Pensar el país

Por Lucía Piossek Prebisch, para LA GACETA - Yerba Buena (Tucumán).

AQUELLA GENERACION DEL 37. El salón de Marcos Sastre, en un óleo de Alberto M. Rossi. AQUELLA GENERACION DEL 37. El salón de Marcos Sastre, en un óleo de Alberto M. Rossi.
27 Noviembre 2005

1) Uno de los reproches más esterilizantes que se le han hecho a la historia, todavía breve, del pensamiento filosófico en Argentina es su falta de originalidad. Entendido o como "filosofía sin más" o en su versión menos formal como ensayo, este pensamiento argentino habría sido en realidad sólo copia, imitación de ideas y sistemas de ultramar. De modo consecuente, al estudiar tal pensamiento, se ha hecho en general un uso exagerado, abusivo, de las categorías de influencia y recepción, y se ha tendido a reducir al pensador de nuestras tierras a un débil punto en que confluyen múltiples y dispersas influencias exóticas. Ni siquiera los más grandes de sus pensadores, como Alberdi y Sarmiento, se han librado del reproche de haber sido en su mayor parte receptores e imitadores de ideas venidas de afuera.
Pero pocas veces se ha pensado que el recibir no se reduce a una actitud carente de creatividad. No se ha reparado en que el verbo recibir tiene una gama muy extensa de significaciones; que no sólo indica pasividad y ausencia de poder creador. Es bueno aquí recordar a un filósofo injustamente hoy algo olvidado, Gabriel Marcel, que reflexionó con hondura sobre la palabra recibir. Marcel puso de relieve que la palabra recibir tiene una gama amplísima de matices que se extienden entre dos extremos de significación casi opuesta, y que según se repare en uno o en el otro de los extremos, se empobrece o se enriquece de golpe el significado del verbo. Es cierto que recibir es, por un lado, el pasivo dejarse imprimir una influencia o un sello como en el caso de una cera blanda o del antiguo lacre con que preservábamos la privacidad de un mensaje. Pero también recibir es el acoger activo de alguien en nuestra intimidad, en nuestra propia casa. En este último caso, recibir es todo lo contrario de pasividad, pues hay mucho de actividad y de creación en ese disponer la propia intimidad para que el encuentro resulte fecundo. ¿Quién puede negar la recepción de ideas trasmutada en creación en, por ejemplo, un Alberdi, un Sarmiento, un Alejandro Korn?
(Dicho al margen, tras estas líneas introductorias: ¿qué gran obra humana, y en este caso la filosofía, por ejemplo, desde Platón en adelante, no consiste en una buena parte en una apropiación recreadora de algo preexistente?).
2) En un caso, en particular, se nos revela la recepción creadora de ideas ya elaboradas por otros. (Por ejemplo: el joven Alberdi, en relación con Jouffroy; Sarmiento, en relación con Cousin-Herder). Tal caso particular se dio cuando algunos de nuestros grandes pensadores se sintieron obligados a "pensar el país". A "pensar el país" en busca de su identidad. Pero, ¿cómo entender esta palabra imprecisa?
Sólo después de haberme esforzado por elaborar algunas distinciones mínimas, por llegar a una claridad mínima, es que me atreví a utilizarla. Identidad, en efecto, es un término escurridizo que, sin una definición clara, está presente hoy en el lenguaje diario y en especial en el lenguaje de todos los medios de comunicación. Pues bien, desde hace un tiempo me he convencido de que la reflexión filosófica no puede eludir el esfuerzo por aclarar este tipo de usos insistentes del lenguaje diario. ¿Qué pretendemos decir, y qué entendemos, en general, con esta palabra de moda?
Dejando a un lado su uso técnico en la lógica, me parece que en el lenguaje de todos los días y del periodismo en la palabra identidad están implícitos al menos dos significados: uno objetivo y otro subjetivo. En el alcance objetivo, el lenguaje común pareciera entender por identidad una "fisonomía" relativamente estable, un sistema de características perceptibles, relativamente estables, que singularizan y distinguen a una comunidad o un país, frente a otras comunidades u otros países, cuando se hace una comparación sincrónica (1). En este sentido, alertando acerca del peligro de cosificación o manipulación ideológica (2), es que suele y puede hablarse de "identidad cultural". También para el uso objetivo, esta vez en el orden diacrónico, es decir, rastreando hacia atrás en el tiempo, identidad cultural es la comprobación de una continuidad temporal de tales rasgos definitorios en un país o una cultura. Ahora bien, según su uso subjetivo, con identidad se quiere designar un sentimiento de pertenencia a una comunidad o un país, sentimiento positivo que hace posible una "identificación" con tal comunidad o país. Considero que esta distinción entre un matiz objetivo y otro subjetivo de identidad es útil, pero es preciso tener en cuenta que en la realidad están siempre en una interacción necesaria.
