
En estos tiempos vertiginosos de frecuentes ciclos y vaivenes, encontrarnos con la obra profunda de una mujer inteligente es un deleite muy poco usual. Por eso, leer este flamante Premio Ensayo 2005 de "La Nación" es recibir un regalo inestimable para todos los que compartimos la preocupación y la pasión por la palabra.
En efecto, no es habitual encontrar en el mundo de los especialistas del lenguaje a la vez erudición filológica, sensibilidad y destreza poética; de allí el aporte original de la autora, quien ha abrevado para su formación en las líneas más rigurosas de la lingüística, sin por ello haber descuidado las sutilezas estéticas del lenguaje al punto que por sus trabajos literarios y poéticos recibió el premio Konex y la Beca Guggenheim.
Si bien no conozco personalmente a la doctora Bordelois, ya había tenido oportunidad de quedar seducida por la agudeza de su pensamiento en "La palabra amenazada" (2003), donde alertaba sobre la desaparición de los lenguajes, ya que la riqueza y la complejidad de una comunidad lingüística se evidencian no en cuántas lenguas se hablan sino en cuántas se escuchan. Ahora continúa esa línea y define claramente su objetivo al señalar que pretende "intentar restituir una Argentina posible a través de un lenguaje que plenamente nos represente".
Así, plantea la necesidad de examinar nuestra situación como hispanohablantes en el castigado territorio de nuestro país, ya que el estado actual del lenguaje es un claro síntoma de lo que nos pasó, porque luego de pillajes, saqueos y manoseos inimaginables en lo político, económico y social, al parecer el último patrimonio inalienable y precioso que queda es la lengua.
Sin embargo, pareciera que en Argentina, a pesar del pasado aluvional y del contacto enriquecedor entre múltiples sistemas lingüísticos, la indiferencia empobrece diariamente uno de nuestros vínculos identitarios más importantes, anulando sus gradaciones, por lo cual es necesario encontrar una verdadera ecología del lenguaje.
Y aquí aparece uno de los aspectos más originales, ya que se aplica un concepto proveniente de las ciencias naturales para insistir en que se debe revalorizar el espíritu de las palabras, admirando en qué consiste el equilibrio de una estructura morfológica o sintáctica, o usando la etimología como una guía arqueológica en la búsqueda de la voz y el espíritu primigenio que vertebra nuestra lengua.
Pero, paradójicamente, este tesoro está muy agredido a nivel planetario como signo de la especie en todo el territorio de la humanidad, ya que "no es la tradición ni la identidad del español lo que está en causa en estos momentos sino la sobrevivencia de la palabra humana: la palabra bantú, la palabra guaraní, la palabra china, la palabra iraquí, la palabra vasca. Lo que está en causa es la subsistencia de la mera palabra, la que todos los días debe levantarse y lavarse la cara ante las innumerables toneladas de basura que le arrojan la televisión chatarra, la prensa cipaya, la radio obscena, la música ensordecedora, la propaganda letal".
Por otra parte, es evidente que sin palabras nos convertimos en ciudadanos pasivos, habitantes de una cultura masificante que consume residuos sensacionalistas a través de medios de comunicación superficiales y espurios, y por eso quedamos reducidos a hablantes de una lengua monosilábica, incapaces de una conciencia crítica o de establecer conexiones profundas y verdaderas.
Y en esta Argentina vapuleada, el idioma de los argentinos, que generó polémicas y pasiones, se debate entre un pasado que abreva en el habla orillera, múltiple y aluvional del lunfardo y un futuro conformado en el torbellino cibernético de la electrónica, avance tecnológico que, por otra parte, impide cada vez más encontrar espacios para el silencio.En efecto, hay una especie de culto al estruendo que se manifiesta como una epidemia contaminante, especialmente en el mundo adolescente, blindado por una especie de retumbo perpetuo de la televisión, computadora o Internet y que conduce directamente a una suerte de analfabetismo intelectual, a una pobreza lingüística porque "al extirpar el contacto con la riqueza de la palabra se extirpa también el contacto con la riqueza y la intensidad de los deseos, así la campaña de devastación intelectual que llevan a cabo los medios nos prepara eficazmente para volvernos zombies".
Por eso tenemos dos responsabilidades básicas como hablantes activos de un patrimonio lingüístico delicado que nos delinea como argentinos: defender nuestra expresión sin reproducir ingenuamente mecanismos de degradación, y preocuparnos por recuperar todas las facetas ingeniosas y enriquecedoras de nuestra lengua, inclusive las provenientes del habla infantil, popular y coloquial, porque allí, sobre las alas del humor y el ingenio, tenemos la posibilidad de transformarnos en poesía. (c) LA GACETA







