el amor. Que me corto el brazo antes de transferir el Instituto de Previsión y Seguridad Social a la Nación. Que el sistema republicano de gobierno y la división de los poderes. Que no me desvela la reelección. Después de semejantes claridades, la contradicción apareció como una opción coherente. Los desocupados reclaman trabajo y para ello levantan piquetes que atentan contra las actividades de los otros. Repudian la inmovilidad bloqueando la movilidad. La demanda de una mejor universidad pública se basa en hacer tambalear el año lectivo. En definitiva, los damnificados se damnifican atentando contra lo público. Y allí se advierte que "público" quiere decir nada para mucha gente. Por ejemplo, no construir una autopista que reemplace a la ruta nacional 38 puede considerarse una obra pública: ahí se matan, por igual, ricos y pobres. Y nada hay más democráticamente público que eso.

La edificación del significado
Hubo una era cuando la palabra pública era sostenida. Y con mucho más que gestos. Los fósiles de esa prehistoria están todavía a la vista. Son los majestuosos edificios de algunos parlamentos, de algunos palacios de Justicia, de algunas casas de gobierno. Son ejemplos que ilustran la importancia que otras generaciones les dieron a las instituciones. "El problema se plantea cuando se desvanece el espíritu republicano -escribió el filósofo argentino Julio César Moreno-: las instituciones se convierten en mausoleos".Con la palabra pública ocurrió lo mismo: es ahora sólo una fachada. Signo sin significado. Luego, las instituciones son puramente palabras. Nada menos, pero nada más. Y el poder público asume que puede modificarlas, simplemente, con otras palabras. Incluyendo a la primera y más señera de las instituciones. Ese convencimiento recibe el nombre de reforma constitucional. Salvo excepciones, hoy parece olvidado el origen del constitucionalismo (ponerle fin al absolutismo). Y las modificaciones de las Cartas Magnas, en el mejor de los casos, no son más que la reedición de un ancestral vicio latino: creer que la ingeniería legal puede transformar la sociedad; que basta con escribir algunos artículos e incisos. Por esta vía, las sociedades no fracasan porque se quedan sin bienes comunes con los cuales asociar a sus miembros, sino porque las constituciones se ponen viejas.
Ahora bien, la palabra enmudecida no es un obstáculo para el poder. Por el contrario, el Estado jamás deja de decir, aunque diga nada. Se define por el monopolio de la fuerza y le tienta propender hacia el monopolio de la palabra. Y aunque esta inclinación no es nueva, hoy ha variado. No hay en este decir sin pausa una prohibición medieval contra el hablar de los otros. Tampoco la vocación autocrática de que todos hablen como habla el Estado. Ni siquiera la búsqueda de la hipnosis de masas ("obedecer" es tomada del latín "oboedire", que deriva nada menos que de "audire", es decir, de "oír"). En todo caso, hoy, aquí, el Estado no deja de hablar porque esa es su garantía de no escuchar a sus opositores. De no oír a quienes tengan para decirle algo distinto de lo que él enuncia. Más aún, como nada han dicho sus palabras, con más nada contesta a quienes lo increpan por ellas.
Antes, el Estado podía exigir el silencio. Ahora, que la democracia se lo impide, pone el silencio en su palabra. Que es la de todos porque es pública. Que es pública porque es de todos. Y la sociedad, al permitirlo, nada dice. Dice nada. Así es como la palabra pública ha quedado derrotada. En ella no queda más que el silencio de los vencidos. ¿Lo escuchan? (c) LA GACETA

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