3) ¿Por qué esta digresión? Es verdad que la palabra identidad, en esta versión cultural-antropológica, es algo reciente. Se registra sólo a partir de las últimas décadas del XX. Pero lo que me interesa destacar en el caso del pensamiento filosófico en Argentina es que ya desde mucho tiempo atrás en nuestro país hubo pensadores que se esforzaban por inquirir, en el fondo, acerca de esto mismo, si bien con nombres diferentes. Por ejemplo, los jóvenes de la Generación del ?37: Gutiérrez, Sastre, Echeverría, Alberdi, Sarmiento, no se referían a identidad sino a "ser propio", a "nuevo modo de ser que no tiene antecedentes bien marcados ni conocidos". Los integrantes, en el orden nacional y regional, de la Generación del Centenario hablaban en términos de "argentinidad", "nacionalidad", "alma nacional", "individualidad de los pueblos", "personalidad de los pueblos"... Hacia la década del ?30, bajo el influjo de las filosofías de la vida y la existencia, se puso en boga la expresión "autenticidad"... Los nombres son distintos pero el tema es viejo. Y en el tratamiento de este "viejo" tema del pensamiento argentino es evidente que la recepción de ideas ha dado lugar a una verdadera creación porque respondía, y responde, en los casos de tratamiento genuino, a una necesidad verdaderamente sentida. No puedo aquí dejar de recordar a Alberdi, cuando en el capítulo III de las Bases define qué es originalidad en materia constitucional: "...es la única a que se puede aspirar sin inmodestia ni pretensión: ella no es como la originalidad en las bellas artes. No consiste en una novedad superior a todas las conocidas, sino en la idoneidad para el caso especial en que deba tener aplicación".4) En esta búsqueda de la identidad, según los momentos históricos y sus pensadores, se ha acentuado uno u otro de los alcances de la palabra. La Generación de 1837 privilegió, a mi modo de ver, el uso objetivo. Comparaba el país con otros países del mundo civilizado de entonces, y trataba afanosamente de desentrañar sus características propias. Aquí se inscribe el notable esfuerzo de Sarmiento, en el Facundo, por comenzar con una descripción del inmenso y casi despoblado espacio argentino, para relacionar con él (y hasta deducir de él) las características de sus habitantes. En cambio, la Generación del Centenario, ante el formidable experimento histórico de la gran inmigración, insistió en la búsqueda de la identidad, en el alcance subjetivo de la palabra, como recuperación de un sentimiento de pertenencia, como recuperación de alguna de las formas de la tradición de las que se habían esforzado en liberarse las generaciones anteriores (3). Saltando casi un siglo, juzgo que en estos primeros años del siglo XXI, en medio de una autohipercrítica nihilizante, la "crisis o pérdida de identidad" tan proclamada ha puesto también el acento en lo que he llamado uso subjetivo de la palabra porque se entiende tal crisis como pérdida de sentimiento de pertenencia, como experiencia dolorosa de falta de motivos de arraigo (4).
5) Aunque pareciera estar hoy amainando esa actitud de autohipercrítica, creo que es válida la pregunta siguiente: ¿es utópica la pretensión de recuperar unos sanos sentimientos de pertenencia, de confianza, de orgullo recatado, sentimientos fundadores de una identidad personal y colectiva, sin que esta última se convierta en un instrumento de manipulación ideológica? Es evidente que hacerse hoy este planteo va más allá de una curiosidad intelectual. Porque esta cuestión está directamente relacionada con la restitución de un sentido para la acción individual y colectiva. (c) LA GACETA

NOTAS
1) Para la aplicación de los términos sincrónico y diacrónico en el caso de la determinación de las notas formales de la "identidad", ver R. Maliandi, "Identidad, diferencia y convergencia", en Escritos de filosofía, n. 33-34, Academia Nacional de Ciencias, Buenos Aires, 1998.
2) Cf. Luis Alberto Romero (comp.), La Argentina en la escuela. La idea de nación en los textos escolares, Siglo XXI, Buenos Aires, 2004.
3) En un pensador de nuestro tiempo, Víctor Massuh, pueden deslindarse con claridad los dos usos de identidad: subjetivo, especialmente en La Argentina como sentimiento, Sudamericana Buenos Aires, 1982, y objetivo, en particular, en El llamado de la Patria Grande, Sudamericana, Buenos Aires, 1983.
4) Entre muchísimos otros testimonios de este modo de entender la crisis de identidad, menciono los recogidos en Reinventar la Argentina. Reflexiones sobre la crisis. Sudamericana y LA GACETA, Buenos Aires, 2003.

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