Cruce de los universos de Galicia y de la Argentina

Por Horacio Semeraro. Historias de pasión, de matanza y de sangre, tejidas con seda, gracias al oficio.

20 Noviembre 2005

Configurando un texto de síntesis poética más que desnuda, despojada narrativa, Finisterre se presenta como punto de llegada en el ciclo de novelas históricas iniciado por María Rosa Lojo con La pasión de los nómades (1994) a la cual esta se liga muy especialmente. Y, como toda culminación, conlleva de las partes su sustrato más valedero, mensaje a recordar y trasmitir. Así, a semejanza de Los libres del Sur, en la presente obra se entrecruzan los universos de la Galicia española y la historia argentina, aunque en este caso situada en la época de Juan Manuel de Rosas, el cautiverio por parte de los indios y la alusión a las culturas irlandesa e inglesa con sus conflictos ancestrales de poder, hegemonía y religión.
La obra debe su título al lugar homónimo -histórica y geográficamente sugerente- de Galicia, hoy convertido en atracción turística y refugio de marineros: El Cabo del "Fin de la tierra", comienzo del mar, lugar desde el cual la joven Elizabeth Amstrong, hija única de un adinerado hombre de negocios, comienza a recibir correspondencia en Londres en el año 1874. Rosalind, quien envía las cartas, promete revelar el misterio del nacimiento de Elizabeth en el Río de la Pata. Así, intercalando datos y reflexiones con el género epistolar, la autora va tejiendo la historia, cuatro décadas atrás, en el camino entre Buenos Aires y Córdoba. Atravesando aventureras y traumáticas situaciones, narra la vida junto a los indios, uniendo las vidas de Rosalind (convertida en ayudante de "Mira más lejos", Chamán y curandero tribal), Oliver Amstrong, la actriz española Ana de Cáceres y la de Manuel Baigorria, militar unitario exilado entre los ranqueles.
La historia de este último, criollo puntano que había obtenido el grado de alférez combatiendo bajo las órdenes del General Paz, constituye -por la riqueza de los relatos, el vigor narrativo, las situaciones reales e imaginarias planteadas, junto a equilibradas dosis de violencia y poesía- un libro dentro de la obra misma. Una historia con vida propia que la autora interactúa inteligentemente integrándola a la totalidad. Los hechos que refiere la novela -la lucha entre federales y unitarios, entre criollos y españoles, e indios, y de indios entre sí, violentos, veraces- marcan la pauta cultural de los sustratos primigenios cuya historia conocemos en muchos aspectos. Y convierten al libro -más allá de las licencias de una gran libertad imaginativa creadora por parte de la autora- en una obra testimonial producto del extenso trabajo de investigación y de decantación que trasunta.
Finisterre, fines de la tierra y comienzos del mar, no termina allí realmente, porque donde parece concluir el itinerario del viaje interior y exterior que se emprende, está América -particularmente el Río de la Plata- nuevo mundo donde se desarrollan las luchas y las pasiones de los protagonistas.
Una frase referida a Ana de Cáceres, expresa (pág. 92): "Es que Baigorria le parecía el único puente posible entre el fin de la tierra donde estábamos, y las ciudades cada vez más remotas, con cielos de candilejas...". Otro fin de la tierra a semejanza del Cabo de Galicia, mundos especulares: se asemejan reflexivamente aunque se diferencian, curiosamente, en ciertos aspectos; historias yuxtapuestas, como las "esferas de la paciencia" de marfil, talladas una dentro de otra, pero a diferencia de ellas, interactuantes, vívidas. Y donde los personajes tienen más de un nombre según la memoria y el legado cultural con que se los mire. Así, mientras Rosalind cuenta la historia del pasado con narrativa epistolar marcadamente poética, Elizabeth, en el presente de la narración, conoce a Oscar Wilde, rechaza ofertas matrimoniales y se interesa por Frederick Barrymore, empleado de su padre también nacido en el Río de la Plata, quien la llevará a conocer a Manuela Rosas de Terrero.Merece citarse -entre otras- por su ingenio, humor y contenido, la supuesta carta que Oscar Wilde le envía desde el Magdalen College, de Oxford, a Elizabeth Amstrong (págs. 68 a 70).
Lo cotidiano está definido y resuelto en la narración con sabiduría y cordura, aquella que en medio de la lectura ficcional nos retrotrae a la realidad. Así Barrymore le dice a Elizabeth Amstrong: "Una casa, Elizabeth, es el lugar donde somos todo lo que podemos ser, tanto lo bueno como lo malo. No es mejor que otros lugares, pero es mejor para nosotros, el verdadero, el espacio al que pertenecemos, donde no nos ocultamos de nosotros mismos". Los relatos se tornan deslumbrantes, tenuemente difuminados o brutalmente veraces según su temática. Así, las matanzas de indios, los entierros de caciques junto a algunas de las que fueron sus mujeres, -sacrificadas para acompañarlos en su viaje final-, la valentía, la desesperación y la soledad de Baigorria, Ana de Cáceres (imperdible, con su magia e histrionismo) y Elizabeth, están plasmadas con efectividad. El final tiene la nostalgia gallega de una vieja canción y de su lengua, un valedero homenaje de la autora a la tierra de sus padres con la que se consustancia en su obra y en la realidad.
En Finisterre, la autora concierta las situaciones, las armoniza, configurando una novela compleja y a la vez diáfana que teje historias de pasión, matanza y sangre con hilos de seda por obra y gracia de su demostrado oficio. (c) LA GACETA

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