
China siempre nos sorprende. También al argentino Ricardo Coler, médico, fotógrafo y periodista, interesado en las sociedades matriarcales. Después de una breve visita a los Mosuos, vuelve, a través de riesgosos caminos de montaña, para instalarse en la casa de una matriarca, en el pueblo de Loshui.
Nos dice: "¿Pensar que el hombre subyuga? No en esta aldea. ¿Que es propio de la condición de la mujer querer casarse? Menos. ¿Qué el padre debe ser respetado? ¿Cuál padre?" Las respuestas a estas preguntas tienen, entre los Mosuos, algo que generalmente resulta sorpresivo a la mayoría de los occidentales. El poder y el dinero están en manos de las mujeres. Ellas son las que indican las tareas a los hombres y distribuyen el dinero. Si un muchacho quiere hacerle un regalo a su novia, tiene que pedírselo a su mamá. Pero lo cierto es que las mujeres trabajan más que los hombres, y no sólo en sus casas, sino también en los campos y en el lago que rodea al pueblo.
Cuando una joven cumple 13 años, se le construye una especie de casa o una habitación propia dentro de la residencia familiar. Toda mujer tiene derecho a su intimidad, no así los hombres. En la casa en la que reciben a Coler, habitan 39 personas de distintas edades, todos parientes consanguíneos. Es notable el cuidado y el respeto que dan a las personas mayores. Todos consideran absurdo casarse y tener que abandonar su casa y su familia. Las matriarcas organizan todo, dan las órdenes necesarias, a las que nadie se opone, y siempre están ocupadas.
Las mujeres tienen, en la puerta de su casa, un lugar donde los hombres que entran de noche dejan su gorro como anuncio de que los señores están ocupadas y, en consecuencia, no hay que molestar. Pero ellas también pueden decidir no abrir la puerta, pero todo esto no provoca enojos ni rencores. También ocurre que una mujer sólo reciba a un hombre determinado, y que este la prefiera entre todas las mujeres; entonces se forma una pareja abierta, que implica un principio de fidelidad. No hay matrimonio, pero sí amor.
De este modo, la figura del padre aparece muy desleída, en una sociedad de este tipo. A veces, puede ocurrir que ni siquiera la madre pueda saber cuál es el padre de algunos de sus hijos. Generalmente, es el hermano de la madre el que ocupa ante el niño la figura del padre. En la época de Mao, cuenta un hombre al autor, la República Popular China quiso imponer a todos sus habitantes las mismas normas de conducta, pero los Mosuos defendieron sus costumbres ancestrales y triunfaron. En realidad, ellos descienden de una mezcla de mogoles y tibetanos que se establecieron en China muchos siglos atrás.Actualmente, hay en Beijing una universidad destinada a las etnias diferentes de la china. El autor conoció a una joven que estudia periodismo en esa universidad, y que en sus vacaciones se viste igual que él: jean, camisa y zapatillas. Gracias a ella, pudo conocer poblados adonde nunca llegó un occidental; pero después de muchas conversaciones él se dio cuenta de que diferían profundamente, pertenecían a dos culturas distintas.
El representante del gobierno en el pueblo es un funcionario honorario que tiene muy poco que hacer; a todos los conflictos los solucionan las matriarcas, y sólo podría intervenir si los conflictos fueran entre familias, cosa que no ocurre. Además, no se registran casos de violencia. No hay delitos entre los Mosuos. Hay otro funcionario, que usa un uniforme, porque es Encargado del saneamiento ambiental; pero tampoco tiene nada que hacer, porque el pueblo tiene conciencia de que debe cuidar y respetar la naturaleza; son budistas.
Coler había pensado que las sociedades matriarcales son lo totalmente opuesto a las patriarcales; pero luego descubre que no es exactamente así: las mujeres son muy femeninas en estas sociedades. Si bien cuando dan órdenes se ponen de pie y hablan con fuerza, cuando se preparan para una fiesta se reúnen entre amigas para discutir sobre ropa y maquillaje, mientras se prueban sus adornos frente a un espejo. Las matriarcas son mucho más piadosas y menos terribles que los patriarcas. También se enamoran más fácilmente.
Coler cuenta que, en una comida, "la abuela decide quedarse a un costado del fuego. Apenas prueba la comida. Tiene algo para decir: -Hanfei vendrá a vivir con nosotros". Detrás de esas palabras, hay toda una historia. La abuela nunca abrió su puerta a ningún otro hombre, y él le fue igualmente fiel. Pero ahora él está muy enfermo, y ella no puede permitir que muera lejos de su presencia. Eso era todo. Dicho de una sola vez sin necesidad de repetirlo: "Hanfei vendrá a vivir con nosotros".
En su libro, Ricardo Coler no se presenta como antropólogo, pero nos descubre una cultura de la cual no teníamos noticias, y lo hace con objetividad y también con la simpatía que es necesaria para empezar a comprender al otro. Nos da mucho para pensar, mediante su lenguaje claro y elegante, que nos atrapa desde el comienzo. Dar que pensar y procurar la felicidad de la lectura, ¿qué más puede decirse de un libro? Quizás, que es absolutamente recomendable. (c) LA GACETA







