Historia para re-construir, trabajada como alegoría

Por Carmen Perilli. El autor inscribe los hechos en una clave diferente de la de la novela histórica.

06 Noviembre 2005

La primera edición de la novela, gestada entre los últimos años peronistas y el exilio, apareció en 1981. La fábula arroja una de las más acabadas metáforas de la historia argentina. Martini, que incursionó en el género policial, procede por enigmas. El lector es desafiado a re-construir la historia en fragmentos, trabajada como alegoría. El relato apela a la lógica de los sueños, donde "suelen faltar las articulaciones más elementales", como lo señala Julio Cortázar.
Se trata de un mundo final, donde moran personajes desconcertantes, el tiempo se desmorona, la historia pierde sus hilos. Todo movimiento conduce al fracaso y la violencia lo impregna y poco a poco se pierde la identidad. Como señala uno de los personajes. "Así suceden las cosas por aquí. Fue hace tiempo, sí, y parece que hubiese sido ayer, porque todavía hay gente en esta villa que lo ha vivido todo desde el principio, pero pronto dejará de ser así, y entonces no será suficiente la memoria para explicar las raíces de la realidad".
"La vida entera", como en el tango "Cuesta abajo", de Gardel, queda en el "tiempo viejo" e irrecuperable. Ahora todo está fragmentado en una estructura sin centro. La villa del Rosario es un caserío fantasmal donde agoniza el líder; Encarnación, la ciudad, se erige sobre la prostitución de una mujer. En medio de este universo hay una casandra doliente, la Hermana, cuyas profecías apocalípticas inician el libro. Mientras tanto, La Madre cubierta de cenizas maldice a sus hijos y se opone a perderlo todo. Si en "La Casa Rosada" el Rey y los tres músicos encarnan una carnavalesca representación del Poder, mientras el tren y el árbol echan abajo las últimas paredes, en el campo de Alacrán es el caudillo indiscutido. En la oscuridad del Poder, el inmenso cuerpo de Encarnación, otra mujer oscura, parece saberlo todo. En el Pantano la Blanca, el Obispo, el Poeta y el Fantasma merodean, entre la vida y la muerte.
Tanto el Potro como el Alacrán -representaciones de Perón y el caudillismo, son impotentes- "¿será posible que estemos llegando al final?, ¿será posible que todo el poder de su voluntad no sea suficiente para permitirles sobrevivir a quienes le ofendieron?, ¿caerá, se sumirá en el espanto de la tiniebla sin que una catástrofe, una lluvia de fuego, un diluvio, arrasen Encarnación?".
En el centro del libro está el pacto con el Diablo y la pérdida de la Ley. El Oriental, especie de malevo y empresario, actualiza el contrato diabólico, se encuentra tres veces con la Salamanca: una vez es la capa de lamé de un travesti, luego el cuerpo succionador y grotesco de la madre perversa, Encarnación, y, por último, el excitante vértigo de la Mujer en el Balcón. "¿Qué historia es esta? ¿Qué hay más allá de la incesante bruma, del insalvable abismo? Sólo, inagotable, el fluir de la sangre. Entonces la ve. Abre las piernas y mana, desde ella, que es el centro y el origen".
La rapiña es la épica de héroes que carecen de otro nombre que el alias: el Oriental, el Oso, el Silencio, el Alacrán, el Rudy, el Potro. No creen en nada, ni siquiera están seguros de sí mismos. La llanura infinita, de rojos atardeceres, se puebla de espectros grisáceos que parecen recitar una letanía, seres que nunca mueren, que nunca terminan de morir.
La incertidumbre asedia al lector que intenta armar una totalidad: la gran ciudad es y no Buenos Aires; Encarnación es y no Rosario; el basural es refugio de subversivos (donde se lee la historia de León Suárez), el campo, la estancia. Los personajes también son ambiguos: el Potro es y no Perón, el Rey no posee ningún poder, los tres músicos son y no los tres comandantes, la Hermana, la Mujer en el Balcón y la Mujer que baila son máscaras que connotan a Eva Perón, Gardel es y no Gardel. Es gordo y petiso, pero canta y se viste como el Zorzal Criollo. El Tonto, que nos remite a Jauretche, tiene manos peligrosas, "alguna vez le harán daño".
Un universo dominado por lo carnavalesco donde todo está al revés, y en el que la ley está ausente, cuya lógica dominante son los intereses personales. El escritor realiza una arqueología del imaginario nacionalista al mismo tiempo que trabaja con las estructuras profundas del peronismo. Sortea la tentación de la novela histórica, elige inscribir los hechos en otra clave. Para Juan Martini, uno de los más audaces escritores argentinos: "Lo que no hacen nuestras novelas es contar la historia tal como la contaban los realistas del siglo veinte, sino tal como hoy se la puede contar, partiendo del interrogante de que nos interesa escribir novelas que interroguen de qué historia se trata y cómo la contamos". (c) LA GACETA

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