28 Agosto 2005 Seguir en 

El 6 y el 9 de agosto de 1945, los Estados Unidos lanzaron sus bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki (1). Estos nefastos acontecimientos determinaron que el día 14, el emperador Hirohito comunicara al pueblo su decisión de rendirse incondicionalmente ante las fuerzas aliadas; el 2 de septiembre, los representantes nipones firmaron la capitulación a bordo del acorazado Missouri, anclado en la bahía de Tokio. La Segunda Guerra Mundial había terminado y el mundo respiraba aliviado, creyendo haber superado la peor de las hecatombes.
Esta guerra -la más destructiva de la historia- dejó un saldo de 55 millones de muertos y más de 100 millones de afectados. Arrasó con ciudades, campos, centros industriales y sistemas de comunicación; destruyó buena parte del patrimonio sociocultural de la Humanidad y provocó daños psicológicos y morales prácticamente irreparables. En definitiva, fue una debacle que marcó un punto de inflexión a partir del cual se produjo un cúmulo de cambios profundamente significativos hasta la actualidad. En efecto, las consecuencias de la contienda fueron muchas y variadas pero, básicamente, alteraron la estructura y la dinámica del sistema planetario y transformaron -para siempre- las pautas de la convivencia colectiva. Así, la segunda mitad del siglo XX quedó profundamente marcada por su herencia; una herencia sobre la que los vencedores construyeron un nuevo modelo de relaciones internacionales.
Durante esta etapa destacamos la emergencia de dos procesos específicos derivados del conflicto: la guerra fría y la descolonización. Ambos incidieron directamente en la realidad política, económica, social y cultural del período y fueron esenciales para la configuración del mundo actual. En cuanto al contexto general de la etapa, es necesario apuntar la importancia de otros elementos: la revolución científica y tecnológica, ligada a la consolidación de la sociedad de masas; la aceleración de la globalización y la transformación de la mentalidad colectiva.
Al término de la guerra, los vencedores parecieron coincidir en los principios y los métodos que orientarían la reorganización de la paz. Las conferencias de Yalta y Potsdam (febrero y julio de 1945) fijaron las bases de las negociaciones y establecieron ciertas metas básicas. Una de las más importantes fue la creación de la ONU, un organismo que nació para garantizar la paz y la seguridad colectiva pero que pronto habría de convertirse en un instrumento político del nuevo orden; un orden liderado por las cuatro potencias vencedoras: EEUU, la URSS, Inglaterra y Francia (2). Sin embargo, las ilusiones de la armonía duraron muy poco pues el mundo que emergió en el 45 no fue un mundo unido y satisfecho, sino más bien una realidad compleja y desequilibrada en la cual -y a pesar de la derrota del nazismo- la paz, la seguridad y el bienestar de los pueblos sólo fueron efímeros anhelos que se disiparon velozmente. En efecto, las nuevas hegemonías mundiales no tardaron en alcanzar un protagonismo definido y en manifestar, claramente, su mutua hostilidad. Entre 1946 y 1948, la degradación de los vínculos entre las dos súper potencias -EEUU y la URSS- se aceleró: la implementación del plan Marshall; la formulación de la doctrina Truman; el avance del proceso de "comunistización" llevado a cabo por Stalin en la Europa del Este; la crisis de Grecia (1947) y la de Berlín (1948), terminaron por quebrar la antigua alianza y endurecieron las relaciones hasta situarlas en un punto crítico de no retorno.
