
Cada época tiene su tipo de poesía, su tono y cadencias, una resonancia con límites, las más de las veces. Pero la nuestra recoge simultaneidades o experimenta como pocas. En ese sentido es atípica, diferente. Las modas se adoptan, luego pasan. No es esto lo que ocurre con un poeta abundantemente galardonado, cuyo pensamiento se entronca con la persistencia de lo que nace, no de alardes pasajeros, sino de una sustancia llamada corazón. Es claro que ha tenido maestros, él los nombra generosamente, y entre ellos uno prevalece, González Carbalho. Requeni es de los que reconocen sus deudas y las pagan con puntualidad, más, con una especie de lealtad que perdura.
Los poemas de Requeni van desde el corazón al corazón del lector, una de las causas de su eco merecido. El vaso de agua es uno de sus afortunados frutos y fue generado por la pérdida de una edición anterior en gran medida, aunque ha añadido poemas nuevos, siempre dentro de su estilo cordial pero no sencillo. Requeni se pasea a través de vivencias varias, la ciudad, otros poetas, anécdotas que son algo más, el mundo del Mediterráneo, que tanto ama y al que siempre regresa. En suma, no está constreñido a un solo tema y, si no todo, mucho puede ser pasible de muy buena poesía y de una dicción donde la belleza, aun amarga, no pierde presencia. También, no podía ser menos, la escritura del poema lo preocupa y ocupa beneficiosamente.
Razones de espacio impiden reproducir partes de su verso, que tampoco elude la redacción de sonetos, pero podemos citar, a título de ejemplo de su modalidad, que no caducará fácilmente, poemas como "El vaso de agua", "Ese hombre que escribe", "A Enrique Banchs", "Kaddisch por un zapato roto", entre una multitud de bellos y sentidos ejemplos.
Académico de número de las Academias Nacionales de Letras y de Periodismo, su personalidad se aparta de la imagen acartonada que una porción del público mantiene con respecto a quienes participan de la vida de estas corporaciones, aunque a los honores él prefiere, largamente, el que lo señala como poeta de dones utilizados no sólo con trabajo, sino, sobre todo, mediante una inspiración feliz. (c) LA GACETA







