
Hasta hace poco, los escritores japoneses mejor conocidos en el Occidente debían su fama en buena medida a su exotismo. Yasunari Kawabata y Yukio Mishima no permitieron a nadie dudar de que las tradiciones de su país les importaban mucho más que las europeas y las norteamericanas. Pero Haruki Murakami es diferente. Aunque es en la actualidad el novelista japonés más célebre tanto en el Japón como en el resto del mundo, sus personajes no suelen llevar quimonos sino vaqueros; prefieren a autores como Raymond Carver, Scott Fitzgerald o Thoman Mann a los clásicos nipones; escuchan a los Beatles y a Brahms, y comen fideos en lugar de los platos nativos que a otros escritores les encanta describir con meticulosidad pedante. Huelga decir que el gusto por lo occidental de Murakami no entusiasma a los demás integrantes del mundillo literario japonés, que lamentan la llaneza de su prosa y lo acusan de escribir como si pensara primero en inglés.
Murakami escribió "Tokio Blues: Norwegian Wood" hace casi veinte años, pero sólo ahora es disponible en la buena, si bien muy española, traducción de Lourdes Porta. Es una obra atípica, ya que en ella Murakami no se entrega a la fantasía claustrofóbica que ha hecho su especialidad. Antes bien, se trata de la educación sentimental del narrador, Toru Watanabe, un joven que se enamoró de Naoko, la novia de un amigo de su adolescencia que se suicidó sin motivo aparente. Naoko, cuya hermana también se suicidó, se enloquecería, pero Watanabe no se desesperó. Buscó y, por un rato, encontró consuelo en los brazos de Midori, una chica más que accesible que "destilaba vida y frescura de cada uno de sus poros, como si fuera un animalito que acabara de irrumpir en el mundo para recibir la primavera".
Para Murakami, lo subjetivo es todo, y por lo tanto, la precisión con la que describe los detalles de las habitaciones o el paisaje sirve para intensificar la impresión de que lo real puede ser engañoso. Ya que los episodios narrados habían sucedido hacía un par de décadas, cuando era un estudiante en los años sesenta, Watanabe desconfía: quiere conservar lo que tuvo con Naoko, su amante más platónica que carnal, cuyo rostro le es difícil recordar, pero "a menudo me asalta una seguridad terrible. ¿No estaré olvidando la parte más importante? ¿Acaso no existe en mi cuerpo una especie de limbo de la memoria, donde todos los recuerdos cruciales van acumulándose y convirtiéndose en lodo?". Aunque, lo mismo que en sus otros libros, Murakami crea en Tokio Blues: Norwegian Wood una atmósfera que es muy extraña, se resiste a caer en la tentación surrealista, si bien de vez en cuando aparecen sus obsesiones: los pozos que quizás no existan y, desde luego, lo arbitrarios y escurridizos que pueden ser los recuerdos.Como muchos personajes de Murakami, Watanabe se supone un hombre común pero es demasiado racional y ecuánime para serlo. Vive desconectado de los demás y de los acontecimientos diarios, entre estos, las revueltas estudiantiles que convulsionaban al Japón y a muchos otros paises, dejando perplejos a los mayores, que no entendían lo que querían los jefes revolucionarios. Watanabe compartía su perplejidad cuando los vio tranquilizarse de la noche a la mañana, transformándose en estudiantes aplicados y obedientes.
En la versión original, el título quiere decir "Bosque en Noruega", la traducción que hizo Murakami del nombre de la archiconocida canción de los Beatles que comienza: "Una vez tuve a una chica, o quizás debería decir, ella una vez me tuvo a mí". Lo oyó Watanabe cuando, ya con 37 años a cuestas, llegaba al aeropuerto de Hamburgo y, al hacerle acordarse de Naoko, lo empujó a emprender su viaje de regreso hacia el pasado irrecuperable. Salvo para quienes prefieren la literatura fantástica, el resultado es un libro excepcional, a un tiempo nostálgico e impregnado de buen humor, que se estableció como el vocero de una generación que se escapaba de los confines severos que, de poder hacerlo, fijarían las tradicionalistas. En el Japón ya se han vendido más de cuatro millones de ejemplares. Así, pues, a pesar de que los literatos -que conforman una suerte de academia informal- lamenten su afición por lo occidental y lo critiquen por no emplear un lenguaje más rebuscado, Murakami es a su modo particular el más japonés de los novelistas modernos de su país, porque sus fantasmagorías no obstante, vive en el mismo mundo que la mayoría de los japoneses de carne y hueso. (c) LA GACETA







