
El autor, de reconocida trayectoria como crítico de arte y merecedor de numerosos premios, intenta mostrar, a través de una mirada analítica, cuatro siglos en la historia del arte en la Argentina.
El libro está dividido en secciones principales que van desde: el período hispánico a los primeros pintores criollos; de la academia a la tradición nacional; la modernidad y compromiso político; entre el eclecticismo figurativo y la vanguardia constructivista; deteniéndose en la poética de la década de los sesenta; de las experiencias visuales al arte del concepto, para finalizar con el epílogo sobre el fin del siglo XX.
Esta Historia del Arte pone a prueba el poder de síntesis del autor, su capacidad para encarar con rigor, y su ojo crítico para detenerse en aquellos artistas que marcaron hitos dentro de la plástica argentina.Podríamos considerar que consta de dos partes principales: una, desde los siglos XVI al XIX, y la otra, referida al siglo XX.
Realiza un interesante estudio de los primeros pintores, grabadores, escultores y arquitectos. Considera el artista mayor de la primera mitad del siglo XIX, a Carlos Morel, quien, junto con Prilidiano Pueyrredón y el tucumano Ignacio Baz, se dedicaron fundamentalmente al retrato.
Con la Generación del 80 se inicia un nuevo ciclo, donde la inmigración consolida el proyecto nacional y es notoria la influencia de italianos y franceses.
Señala a Eduardo Sívori como el "patriarca" de la pintura argentina, y destaca al pintor Cándido López como de un gran valor documental. Hace referencia a la primera escultora mujer, la tucumana Lola Mora. Marca la importancia de los salones y la creación del Museo Nacional de Bellas Artes en 1896.
Los artistas de los primeros años del siglo XX abrieron caminos innovadores, donde el impresionismo y el espíritu simbólico fueron dominantes. Destaca al Grupo Nexus, que preparó los trabajos para el Centenario de 1910. En el capítulo dedicado a la Modernidad y el compromiso político, examina los primeros años del siglo XX. Allí se conectaron con las vanguardias, tales como el cubismo y la abstracción. Así, los dos protagonistas mayores del "arte nuevo o arte vivo", fueron Emilio Pettoruti y Xul Solar.
Un parágrafo especial merece Raquel Forner, "primera artista mujer de importante significación". En ese contexto, aparece el muralismo en Buenos Aires, junto con la llegada del pintor mexicano Siqueiros (1933) quien realizó un mural, invitando a Spilimbergo, a Berni y a Castagnino para colaborar. Por otro lado, resalta al tucumano Alfredo Gramajo Gutiérrez.
López Anaya rescata a Luis Seoane, detallando alguna de sus obras, y los murales, que todavía se conservan en Buenos Aires. En el nuevo realismo, Berni constituye un ejemplo paradigmático de una pintura comprometida. El rosarino Gambartes se inclina hacia la "búsqueda de una presencia americana", así como el constructivismo del uruguayo Joaquín Torres García, quien, a través de su manifiesto "El Nuevo Arte de América", vuelve la mirada hacia el pasado para encontrarse con el futuro. Se constituye una serie de movimientos, tales como: el Arte concreto e invención, cuyo manifiesto invencionista es uno de los documentos más importantes de la vanguardia argentina; el movimiento madí, que se aleja de toda figuración romántico-naturalista; blanco y espacialismo, que lidera Lucio Fontana.
Desplegado como un laberinto rizomático, muestra todas las tendencias que, a partir de la década del 50-60 y hasta finalizar el siglo XX, han operado en el plano estético y artístico, y la influencia que han tenido la globalización y las comunicaciones.
A partir de las Poéticas de los sesenta, los artistas se inclinan hacia una abstracción y al conceptualismo, donde es indudable la influencia de Duchamp, del arte dadá y del surrealismo. Este período es analizado intentando mostrar la riqueza de las distintas manifestaciones y las nuevas tendencias, donde aparecen el "informalismo, el collage, la salida del cuadro, el arte destructivo", y destacando la conformación de la Nueva Figuración. Este "nuevo expresionismo", como escribió Felipe Noé en su Antiestética, habla "del hombre en medio del caos, pero al mismo tiempo abandonado solo en medio de él".
En el 69 hace su aparición el CAYC, Centro de Arte y Comunicación, que, con la denominación de Arte de Sistema, incorpora las nuevas tecnologías. La escultura y el grabado pusieron en crisis sus "conceptos básicos y tradicionales". El Instituto Di Tella marca, sin dudas, un antes y un después, y constituye un espacio donde surgen nuevas expresiones y se produce una ruptura de los códigos estéticos. Nombra a Marta Minujín como una de las principales figuras de esta nueva manera de concebir el arte.
En los años 80-90 muestra la complejidad del arte, la incorporación de la fotografía, del video arte, de las instalaciones y de otras expresiones.
Cabe notar la preocupación del autor por destacar los artistas de las provincias, tema en el que no ha podido superar ciertas ausencias notorias o breves menciones no significativas.
Haber encarado una Historia del Arte avalada por una rica bibliografía y un índice detallado, que abarca cuatro siglos de una investigación con rigor y claridad, como lo hace Jorge López Anaya, no es tarea fácil de concretar. Una obra para ser tenida en cuenta por los estudiosos de la Historia del Arte, que debe figurar como bibliografía necesaria, pero que va más allá, en la medida que puede ser comprendida por todos. (c) LA GACETA