Se iniciaba así el conflicto Este-Oeste, más conocido como la Guerra Fría: una pugna entre dos adversarios en la cual está ausente el conflicto armado directo pero que se caracteriza por un alto nivel de hostilidad, motivado por las diferencias irreconciliables de los contendientes y por la búsqueda de objetivos similares en el orden político-estratégico. Esta confrontación -identificada como uno de los fenómenos más complejos y polémicos de la Historia Contemporánea- imprimió su sello en el mundo e implantó un paradigma de enfrentamiento ideológico, político y estratégico que influyó profundamente sobre las generaciones que lo vivieron. En efecto, el antagonismo que enfrentó a los Hermanos-Enemigos (3) condujo irremediablemente a la absolutización de las posiciones y generó una tendencia de las partes a buscar la eliminación o la neutralización del otro, considerado como un obstáculo para el logro de su objetivo final: la obtención de la hegemonía mundial. Cada uno de ellos creía que su ethos y su modo de vida particular eran, no sólo válidos y verdaderos, sino ampliamente superiores a los de su rival, tan erróneo como perverso. En este sentido, dos concepciones antitéticas del mundo, dos modos de vida irreconciliables, configuraron los extremos de una rivalidad marcada por la disuasión, la carrera armamentística y espacial, la creación de los complejos militares-industriales, las crisis internacionales, las acciones encubiertas y el desencadenamiento de la violencia a través de terceros países (Corea, Vietnam). Ambas posturas pusieron al resto del mundo en una difícil opción de alineamiento, adhesión y compromiso, haciendo que los alcances del problema se hicieran realmente planetarios. En efecto, y según la interpretación de Jean Guitton, muy pocos habrían de librarse de esta guerra polimórfica (4) que, durante 44 años, influyó poderosamente en la vida de los pueblos y de los Estados y que condicionó el contenido, el tono y el ritmo de las relaciones internacionales.
En la misma época y de manera simultánea, el proceso de descolonización -es decir la emancipación política de una gran cantidad de países que hasta entonces eran colonias de las grandes potencias europeas, Francia e Inglaterra- tornó aún más complicadas las condiciones de la sociedad internacional. Efectivamente, este proceso, que afectó a vastas regiones del Asia y a casi toda Africa, fue sumamente heterogéneo y sus resultados transformaron la faz del sistema internacional. Con respecto a sus causas, el análisis de los especialistas se sitúa en torno de la conjunción de dos factores esenciales: uno endógeno y el otro exógeno. Con respecto al primero, se focaliza en la maduración de un proceso ocurrido en el interior de las colonias y cuyos elementos más significativos fueron: a) La gestación de un sentimiento la nacionalidad que derivó en la necesidad de construir un sistema político propio. b) El sostenido progreso demográfico, económico y tecnológico que influyó directamente sobre la mentalidad colectiva y c) la formación de élites y de dirigentes capacitados para liderar movimientos de masas. En cuanto al factor exógeno, este radica básicamente en el agotamiento experimentado por las metrópolis después de la guerra; un agotamiento que debilitó sus capacidades políticas, económicas y militares para sostener sus estrategias colonialistas. Sin embargo, esto no significada que la descolonización se haya llevado a cabo de manera sencilla; por el contrario, el proceso fue arduo y complejo y se materializó a partir de dos vías: la violenta y la no-violenta. La primera supuso el desencadenamiento de una serie de largas y sangrientas contiendas -las denominadas "guerras de liberación nacional"- en las que se aplicaron nuevas doctrinas y tácticas de lucha; las más importantes fueron la estrategia de guerrillas y el terrorismo (5).
En 1955, estos países recientemente descolonizados se reunieron en Bandung, donde se autodefinieron como III Mundo, proclamaron su posición de neutralidad y fijaron objetivos políticos, sociales y económicos. Producto de esta conferencia y bajo el liderazgo de Sukarno, Nehrú, Tito y Nasser, nació el Movimiento de Países No Alineados, un instrumento político cuya evolución habría de ser sumamente problemática hasta la actualidad.
Así, durante la segunda mitad del siglo, la Guerra Fría y la Descolonización se conjugaron en un esquema peligroso y agresivo que -desde fines de los años 40 y durante los 50, los 60 y los 70- sacudió al mundo a través de un cúmulo de tensiones y enfrentamientos armados. Carreras armamentísticas, crisis internacionales, guerras, revoluciones, guerrillas, terrorismo, golpes de Estado y dictaduras militares fueron las expresiones más significativas de una serie de conflictos que engendraron numerosas tragedias sociales y -lenta pero inexorablemente- acumularon resentimientos, odios y pesares que, evidentemente, no han podido ser superados hasta hoy.
