
El autor es un físico que pasó de estudiar la ecuación de Schrödinger del benceno a investigar la historia de la ciencia. Un viraje tan drástico sólo puede obedecer -conjeturamos- a un interés profundo (cuando no a una pasión) por los estudios históricos. En cualquier caso, el motivo de ese giro fue lo suficientemente poderoso como para haber conducido a D. Preste a posiciones de eminencia en el campo de su disciplina adoptiva: ha sido director del Centro de Investigación en Historia de las Ciencias y las Técnicas de La Villette; actualmente dirige el Centro Alexandre Koyré, tal vez el más importante instituto francés consagrado a la historia del conocimiento.
El libro que comentamos trata de esa historia no como de un proceso conceptual, en el que las teorías surgirían unas de otras a través del examen crítico, ideal o empírico, propio de una lógica inmanente de la cientificidad, sino más bien como de un proceso de recíproca impregnación entre los saberes y sus "condiciones de producción": económicas, técnicas, militares, políticas y sociales.D. Pestre sostiene que esa permeabilidad de la ciencia respecto de la -por así decir- demanda externa, así como la sensibilidad de ese mercado para con los aportes científicos, son claramente visibles desde el siglo XVI al XIX; que entre 1870 y 1970, esa especie de fusión -sin dejar de existir- se torna menos perceptible, para afectar la forma de un intercambio entre dos ámbitos autónomos: el de la producción de un saber "puro" (típicamente localizado en la universidad) y el de la aplicación técnica de aquel saber, esto es, la sociedad civil. La autonomía de esos ámbitos, así como el equilibrio y la fluidez de sus relaciones, aparecen garantizados por el Estado-nación.Ahora bien, D. Pestre afirma que desde 1970 se inicia una etapa que disuelve esa ilusoria compartimentación, y en cierto modo reedita el vínculo directo e inmediato que había caracterizado las relaciones, durante los siglos XVI, XVII y XVIII, entre la producción del conocimiento y los intereses terrenales que la solicitan; con la diferencia, no obstante, respecto de aquel período, de que hoy se asistiría a una más clara e intensa subordinación del conocimiento a los poderes industriales, mercantiles y estratégicos.
El autor pertenece, por cierto, al campo de quienes deploran la privatización de la ciencia, y -como buen francés- se adhiere a las protestas antinorteamericanas que son de rigor cuando se discurre de estos asuntos. Propone, además, una ética para científicos, que salga al paso del nuevo estado de cosas.No es fácil entender, sin embargo, cómo una persona familiarizada con las leyes que rigen las estructuras más esenciales de la realidad, pueda prestar atención a materias históricas y sociales. (c) LA GACETA







