
En La ciudad de los herejes Andahazi vuelve a explotar una veta que ha resultado fructífera y que, en este momento, arroja excelentes resultados a autores como Dan Brown.
El cruce entre lo religioso y lo herético alimenta una novela que juega con el título de la obra de San Agustín, La ciudad de Dios, así como con textos bíblicos. Está estructurada en tres partes: La Casa de Dios; Villaviciosa y El vicario del diablo. La fábula se sitúa en 1347 en la Francia medieval y sus protagonistas son Artemio, un monje de extraordinario parecido con Cristo; Christine, su amante, y el maléfico padre de esta última, el duque Geoffroy de Charny. La anécdota toma sesgos delirantes y no ahorra teoría acerca de las posiciones de la Iglesia Católica.
La turbulenta y prohibida historia de amor de los jóvenes, acabará, después de una reclusión en ominosos conventos, en la construcción de una ciudad utópica -Villaviciosa-, a la que arrastrarán a monjas y a frailes. Un mundo que se basa en el amor, no en la autoridad. Paralelamente, el duque buscará conseguir una réplica del Santo Sudario que le permita erigir una iglesia en sus tierras. Para ello no dudará en matar y robar, uniéndose a los enemigos de su hija. La mezcla propia del melodrama -sexo, sangre y dinero- mantiene atento al lector, aunque cae, con frecuencia, en el mal gusto de la violencia y la obscenidad sin otra intención que la de producir un efecto.El trabajo con la escritura, así como con la documentación histórica, es mínimo.
Tenemos la sensación de que la historia toma rumbos previsibles y los personajes son de una sola pieza. Como el duque que lo sacrifica todo por la copia del sudario, Andahazi elige el impacto antes que la literatura. (c) LA GACETA