En este marco, y de manera simultánea, el perfeccionamiento tecnológico transformó radicalmente el pensamiento y la vida de las sociedades de masas. La capacidad de las armas, la industrias, las comunicaciones, los transportes y la adquisición de la información fueron el resultado de la simbiosis entre ciencia y tecnología; una simbiosis trascendental cuyos efectos multiplicadores son difícilmente calculables.
Desde fines de la II GM, el mundo se inundó de nuevos productos y servicios, los cuales no sólo modificaron los hábitos y las posibilidades, sino que alteraron sustancialmente las percepciones del tiempo, del espacio y de la realidad. La tecnificación de la ciencia fue el resultado de las investigaciones y los desarrollos del conocimiento teórico y de la ciencia aplicada que invadió los hogares, se consolidó en las industrias y se proyectó a la vida política, transformando ideas, códigos de convivencia y formas de pensar y de actuar. Durante estas décadas, la globalización irrumpió como un problema controvertido cuyos ejes fundamentales desataron duros debates desde todas las perspectivas. En efecto, mientras para unos la globalización es un proceso que une, conecta y contribuye al progreso de los pueblos, para otros es una ideología que ha profundizado la pobreza, la marginación y el rencor. En definitiva, se trata de un nuevo paradigma que ha cambiado la fisonomía del mundo a través de su propia lógica; una lógica que crea y destruye poco a poco.
Para concluir: en el transcurso de estos sesenta años, la confluencia de los factores analizados determinó la construcción de un nuevo mundo; un mundo signado por nuevas certezas e incertidumbres; por nuevas necesidades, temores y carencias. Un mundo que perfiló los contornos de nuestra realidad de manera tan portentosa como incierta, tan alentadora como atemorizante. (c) LA GACETA
Esta guerra -la más destructiva de la historia- dejó un saldo de 55 millones de muertos y más de 100 millones de afectados. Arrasó con ciudades, campos, centros industriales y sistemas de comunicación; destruyó buena parte del patrimonio sociocultural de la Humanidad y provocó daños psicológicos y morales prácticamente irreparables. En definitiva, fue una debacle que marcó un punto de inflexión a partir del cual se produjo un cúmulo de cambios profundamente significativos hasta la actualidad. En efecto, las consecuencias de la contienda fueron muchas y variadas pero, básicamente, alteraron la estructura y la dinámica del sistema planetario y transformaron -para siempre- las pautas de la convivencia colectiva. Así, la segunda mitad del siglo XX quedó profundamente marcada por su herencia; una herencia sobre la que los vencedores construyeron un nuevo modelo de relaciones internacionales.
Durante esta etapa destacamos la emergencia de dos procesos específicos derivados del conflicto: la guerra fría y la descolonización. Ambos incidieron directamente en la realidad política, económica, social y cultural del período y fueron esenciales para la configuración del mundo actual. En cuanto al contexto general de la etapa, es necesario apuntar la importancia de otros elementos: la revolución científica y tecnológica, ligada a la consolidación de la sociedad de masas; la aceleración de la globalización y la transformación de la mentalidad colectiva.
