El alto vuelo de Jorge Saltor

Para LA GACETA - Buenos Aires.

JORGE SALTOR. Un hombre de pensamiento. JORGE SALTOR. Un hombre de pensamiento.
21 Agosto 2005
Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.
San Juan de la Cruz

Jorge Saltor señala que en la localidad tucumana de Amaicha del Valle concibió y concluyó la escritura de su libro sobre San Juan de la Cruz (1). Así como esa bendita serranía es afín al paisaje español donde vivió el Santo, de igual modo la hermosa obra de Saltor respira los mismos aires de altura sagrada en que transcurrió la meditación de aquel místico excepcional.
Este libro es todo un acontecimiento en el orden del pensamiento religioso en la Argentina. Jorge Saltor posee sensibilidad para la mística, es un creyente católico con firmes conocimientos de la sabiduría eclesial. Es hombre de Dios y todo su libro es una constatación de esta pertenencia: leerlo es casi un acto sacramental, pero también un gozo literario. Su prosa prolonga muchas veces la diafanidad que emana de los textos del Santo.
Saltor es hombre de pensamiento. Quiero decir que a su inconfundible vivencia religiosa se agrega el oficio del epistemólogo, del hombre de ciencia y de verificación. Buen continuador de la escuela tomista, le importa la santidad pero también el conocimiento.

2. Tomás de Aquino indica los primeros pasos de su investigación sobre la mística. Saltor parte de la distinción escolástica entre verdad y obra, entre teoría y práctica, para concluir en la legitimidad de un "conocimiento práctico" en el sentido de una cognitio affectiva concebida, llanamente, como conocimiento vivencial de Dios. San Juan de la Cruz vendría a ser la expresión más alta de esta experiencia en la que convergen "una fuerte disposición para llevar a cabo la meta esencial del misticismo cristiano: la unión experimental con Dios" (p. 4).
Definida la mística como "conocimiento afectivo", ¿quedaría excluido su carácter de contemplación "intelectual" de Dios? Saltor encara el tema pensando en Plotino, el gran místico neoplatónico del siglo III. Acepta la contemplación intelectual plotiniana pero la distingue de la cristiana. De cuño panteísta, su filosofía es ajena a los misterios de la Encarnación, la Trinidad y el Sacrificio en la cruz. No obstante tales diferencias, el filósofo argentino concluye: "El caso de Plotino, pues, nos muestra que es posible una mística fuera del cristianismo y fundada, asimismo, en una ascensión dialéctica específicamente filosófica" (p. 14). Esta importante conclusión indica que el conocimiento "afectivo" de Dios no excluye la contemplación "intelectual" y que esta posibilidad, además, estaría abierta a otras tradiciones no cristianas de la vida mística.

3. Saltor realiza una caracterización exhaustiva de la mística de San Juan de la Cruz. Siendo una de las mayores de la cristiandad, irradia como un modelo permanente. Es experiencia supra-conceptual pero también una contemplación asentada sobre sólidas bases teológicas. Ella se expresa en "canciones" de sublime belleza y este mismo tono continúa en la prosa sagaz e inteligente de sus "declaraciones". Con la destreza de un guía espiritual traza el escarpado sendero que sigue el alma para la purificación ascética de pulsiones y tendencias, a lo largo de las sucesivas Noches. Pero Saltor advierte muy bien que nuestro Santo no frecuenta las referencias autobiográficas. No hay el psicologismo que a veces hallamos en San Agustín o en Santa Teresa. Hay, sí, la persistente meditación sobre los movimientos del alma en su transformación de amor con el Amado.
La mística juancruciana, para el filósofo argentino, es inmediatez intuitiva, conocimiento no-sensible de una Persona divina, sobrenatural, que compromete la existencia toda. Es un don del Espíritu Santo, una relación de amor e inteligencia. Saltor subraya la importancia de esta última. "El místico -concluye- es un teólogo que conoce por vía experimental lo que por vía discursiva saben los teólogos profesionales" (p. 32).

4. La investigación del filósofo argentino recorre escrupulosamente los puntos en que San Juan de la Cruz, como todo místico, bordea las paradojas, la insuficiencia de la palabra, la distancia entre lo natural y lo sobrenatural. Saltor se adentra en arduos temas teológicos: la experiencia y la razón, la ciencia y la contemplación, la libertad y la obediencia extrema, la predestinación, el signo de un apartamiento del mundo que culmina en su majestuosa exaltación. Y si Saltor advierte que el Santo carmelita no se detuvo demasiado en el tema de la oración, con buen criterio responde: porque "en el contemplativo todo es oración" (p. 58).
También subraya la distancia que separa la experiencia mística cristiana de la prometeica. Dios no está sometido al mandato de una voluntad humana heroica, al llamado de una desmesura, al delirio de un superpoder, ni a las técnicas del éxtasis. Es un movimiento de la gracia, un don de lo alto, del Espíritu Santo.

