Una novela que es formalmente difícil y conceptualmente tensa

Por Marcelo Gioffre. El drama del prócer Castelli y la cuestión del valor de una revolución que no compensa las penas del hombre.

20 Noviembre 2005

Desde el punto de vista estilístico, La Revolución es un sueño eterno es una pieza compleja, tanto por sus variados tiempos verbales como por sus párrafos enrevesados. Abunda en repeticiones, digresiones y oraciones entorpecidas por el uso abusivo de comas, paréntesis y guiones, lo que muchas veces exige al lector una atención adicional o, inclusive, la relectura de algunas páginas con la depuración momentánea de las adjetivaciones y aclaraciones que aparecen entre las comas, de modo de salir del atascamiento y captar la idea en forma más directa. Esta prosopopeya es ideal para ocultar bajo su fronda algunas eventuales imprecisiones, ciertamente de poca importancia para el real cometido de la obra. Pero este estilo tan efusivo, tan poco económico, puede ser visto también como la construcción de un clima, necesario para contar una historia trágica.
La historia trágica es la existencia paradojal de Juan José Castelli, apellido italiano en una ciudad de apellidos españoles, el gran orador que terminó con la lengua carcomida por un tumor canceroso. Andrés Rivera plantea la narración desde la perspectiva de un hombre acabado, enfermo, pobre, perseguido y juzgado, cuya causa revolucionaria ha sido derrotada, cuya hija amada se ha casado con un enemigo del bando saavedrista, que escribe en esos días finales sus recuerdos en unos cuadernos de tapas rojas. Rivera parece adscribir a la idea de que los acontecimientos de Mayo de 1810 fueron efectivamente una revolución independentista contra España y contra Fernando VII (cuestión debatible) y el epígrafe que coloca de Lenin ("Todo es irreal, menos la revolución") constituye una mirada entusiasta hacia este tipo de rupturas violentas, lo cual es perfectamente consistente con el pensamiento que el autor desarrolla públicamente, por ejemplo al mantener su defensa del experimento cubano. Hay, en ese sentido, una frase del libro que es colosal por la combinación conceptual y poética: "Castelli sabe, ahora, que el poder no se deshace con un desplante de orillero. Y que los sueños que omiten la sangre son de inasible belleza".
Pero la novela es mucho más que esta militancia, porque se adentra en el drama existencial de Castelli y es allí donde aflora una querella interior que dota de espesor a la obra: ¿vale la pena una revolución si no compensa las penas de los hombres? En general, quienes creen que el problema del hombre es psicológico, personal, abominan de las soluciones colectivas o revolucionarias, mientras que los sociólogos critican las vías de solución individual, como burguesas y egoístas. Andrés Rivera parece escanciarse sobre este duro dilema, con ambigua maestría. En 2003, en una conferencia de prensa, a propósito de la huida de Paul Gauguin a Tahití, le pregunté a Mario Vargas Llosa qué pensaba de esa encrucijada dicotómica: me respondió que los hombres sólo tienen derecho a las revoluciones individuales, que no involucren en su brusco y loco cambio más que a quien toma la decisión. El libro de Rivera insinúa una respuesta más matizada.
La cubierta de esta reedición es nuevamente una pintura de Carlos Gorriarena; se trata de una obra de 1966 que había sido expuesta en la celebrada muestra realizada en el Palais de Glace, de Buenos Aires, hace unos años, titulada Arte y Política en los ?60. Sospecho que este diseño de tapa pertenece al propio autor y entraña toda una definición. En una palabra, se trata de un libro que, si bien no es indispensable, es sí muy recomendable, aun cuando su lectura se torna por momentos trabajosa. (c) LA GACETA

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