
Rosa Montero, narradora y periodista, es una de las más afamadas autoras de la España posterior al "destape". Desde 1979 (Crónica del desamor) ha publicado unos veinte libros que abarcan novela, cuento, ensayos y viajes. Merece particular atención La loca de la casa, obra abundante en reflexiones personales sobre el arte de narrar, en general, y sus experiencias en ese terreno, intercaladas con una misma historia de sexo trasmutada en versiones diferentes. El libro que motiva este comentario -aclara- nació de su pasión por el mundo medieval, período sobre el que ha leído bastante, en particular lo que atañe al siglo XII, tan singular por su refinamiento como por sus guerras feudales y la cruzada contra los albigenses, persecución militar e inicio de la temible Inquisición. Señala también la autora que "si hubiera que encuadrar este libro en un género narrativo, creo que caería más bien dentro de la aventura y lo fantástico" (p. 531). Cabría agregar, tras la lectura de más de 500 páginas, que contiene un alegato discernible: después de las persecuciones y la violencia que ahogan los períodos de libertad creadora, resurge la cultura con ejemplares obras. Así el renacimiento que sucede a la supuesta "oscuridad" medieval.
La historia abarca veinticinco años de la vida de Leola, campesina que, acosada por los abusos feudales, abandona su tierra, familia y futuro marido, se viste de caballero con la armadura que roba a un muerto y, bien adiestrada por un viejo guerrero, se mezcla en innumerables episodios bélicos, de intrigas palaciegas o de luchas religiosas. Con el apoyo de su amiga Nyneve, "bruja de conocimiento", recorre ciudades y castillos de la Provenza. Una dama noble, Dhuoda, le enseña a leer y la inicia en los refinamientos cortesanos. Con ella visita la corte de Leonor de Aquitania y presencia las justas guerreras donde sobresale el hijo de aquélla, Ricardo Corazón de León, y las poéticas, en las cuales prodiga María de Francia sus memorables Laïs. Las intrigas de un monje intolerante y el amor trocado en odio de Dhuoda, obligan a Leola y a Nyneve a escapar. Recorren así durante años ciudades, monasterios y castillos del sur de Francia; entre los segundos, el que alberga a Eloísa, quien ha trocado su amor por Abelardo a cambio de la sabiduría libresca. Vuelta a su condición de mujer, que ya muchos habían adivinado, Leola, olvidado su rústico prometido, conoce el amor, primero con Gastón, obsesivo alquimista; luego con el fortísimo y generoso León. Desatada la guerra, de refugio en refugio, huye acompañada por Nyneve y unos pocos cátaros. Al cabo de zozobras sin fin, opta por seguir el ejemplo de Nyneve y beber la pócima que, según esta, asegura un placentero sueño a la espera del postrero. La historia (o leyenda) del Rey Transparente, cuyo conocimiento es mortal, queda inconclusa para la protagonista y para el lector.
El texto abunda en aventuras ricas en peripecias y riesgos extremos para los protagonistas. La dudosa verosimilitud cuenta con la complicidad del lector. Los encuentros y desencuentros están referidos en presente de indicativo y desde el punto de vista de Leola. Deparan continuos cambios de escenario y, a menudo, saltos en el tiempo. Todo ello entretiene y ayuda a comprender a la protagonista en su doble identidad obligatoriamente asumida.
Cabe, no obstante, subrayar cierta morosidad y no pocas reiteraciones, que convierten la lectura en una prueba de paciencia. Además, sería del caso preguntarle a la autora, siempre embanderada en la libertad de pensamiento y de costumbres, si en verdad cree, como Leola, que los cátaros llevaban una vida tan espontánea y regalada como la que borró el implacable brazo de la Inquisición. (c) LA GACETA







