21 Agosto 2005 Seguir en 

He leído la extensa colaboración de Fr. Domingo Cosenza, de la Orden de Santo Domingo, incluida en la edición del domingo 31 de julio, y creo necesario formular algunas consideraciones que implican un disenso conceptual con las proposiciones del autor.
A través de los siglos, la Iglesia Católica ha proclamado en su magisterio que los Evangelios reconocidos como canónicos constituyen la Verdad revelada sobre la vida y las enseñanzas de Cristo, un dogma de fe para quienes profesamos la doctrina del Hijo de Dios, encarnado para redimir a todos los hombres del pecado original. "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"; esta es una definición textual contenida en los Evangelios, cuya aceptación nos hace acreedores a la dignidad de cristianos.
Sorprendentemente, a contramano de esa definición doctrinaria, un fraile de la Orden de Santo Domingo sostiene hoy que el relato sobre la Pasión de Cristo compuesto por San Juan Evangelista, discípulo suyo y testigo presencial de ese doloroso proceso, debe ser revisado. El autor utiliza una curiosa hermenéutica histórica, según la cual no podemos decir "así fue" sino "así podría haber sido, a tenor de las fuentes". Esta proposición revisionista relativiza el valor probatorio del testimonio de Juan Evangelista, el apóstol que presenció la crucifixión de Cristo y a quien el Divino Maestro le confió antes de su muerte la custodia de María, su santa madre.
Si aceptamos este cuestionamiento sobre el valor probatorio del texto sagrado tendríamos que preguntarnos, ¿dónde está la Verdad? Todo el depósito de la fe se conmueve en aras de una incierta pesquisa racional.
Desde la perspectiva de la fe y también de la ciencia histórica este empeño carece de justificación. La narración evangélica redactada por un testigo calificado, en fecha próxima al desarrollo de los sucesos -así lo admite el P. Cosenza- no genera solamente una posibilidad de certeza sino que la garantiza. Introducir una duda metódica sobre el alcance probatorio de este documento abriría la puerta para un cuestionamiento total sobre la explicación de la historia universal. No lo enseñan así los grandes historiadores, que fundamentaron la categoría científica del conocimiento histórico en la sistematización de las fuentes y en su posterior análisis hermenéutico.
Precisamente, la interpretación de las fuentes escritas define su grado de credibilidad. En el caso del relato sobre la Pasión de Cristo, la fuente proviene de un testigo presencial y calificado que creyó en la divinidad de su Maestro y quiso con su Evangelio demostrar que era el Hijo de Dios hecho hombre para redimir a la humanidad con su muerte de cruz, suprema inmolación. Su testimonio conjuga la verdad histórica con la Verdad trascendente de la fe, sostenida invariablemente por el magisterio de la Iglesia Católica.
Como católico y hombre formado en la ciencia histórica, no acepto la tergiversión que hace el teólogo dominico. Para aventar cualquier errónea suposición, declaro que no me inspira ninguna prevención u hostilidad confesional. Soy católico y respeto a todas las religiones imbuidas de un sentido de trascendencia sobre el destino de la humanidad.
A través de los siglos, la Iglesia Católica ha proclamado en su magisterio que los Evangelios reconocidos como canónicos constituyen la Verdad revelada sobre la vida y las enseñanzas de Cristo, un dogma de fe para quienes profesamos la doctrina del Hijo de Dios, encarnado para redimir a todos los hombres del pecado original. "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"; esta es una definición textual contenida en los Evangelios, cuya aceptación nos hace acreedores a la dignidad de cristianos.
Sorprendentemente, a contramano de esa definición doctrinaria, un fraile de la Orden de Santo Domingo sostiene hoy que el relato sobre la Pasión de Cristo compuesto por San Juan Evangelista, discípulo suyo y testigo presencial de ese doloroso proceso, debe ser revisado. El autor utiliza una curiosa hermenéutica histórica, según la cual no podemos decir "así fue" sino "así podría haber sido, a tenor de las fuentes". Esta proposición revisionista relativiza el valor probatorio del testimonio de Juan Evangelista, el apóstol que presenció la crucifixión de Cristo y a quien el Divino Maestro le confió antes de su muerte la custodia de María, su santa madre.
Si aceptamos este cuestionamiento sobre el valor probatorio del texto sagrado tendríamos que preguntarnos, ¿dónde está la Verdad? Todo el depósito de la fe se conmueve en aras de una incierta pesquisa racional.
Desde la perspectiva de la fe y también de la ciencia histórica este empeño carece de justificación. La narración evangélica redactada por un testigo calificado, en fecha próxima al desarrollo de los sucesos -así lo admite el P. Cosenza- no genera solamente una posibilidad de certeza sino que la garantiza. Introducir una duda metódica sobre el alcance probatorio de este documento abriría la puerta para un cuestionamiento total sobre la explicación de la historia universal. No lo enseñan así los grandes historiadores, que fundamentaron la categoría científica del conocimiento histórico en la sistematización de las fuentes y en su posterior análisis hermenéutico.
Precisamente, la interpretación de las fuentes escritas define su grado de credibilidad. En el caso del relato sobre la Pasión de Cristo, la fuente proviene de un testigo presencial y calificado que creyó en la divinidad de su Maestro y quiso con su Evangelio demostrar que era el Hijo de Dios hecho hombre para redimir a la humanidad con su muerte de cruz, suprema inmolación. Su testimonio conjuga la verdad histórica con la Verdad trascendente de la fe, sostenida invariablemente por el magisterio de la Iglesia Católica.
Como católico y hombre formado en la ciencia histórica, no acepto la tergiversión que hace el teólogo dominico. Para aventar cualquier errónea suposición, declaro que no me inspira ninguna prevención u hostilidad confesional. Soy católico y respeto a todas las religiones imbuidas de un sentido de trascendencia sobre el destino de la humanidad.
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