5. Saltor recuerda una y otra vez el carácter cristocéntrico de la mística juancruciana. El Amado no es otro que Cristo, y "la unión con Cristo -aclara- es también unión trinitaria" (p.59). Además deja en claro que la identificación última entre los dos términos -la amada y el Amado- es "una identificación -no de esencia, sino de participación afectiva- con Dios" (p. 59). No hay una identidad de naturalezas ("amada en el Amado transformada") como tiende a pensar el monismo panteísta. "A Dios sólo se puede llegar -reitera Saltor- por su teofanía real por excelencia, por el sacramento como tal, es decir, por el Señor Jesús" (p. 67). En esta misma línea cita a Romano Guardini: "Solamente lo que se justifica ante Cristo es divino" (p. 66).
Ante tales reflexiones no puedo dejar de preguntarme si el cristocentrismo así formulado -legítimo obviamente para el cristiano- no aparecería como excluyente de las vías místicas ensayadas por otras religiones. Saltor atenúa esta exigencia reconociendo que ese "Mediador absoluto -el Cristo de la fe" (p. 68) no impide que un sufi, un profeta del Antiguo Testamento o un neoplatónico accedan a la contemplación mística: "Su mediador absoluto puede estar revestido históricamente de otra manera" (p. 68). Si según este último párrafo se acepta una variedad de mediaciones, yo lo celebro. Sería compatible con un pluralismo que admite diferentes vías humanas de acceso a lo sagrado.

6. Tengo la impresión de que el monismo panteísta que Saltor rechaza con energía en la mística cristiana tiene, no obstante, un buen espacio ganado dentro de ella y en la mística en general. Se manifiesta en Plotino, los neoplatónicos, el Falso Dionisio, Shankara, Al-Hallaj. Pero también en cristianos como Meister Eckhart, Angelo Silesio, Suso, Tauler, Ruysbroeck y Böhme. Además hay páginas de San Francisco de Asis, Santa Teresa y San Juan de la Cruz que pueden leerse en clave panteísta. Casi todos ellos recibieron este peligroso reproche y, en su momento, se suscitó una discusión enorme tanto dentro como fuera de la Iglesia.
Hoy pocos dudan que esas figuras fueron auténticamente cristianas. En tales casos me inclino a pensar que el caudal de la experiencia mística abrió cauces autónomos, que pudo llevarlos más allá de ciertos límites doctrinarios sin que haya la voluntad de transgredirlos. El místico, en la metáfora que San Juan de la Cruz toma de los Salmos, es un "pájaro solitario". Su "vuelo es tan alto" que -conjeturo- desde tales alturas las fronteras se desdibujan y queda la sola inmensidad de lo divino. De allí que esos pocos seres geniales que mencioné, y pese a sus orígenes distintos, tengan un aire de familia. Los une la mayor audacia del ser humano en el espacio de la vida interior: la experiencia de Dios en la inmediatez más íntima. En virtud de este sobrecogimiento, no es raro que los límites se pierdan y sus testimonios bordeen el panteísmo. Es comprensible que la doctrina católica tenga reservas ante esta actitud: puede llevar al silenciamiento del misterio de la Trinidad y de Cristo como Mediador absoluto.

7. Aunque yo me halle entre quienes no disgustan del monismo panteísta, quiero decir que Jorge Saltor defiende con enjundia esa visión ortodoxa que el catolicismo fue forjando sobre la mística del Santo. Y contribuyó a reforzarla doctrinariamente.
Admiro su actitud intelectual: no es fácil en nuestros días defender una ortodoxia. En días de relativismos y de nihilismos, la heterodoxia es fácil, una dócil aceptación del "espíritu del tiempo". Defender una ortodoxia es difícil, casi navegar contra la corriente. Defender una tradición, la pertenencia a una comunidad leal a un sistema de principios fundadores, requiere hoy un coraje de la inteligencia. Este es el caso de Saltor. Me gustaría que me considere, aun discrepando y no siendo yo católico, fraternalmente a su lado.

8. En un momento Saltor me escribió que ambos "aspirábamos a la experiencia extrema". Esta es una fórmula que acuñé hace treinta años, inspirada en San Juan de la Cruz, a quien dediqué tres capítulos en mi libro Nihilismo y experiencia extrema. Veía en su mística un "modelo de búsqueda" válido para toda experiencia espiritual, no sólo religiosa sino también estética, amorosa, teórica e incluso política. Veía en él un afán de absoluto que podía volverse sobre la inmanencia, anclar en lo permanente, en valores que no cambian, en un "presente eterno" más que en la espera de un futuro de redención. La experiencia extrema venía a ser un modo de "intensificar" la vida en su inmediatez, una seria entrega a lo profano aunque aparezca como autosuficiente y cerrado en sí mismo. Su realización y acabamiento no son ajenos a la plenitud de lo sagrado.
Aunque sé que Saltor no coincide con algunas de mis propuestas, me reconfortó saberlo cerca en la "aspiración" a una experiencia extrema. Ambos amamos a San Juan de la Cruz. Que él supo hacerlo mejor que yo, lo prueba este hermoso libro escrito casi en estado de gracia. Y que se lee no sólo como una oración, sino como uno de los aportes mayores del pensamiento religioso en la Argentina. (c) LA GACETA

NOTA
1) Volé tan alto, tan alto. Estudios sobre la mística de San Juan de la Cruz, UNSTA, Tucumán, 2005.

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