Al término de la guerra, los vencedores parecieron coincidir en los principios y los métodos que orientarían la reorganización de la paz. Las conferencias de Yalta y Potsdam (febrero y julio de 1945) fijaron las bases de las negociaciones y establecieron ciertas metas básicas. Una de las más importantes fue la creación de la ONU, un organismo que nació para garantizar la paz y la seguridad colectiva pero que pronto habría de convertirse en un instrumento político del nuevo orden; un orden liderado por las cuatro potencias vencedoras: EEUU, la URSS, Inglaterra y Francia (2). Sin embargo, las ilusiones de la armonía duraron muy poco pues el mundo que emergió en el 45 no fue un mundo unido y satisfecho, sino más bien una realidad compleja y desequilibrada en la cual -y a pesar de la derrota del nazismo- la paz, la seguridad y el bienestar de los pueblos sólo fueron efímeros anhelos que se disiparon velozmente. En efecto, las nuevas hegemonías mundiales no tardaron en alcanzar un protagonismo definido y en manifestar, claramente, su mutua hostilidad. Entre 1946 y 1948, la degradación de los vínculos entre las dos súper potencias -EEUU y la URSS- se aceleró: la implementación del plan Marshall; la formulación de la doctrina Truman; el avance del proceso de "comunistización" llevado a cabo por Stalin en la Europa del Este; la crisis de Grecia (1947) y la de Berlín (1948), terminaron por quebrar la antigua alianza y endurecieron las relaciones hasta situarlas en un punto crítico de no retorno.
Se iniciaba así el conflicto Este-Oeste, más conocido como la Guerra Fría: una pugna entre dos adversarios en la cual está ausente el conflicto armado directo pero que se caracteriza por un alto nivel de hostilidad, motivado por las diferencias irreconciliables de los contendientes y por la búsqueda de objetivos similares en el orden político-estratégico. Esta confrontación -identificada como uno de los fenómenos más complejos y polémicos de la Historia Contemporánea- imprimió su sello en el mundo e implantó un paradigma de enfrentamiento ideológico, político y estratégico que influyó profundamente sobre las generaciones que lo vivieron. En efecto, el antagonismo que enfrentó a los Hermanos-Enemigos (3) condujo irremediablemente a la absolutización de las posiciones y generó una tendencia de las partes a buscar la eliminación o la neutralización del otro, considerado como un obstáculo para el logro de su objetivo final: la obtención de la hegemonía mundial. Cada uno de ellos creía que su ethos y su modo de vida particular eran, no sólo válidos y verdaderos, sino ampliamente superiores a los de su rival, tan erróneo como perverso. En este sentido, dos concepciones antitéticas del mundo, dos modos de vida irreconciliables, configuraron los extremos de una rivalidad marcada por la disuasión, la carrera armamentística y espacial, la creación de los complejos militares-industriales, las crisis internacionales, las acciones encubiertas y el desencadenamiento de la violencia a través de terceros países (Corea, Vietnam). Ambas posturas pusieron al resto del mundo en una difícil opción de alineamiento, adhesión y compromiso, haciendo que los alcances del problema se hicieran realmente planetarios. En efecto, y según la interpretación de Jean Guitton, muy pocos habrían de librarse de esta guerra polimórfica (4) que, durante 44 años, influyó poderosamente en la vida de los pueblos y de los Estados y que condicionó el contenido, el tono y el ritmo de las relaciones internacionales.
En la misma época y de manera simultánea, el proceso de descolonización -es decir la emancipación política de una gran cantidad de países que hasta entonces eran colonias de las grandes potencias europeas, Francia e Inglaterra- tornó aún más complicadas las condiciones de la sociedad internacional. Efectivamente, este proceso, que afectó a vastas regiones del Asia y a casi toda Africa, fue sumamente heterogéneo y sus resultados transformaron la faz del sistema internacional. Con respecto a sus causas, el análisis de los especialistas se sitúa en torno de la conjunción de dos factores esenciales: uno endógeno y el otro exógeno. Con respecto al primero, se focaliza en la maduración de un proceso ocurrido en el interior de las colonias y cuyos elementos más significativos fueron: a) La gestación de un sentimiento la nacionalidad que derivó en la necesidad de construir un sistema político propio. b) El sostenido progreso demográfico, económico y tecnológico que influyó directamente sobre la mentalidad colectiva y c) la formación de élites y de dirigentes capacitados para liderar movimientos de masas. En cuanto al factor exógeno, este radica básicamente en el agotamiento experimentado por las metrópolis después de la guerra; un agotamiento que debilitó sus capacidades políticas, económicas y militares para sostener sus estrategias colonialistas. Sin embargo, esto no significada que la descolonización se haya llevado a cabo de manera sencilla; por el contrario, el proceso fue arduo y complejo y se materializó a partir de dos vías: la violenta y la no-violenta. La primera supuso el desencadenamiento de una serie de largas y sangrientas contiendas -las denominadas "guerras de liberación nacional"- en las que se aplicaron nuevas doctrinas y tácticas de lucha; las más importantes fueron la estrategia de guerrillas y el terrorismo (5).
