21 Agosto 2005 Seguir en 

"Haciendo que la realidad sea una metáfora, se la vuelve inofensiva", dice un personaje de esta novela. La frase es clave en el relato, que César Aira situó en el verano rosarino de 1992, imprevista y violentamente alterado por una tormenta de nieve con temperaturas de cien grados bajo cero, trozos de hielo y vientos huracanados. El fenómeno genera dos tipos de reacciones: la casi indiferencia de quienes lo ven sólo como una curiosidad climática pasajera, y la de aquellos -los protagonistas del libro- que lo toman como una señal de la inminencia del fin del mundo.De este modo, el escenario extremo metaforiza estados anímicos y mentales propios de una confusión apocalíptica estructurada como una extensión de aquellos, hasta el punto de materializarse en las condiciones que va adquiriendo el propio paisaje urbano. Hace recordar la deducción que se lee en un relato de John Steimbeck: "La ciudad era como sus habitantes".
Aira -sobresaliente nombre de la actual literatura argentina- es un hábil expositor de estos climas vertiginosos y extraños, en los que sobre todo se destaca su calidad descriptiva y el apunte reflexivo -más que el diálogo, a veces excesivamente "armado"-, orientado a explicar disparadores no calculados de una situación o las formas de conjurar sus efectos. La primera versión de Los misterios de Rosario, uno de los casi veinte títulos de su bibliografía, se publicó en 1994.
Como en el Ulises, de Joyce, este "fin del mundo" se desarrolla en apenas una jornada a la que el novelista le impone una tonalidad exasperante, con los parroquianos de un bar dedicados a mirar televisión -lo único que sigue "funcionando"- o a seguir consumiendo, sin alterarse, sus rutinarios alimentos cotidianos frente a los otros, inmersos en una crisis de textura tan ominosa y terminal como la que azota las calles rosarinas, en la forma circunscripta que suele abarcar una maldición. En esa trama, sobresalen los infortunios de Alberto Giordano, un profesor de literatura con confusiones secretas y de las otras, que en un momento vivirá asediado por su alter ego, encarnado en la disparatada forma de un muñeco de nieve a la deriva.
Es otra característica del estilo de Aira: el humor mordaz, que en esta oportunidad llega hasta la utilización de personas reales -algunas han analizado sus obras y otras pertenecieron a los círculos intelectuales de la ciudad, como el desaparecido poeta Aldo Oliva-, y el toque medio burlonamente hollywoodense que pone un final feliz al descalabro. (c) LA GACETA
Aira -sobresaliente nombre de la actual literatura argentina- es un hábil expositor de estos climas vertiginosos y extraños, en los que sobre todo se destaca su calidad descriptiva y el apunte reflexivo -más que el diálogo, a veces excesivamente "armado"-, orientado a explicar disparadores no calculados de una situación o las formas de conjurar sus efectos. La primera versión de Los misterios de Rosario, uno de los casi veinte títulos de su bibliografía, se publicó en 1994.
Como en el Ulises, de Joyce, este "fin del mundo" se desarrolla en apenas una jornada a la que el novelista le impone una tonalidad exasperante, con los parroquianos de un bar dedicados a mirar televisión -lo único que sigue "funcionando"- o a seguir consumiendo, sin alterarse, sus rutinarios alimentos cotidianos frente a los otros, inmersos en una crisis de textura tan ominosa y terminal como la que azota las calles rosarinas, en la forma circunscripta que suele abarcar una maldición. En esa trama, sobresalen los infortunios de Alberto Giordano, un profesor de literatura con confusiones secretas y de las otras, que en un momento vivirá asediado por su alter ego, encarnado en la disparatada forma de un muñeco de nieve a la deriva.
Es otra característica del estilo de Aira: el humor mordaz, que en esta oportunidad llega hasta la utilización de personas reales -algunas han analizado sus obras y otras pertenecieron a los círculos intelectuales de la ciudad, como el desaparecido poeta Aldo Oliva-, y el toque medio burlonamente hollywoodense que pone un final feliz al descalabro. (c) LA GACETA
Lo más popular







