El Nobel no quita ni pone nada a la obra de Pinter

Por Carlos Gazzera. Trabajos teatrales de los años sesenta, vertidos en una excelente traducción.

27 Noviembre 2005

Quizá el otorgamiento del premio Nobel tenga consecuencias inmediatas sobre nosotros, sus lectores-espectadores: seguramente sus obras más remotas, menos exitosas, más recientes, se publiquen en castellano en un tiempo mucho más corto del que estaba programado; quizá, muchas compañías de nuestro país tomen contacto más fluidamente con esas obras y se animen a representarlas... Seguro, también, sus lectores-espectadores crecerán en el mundo. Porque, ¿qué premio más "global" para un mundo globalizado que el premio Nobel?Sin embargo -creemos- el premio Nobel nada nuevo podrá darle o quitarle a la obra de Harold Pinter. Las razones serían largas de enumerar aquí; no obstante, vale la pena rescatar algunas a propósito del lanzamiento del primer tomo con el cual la editorial Losada había dado comienzo a la publicación de sus obras completas a principio de este año. Y digamos al margen, un lanzamiento que había pasado casi clandestinamente por los escaparates de las librerías y en el que sólo repararon los buenos y atentos lectores de teatro.
Según ha confesado el propio Pinter, El cuidador fue su primer éxito autoral y comercial, allá por 1960, cuando aún trabajaba como actor en una compañía teatral de mala muerte con la que recorría toda Inglaterra por unas pocas libras. Sin embargo, más allá de su éxito de taquilla, en ella se reconocen ya las marcas de un estilo, de una autoría que la crítica no desaprovechó y designó como pintermanía. Autor de culto, su dramaturgia conjura las atmósferas de Kafka, los diálogos de Hemingway y la dramaticidad del absurdo de Samuel Beckett. Quizá por ello, el otorgamiento del premio Nobel a Harold Pinter es reversible y tendrá un efecto boomerang. Es extraño pero es así: después de muchos años, la Academia Sueca se ha premiado a sí misma dándole el premio a Pinter. Una designación inobjetable a la que no nos tiene acostumbrados.
¿Es para tanto? Quizá el lector medio argentino no esté al tanto pero Pinter obtuvo tan rápidamente el reconocimiento de su país que en la primavera de 1965 recibió La Orden del Imperio Británico, exactamente un año después de que recibieron ese galardón The Beatles. ¿Qué más agregar a esto? Hay mucho más. La pintermanía se expandió por todo el mundo cuando su dramaturgia llegó a la BBC, donde escribió para la radio y la TV. Ejemplo de esto es Los enanos, obra que se publica en este tomo y que marca algunos puntos de ruptura con las otras dos. El clima es el mismo, cerrado, claustrofóbico, hilarante... Sin embargo, hay una estructura más libre, más arrojada. El propio autor decía a propósito de escribir para el teatro o para la TV o el cine: "La televisión y las películas son más simples que el teatro... si uno se cansa de una escena, simplemente la interrumpe y se dedica a otra. (Estoy exagerando, por supuesto). Lo que es tan diferente en el teatro es que uno simplemente está allí, atrapado... los personajes están atrapados allí en escena, y uno tiene que vivir con ellos, arreglárselas con ellos...".
La tercera obra compilada en este volumen, La colección (1961), fue la primera obra que el mismísimo Pinter codirigió de su propia producción. Luego sabría que esa era una experiencia y que debía dejar de lado esa tarea para dedicarse casi exclusivamente a escribir. La colección indaga sobre el mundo de la moda, y de alguna manera pone en evidencia que el encastre moral permanece, incluso, más allá de las poses. El mundo de la frivolidad quiere abjurar de las reglas y convenciones de la vida cotidiana, sugerir cierta liviandad en las ataduras morales pero termina mostrando su verdadero rostro: prejuicios, desequilibrios, impostación.
Por último, rescatemos de esta publicación el excelente trabajo de traducción de Laura Thierberger y Lorenzo Quinteros. El acierto es que Losada arriesga a la traducción local, a la lengua local. Incluso yendo más allá, apostando a que el teatro sea traducido por gente del teatro. En este caso, la inclusión de Lorenzo Quinteros le da a la traducción una verosimilitud lingüística que nos reconforta. ¡Que bueno leer a autores extranjeros en una lengua que no nos arremete! ¡Qué bueno leer literatura en una lengua que nos envuelve y nos transporta a ese lugar infinito, cálido, apacible que emerge cuando el telón se levanta! (c) LA GACETA

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