UNA DE LAS FAMOSAS ILUSTRACIONES DE GUSTAVO DORE PARA “EL QUIJOTE”.

El símbolo
Hay una correspondencia, casi estricta, entre lo leído y lo hecho en el Quijote de la Mancha; lo leído por él es un manual de hechos y normas, y estas deben obedecerse. En ese pasar de modo, allí, no hay ninguna alucinación de la mente: Cuando el ventero le pregunta si traía dineros, el Quijote le responde que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído (El Quijote de la Mancha, Cap. III). Esa negación -en el mundo simbólico es posible negar- le permite al Quijote crear un mundo virtual, irreal, ficticio, simbólico y también posible: el ventero, aun con sorna, entra sin quererlo en él porque puede comprender el habla del Hombre de la Mancha a través de la significación objetiva de los símbolos. El ventero está atrapado en el mundo de la ficción plasmado en el lenguaje común, y por lo tanto puede replicar con coherencia al caballero, diciendo que se engañaba porque en las historias de caballería no se escribía que no llevasen dinero. Era una cosa muy clara que los caballeros andantes "llevaban bien herradas (provistas de dinero) las bolsas"; y añade, adentrándose en el mundo simbólico creado por la negación del Quijote, que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar heridas recibidas, porque si no tenían algún sabio encantador por amigo que los socorra "trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con un redoma de agua, que gustando della, al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas".
El Quijote no está solo en su mundo, porque sus significaciones son compartidas por todos, en la circunstancia en que nuestro personaje veló armas y fue armado caballero. El ventero socarrón que "por tener qué reír aquella noche, determinó seguirle el humor", sabe la trama lógica, las cosas, los símbolos del mundo de los caballeros andantes, cuyas aventuras eran conocidas en relatos leídos o escuchados en todos los ambientes sociales españoles del siglo XVII. Todos los partícipes de la comedia son absorbidos por ese mundo de segundo orden con significaciones que comparten; y Cervantes también se enreda con la realidad de ese mundo simbólico y piensa que la fantasía de todo lo que leía el Quijote era para este verdad: toda aquella máquina de "aquellas sonadas soñadas invenciones que leía". La paranomasia "sonadas-soñadas", tan del gusto de Cervantes, no expresa la base de objetividad que tiene el Quijote, que nunca rehuye a la determinación objetiva de un símbolo y de la instrumentación de lo que considera real. El Quijote siempre identifica el objeto determinándolo como real, especificando el contexto particular en que usa las palabras, porque quizá, dice, "...andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan; ...y así, eso que a ti te parecía bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa". Esos encantadores que todas nuestras cosas mudan o truecan en dominios fuera del espacio y del tiempo y de los límites de nuestra percepción, como únicos mundos reales; u oponen a nuestras fantasías las experiencias de la vida ordinaria; o, para decir verdad o complacer a los humanos en su insensatez, hacen reales todos los hechos, las fantasías y ficciones.Aun las fantasías del Quijote eran precisas y acotadas por lo que leía en los libros: "Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo" (Quijote, parte primera, cap. I). Para el Quijote esas fantasías también eran verdaderas y, por lo tanto, reales, tan reales que "...todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta se le representó que era un castillo..." (El Quijote, parte primera, cap. II). Hasta allí, parece un Quijote afectado de alucinaciones; pero no es así. El Quijote sabía bien que Dulcinea era hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales y que respondía al nombre de Aldonza Lorenzo, pero él quería y podía tomar esa realidad y pasarla al modo de otra que era imaginada en su mundo leído por un acto de voluntad, como lo expresa a Sancho: "Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo... Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad;..." (Quijote, parte primera, capítulo XXV).
El Quijote siempre queda malparado en sus lides, y las más de las veces, por la acción de los que tanto bien había hecho. El Prisionero de Argel, el Manco de Lepanto, el Publicano encarcelado, nos hace reír. Reímos, pero la angustia la ahoga. ¿No es impío reírse del fracaso de una intención noble? ¿Es un encanto deliberado de la obra cervantina, o es un efecto no pretendido de ese genio del idioma el crear modos de realidad de una dimensión que sólo se explica en el lenguaje existente en esos mundos ideales, sensibles, ficticios, virtuales y simbólicos?El Quijote es un signo, pero la regla de este es antropológica, porque la atención está otorgada al hombre concreto y, en consecuencia, a través de esta se constituye el símbolo: es realidad empírica y espiritual. No es un signo convencional, ligado o no con la similitud del ícono, por lo que el símbolo creado por Cervantes no es semiótico; ni tampoco es sólo psicológico, porque representa una realidad que sobrepasa la conceptualización, más allá de lo percibido y de la incoherencia de lo imaginario. El Quijote pasa a ser un signo antropológico, una realidad empírica y espiritual afectada de significaciones. El modo simbólico se enlaza con el realismo volitivo de Scheler, opuesto a toda concepción estática de la persona y en lucha contra la reducción de lo espiritual a la esfera psicofísica; y también a la teoría de los arquetipos elaborada por Jung: El símbolo se vuelve inagotable, "la imponente masa psíquica hereditaria del desarrollo de la humanidad, renacida en cada estructura psíquica individual".
La muerte
El Quijote está por morir, ya se siente a punto de muerte; y Cervantes le hace decir: "Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de bueno" (Quijote, parte 2da. Cap. LXXIV). Quiere matar el símbolo Quijote de la Mancha con la cordura como arma, y dejar morir en su cama a Alonso Quijano el bueno, convertido en enemigo de Amadís de Gaula y de su caterva de linaje. No logra hacerlo. El Quijote de la Mancha es ya realidad empírica afectada colectivamente de valencias y significaciones que desbordan lo que capta la percepción inmediata.
La fuerza del símbolo reside en la complejidad de sus sentidos, vividos independientemente de toda explicación. Su aparente debilidad es el soporte, Alonso Quijano, que puede ser reducido a signo o señal, hasta puede ser enterrado como cuerpo mortal que es, pasando a una valoración más específica para ciertos análisis objetivantes, freudiano, funcionalista, estructuralista, que reducen el símbolo a funciones y significantes explícitas, reales, pero parciales y superficiales.
No es cierto que muere sólo Alonso Quijano al final de la trama novelada; también muere el Quijote, pero no convertido en el primero como lo presenta Cervantes, recuperando a Alonso Quijano para ese "Lugar de la Mancha", como acuerdo sin realidad y también sin libros. Muere el hombre concreto, mueren los dos en el último dominio de lo real, en el dominio de la muerte, únicas síntesis del mundo real del Quijote; que no es sólo espiritual, es también empírico, donde caben y desbordan todos los dinamismos del símbolo: una valoración universal, como modo de expresión de lo sagrado, de lo social, de lo político, de lo personal; de toda actividad humana que no sea puramente objetiva y, por lo tanto, antropológicamente irreal. El símbolo se volvió inagotable en los diversos dominios de la realidad, identificable en cada uno de ellos, pero indescriptible.El Quijote muere y también Alonso Quijano (que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, o por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana). (c) LA GACETA







