21 Agosto 2005 Seguir en 

Más conocido como ensayista que como narrador, Alberto Manguel publicó en los últimos años estimulantes libros que lo ubicaron en un sitio de privilegio en la literatura internacional (cabe recordar que, a excepción del título que ahora presentamos, los anteriores fueron escritos en inglés). El autor es un amante de la lectura y un riguroso analista de sus efectos en los lectores y los escritores, convicción que se expresa en postulados que presentan esta actividad como privilegiada para comprender, a través de la palabra, el relato y la reflexión, los caóticos episodios de la experiencia humana. Esa visión de la literatura y de los libros puede seguirse en los ensayos En el bosque del espejo, Leyendo imágenes, Diario de lecturas, donde el escritor nacido en Argentina (ahora ciudadano canadiense y residente en Francia, después de vivir en diferentes países), realiza una investigación sobre el significado y el valor en su vida de la lectura de textos escritos y de imágenes.
Es indudable que su nueva novela, El regreso (después de dos anteriores, Noticias del extranjero y Stevenson bajo las palmeras), escrita directamente en castellano, continúa algunas de las preocupaciones presentes en sus libros de ensayos, pero con el ritmo y el color propio de la ficción, y sin alcanzar el nivel de su registro ensayístico. La continuidad se percibe por la presencia de libros en el interior del relato (que figuran como cifras de otra cosa, principalmente uno de ellos), y por las citas de los epígrafes que explicitan el intertexto, y contribuyen a que el lector pueda seguir uno de los ejes posibles para interpretar la historia.
Las primeras líneas de la novela (en verdad, habría que decir nouvelle o cuento largo) presentan a su protagonista: "Hacía treinta años que Néstor Andrés Fabris no volvía a la ciudad de la que se había ido tan precipitadamente, y volver ahora, tan sólo porque había prometido asistir al casamiento de su único ahijado, a quien, por lo demás, no había visto nunca, le parecía una imbecilidad". Al avanzar la narración nos enteramos de que Fabris es un ex militante político exiliado en Italia convertido en un rico vendedor de antigüedades, y que en su viaje vivirá un extraño reencuentro efímero e imprevisto con amigos de su pasado: Marta (ex novia de su juventud y madre del joven que lo ha invitado a su boda), Tonio, Liliana, El Serruchero, Palito. Pero ese regreso y los reencuentros no se corresponden con la lógica de un verosímil realista, sino todo lo contrario. Una vez en su ciudad natal (que no está nombrada, pero se deduce que se trata de Buenos Aires) y a pesar de su convicción de olvidarla por completo, una serie de episodios colindantes con lo fantástico, donde los personajes del pasado tendrán el espesor de los fantasmas, lo conducirá a otras búsquedas y decisiones y a una certeza sobre la que gira toda la historia: el retorno es imposible no sólo espiritual sino también materialmente. Durante su travesía lo acompañará el libro de un antiguo profesor, Norberto Grossman, El pasado, que encuentra en una librería que visita al principio de su deriva hipnótica. La librería, como los otros espacios y personajes que encontrará, es uno de los primeros signos de que la ciudad que recorre no se corresponde con la de sus recuerdos.
Después de encontrarse con el libro de su profesor, asistirá a otras revelaciones. En una inesperada seguidilla de encuentros y desencuentros, y después de haber pasado por escenarios absolutamente irreales y fantásticos, se encontrará con el profesor Grossman en persona, y este, conduciendo un antiguo colectivo, lo llevará (como un guía espiritual) por otros escenarios que les dan una repuesta a sus preguntas, mientras también le despertarán otras. Al final, siguiendo una lógica de pasaje y continuidad, el protagonista ya no piensa en retornar a su primer destino, un hotel al que había llegado por equivocación, ni en asistir al casamiento de su ahijado. A pesar de la paradoja, asume la misión de convertirse en guía de los nuevos y perplejos pasajeros que aspiran a recobrar una ciudad y un pasado que, irremediablemente, ahora sólo viven en una dimensión desconocida e imposible de recuperar. (c) LA GACETA
Es indudable que su nueva novela, El regreso (después de dos anteriores, Noticias del extranjero y Stevenson bajo las palmeras), escrita directamente en castellano, continúa algunas de las preocupaciones presentes en sus libros de ensayos, pero con el ritmo y el color propio de la ficción, y sin alcanzar el nivel de su registro ensayístico. La continuidad se percibe por la presencia de libros en el interior del relato (que figuran como cifras de otra cosa, principalmente uno de ellos), y por las citas de los epígrafes que explicitan el intertexto, y contribuyen a que el lector pueda seguir uno de los ejes posibles para interpretar la historia.
Las primeras líneas de la novela (en verdad, habría que decir nouvelle o cuento largo) presentan a su protagonista: "Hacía treinta años que Néstor Andrés Fabris no volvía a la ciudad de la que se había ido tan precipitadamente, y volver ahora, tan sólo porque había prometido asistir al casamiento de su único ahijado, a quien, por lo demás, no había visto nunca, le parecía una imbecilidad". Al avanzar la narración nos enteramos de que Fabris es un ex militante político exiliado en Italia convertido en un rico vendedor de antigüedades, y que en su viaje vivirá un extraño reencuentro efímero e imprevisto con amigos de su pasado: Marta (ex novia de su juventud y madre del joven que lo ha invitado a su boda), Tonio, Liliana, El Serruchero, Palito. Pero ese regreso y los reencuentros no se corresponden con la lógica de un verosímil realista, sino todo lo contrario. Una vez en su ciudad natal (que no está nombrada, pero se deduce que se trata de Buenos Aires) y a pesar de su convicción de olvidarla por completo, una serie de episodios colindantes con lo fantástico, donde los personajes del pasado tendrán el espesor de los fantasmas, lo conducirá a otras búsquedas y decisiones y a una certeza sobre la que gira toda la historia: el retorno es imposible no sólo espiritual sino también materialmente. Durante su travesía lo acompañará el libro de un antiguo profesor, Norberto Grossman, El pasado, que encuentra en una librería que visita al principio de su deriva hipnótica. La librería, como los otros espacios y personajes que encontrará, es uno de los primeros signos de que la ciudad que recorre no se corresponde con la de sus recuerdos.
Después de encontrarse con el libro de su profesor, asistirá a otras revelaciones. En una inesperada seguidilla de encuentros y desencuentros, y después de haber pasado por escenarios absolutamente irreales y fantásticos, se encontrará con el profesor Grossman en persona, y este, conduciendo un antiguo colectivo, lo llevará (como un guía espiritual) por otros escenarios que les dan una repuesta a sus preguntas, mientras también le despertarán otras. Al final, siguiendo una lógica de pasaje y continuidad, el protagonista ya no piensa en retornar a su primer destino, un hotel al que había llegado por equivocación, ni en asistir al casamiento de su ahijado. A pesar de la paradoja, asume la misión de convertirse en guía de los nuevos y perplejos pasajeros que aspiran a recobrar una ciudad y un pasado que, irremediablemente, ahora sólo viven en una dimensión desconocida e imposible de recuperar. (c) LA GACETA
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