En 1955, estos países recientemente descolonizados se reunieron en Bandung, donde se autodefinieron como III Mundo, proclamaron su posición de neutralidad y fijaron objetivos políticos, sociales y económicos. Producto de esta conferencia y bajo el liderazgo de Sukarno, Nehrú, Tito y Nasser, nació el Movimiento de Países No Alineados, un instrumento político cuya evolución habría de ser sumamente problemática hasta la actualidad.
Así, durante la segunda mitad del siglo, la Guerra Fría y la Descolonización se conjugaron en un esquema peligroso y agresivo que -desde fines de los años 40 y durante los 50, los 60 y los 70- sacudió al mundo a través de un cúmulo de tensiones y enfrentamientos armados. Carreras armamentísticas, crisis internacionales, guerras, revoluciones, guerrillas, terrorismo, golpes de Estado y dictaduras militares fueron las expresiones más significativas de una serie de conflictos que engendraron numerosas tragedias sociales y -lenta pero inexorablemente- acumularon resentimientos, odios y pesares que, evidentemente, no han podido ser superados hasta hoy.
En este marco, y de manera simultánea, el perfeccionamiento tecnológico transformó radicalmente el pensamiento y la vida de las sociedades de masas. La capacidad de las armas, la industrias, las comunicaciones, los transportes y la adquisición de la información fueron el resultado de la simbiosis entre ciencia y tecnología; una simbiosis trascendental cuyos efectos multiplicadores son difícilmente calculables.
Desde fines de la II GM, el mundo se inundó de nuevos productos y servicios, los cuales no sólo modificaron los hábitos y las posibilidades, sino que alteraron sustancialmente las percepciones del tiempo, del espacio y de la realidad. La tecnificación de la ciencia fue el resultado de las investigaciones y los desarrollos del conocimiento teórico y de la ciencia aplicada que invadió los hogares, se consolidó en las industrias y se proyectó a la vida política, transformando ideas, códigos de convivencia y formas de pensar y de actuar. Durante estas décadas, la globalización irrumpió como un problema controvertido cuyos ejes fundamentales desataron duros debates desde todas las perspectivas. En efecto, mientras para unos la globalización es un proceso que une, conecta y contribuye al progreso de los pueblos, para otros es una ideología que ha profundizado la pobreza, la marginación y el rencor. En definitiva, se trata de un nuevo paradigma que ha cambiado la fisonomía del mundo a través de su propia lógica; una lógica que crea y destruye poco a poco.
Para concluir: en el transcurso de estos sesenta años, la confluencia de los factores analizados determinó la construcción de un nuevo mundo; un mundo signado por nuevas certezas e incertidumbres; por nuevas necesidades, temores y carencias. Un mundo que perfiló los contornos de nuestra realidad de manera tan portentosa como incierta, tan alentadora como atemorizante. (c) LA GACETA
NOTAS
1) La primera bomba recibió el nombre de Little Boy y la segunda, el de Fat Man.
2) Estas cuatro potencias gozarían de una posición privilegiada pues se integrarían al Consejo de Seguridad en calidad de miembros permanentes y con derecho de veto. Más adelante, en 1971, la República Popular China sería incorporada a este grupo de países.
3) Cf. Cap. XVIII. Aron, Raymond. Paz y guerra entre las naciones. Revista de Occidente, Madrid, 1963.
4) Hacia fines de los 80 se inicia su declive y, en 1991, culmina, con la caída del comunismo, la implosión de la URSS y la desarticulación del bloque soviético.
5) Estos son los casos de Vietnam, Laos, Camboya, en Asia, y de Argelia, en el norte de Africa.
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