14 Agosto 2005 Seguir en 

Alonso Quijano se arma caballero para restaurar en el mundo la justicia y la libertad, dos conceptos que serpentean a lo largo del Quijote. Pero ¿Cuáles eran las libertades apetecidas? ¿Qué pasa con la justicia y los pobres? Concretamente ¿qué pasa con la justicia y el hidalgo, y con el mismo Cervantes, que la encara con tanta vehemencia? Muchas de las respuestas habría que buscarlas en el complejo contexto histórico en que nace la obra (1550-1605) porque el Quijote hunde sus raíces en las profundas entrañas de su país y de su tiempo.
Cervantes nace y se forma en el brillante período del Renacimiento (España triunfadora y expansionista), pero en su madurez vive la derrota de España y su decadencia con todas sus secuelas: cambios sustanciales en las últimas décadas del siglo XVI, en los órdenes político, económico, en la Iglesia, en los patrones culturales, administrativos, familiares y sociales.
Alonso Quijano era un hidalgo, figura clave dentro de la estructura social española de los siglos XVI y XVII: pobre, en una sociedad donde el prestigio lo da el dinero; desestimado socialmente aunque con un orgullo intacto que lo obliga a cubrir las apariencias, pero atesorando sus resentimientos y sintiéndose víctima de la injusticia generalizada.
La burocracia creciente en aquellos momentos era incompetente (en general se compraban los cargos o se los obtenía por intereses subalternos) y con frecuencia, corrupta. Sus abusos afectaron tanto a la administración de la justicia como de las cárceles (P. Herrera Puga, 1971) ¿No esparce esto un tufillo de actualidad?
¡Cuatrocientos años han pasado y podemos acoplar hoy idénticos cuadros de costumbres!Don Quijote sale a restaurar la justicia pero esta es una justicia ideal, ubicada en una lejana, utópica Edad de Oro, tan obsoleta como sus armas. Por eso, en cada encuentro se da frentazos contra la realidad, desde su primera aventura (Juan Haldudo y Andrés) hasta la última. Un mensaje pesimista acerca de la justicia se propaga hasta el final de la novela. Si hoy hiciéramos una encuesta seria sobre la credibilidad de la gente en materia de justicia ¿qué resultado obtendríamos? Quizás Don Quijote, lanza en ristre, al verlo sonreiría desde la sombra.
Aliado a su ideal de justicia está su concepto de la libertad del hombre: alma sin ataduras, hombre sin grillos y sin rejas.
Paradojalmente, Don Quijote, al final de la primera parte, vuelve a su casa encerrado en una jaula aunque su alma continúa en vuelo, libre al igual que su mente.
En el episodio de los galeotes (XXII, I), el caballero desafía a la justicia del rey y argumenta contra ella. Al enterarse de que son "forzados del rey", lanza una ambigüedad ("¿Cómo gente forzada?... ¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?") Y, a continuación, su proclama: "Aquí encaja la ejecución de mi oficio, desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables".
Giné de Pasamonte iba encadenado de pies a cabeza pero aun así, engrillado, tiene el alma libre, y el peso de los grillos no alcanza para aplastar su coraje: a la respuesta del guardia sobre quién es, Ginesillo lo pone en su lugar, a tal punto que el comisario le ordena "¡Hable con menos tono!". Pero el tono sigue, como puede verse en el texto.
Don Quijote, siguiendo sus convicciones, los libera pero, en su interior, sabe que está violando una disposición del rey. Por eso, cuando la voz de la razón le dice por boca de Sancho, que se embosquen en la Sierra Morena, responde "Bien está eso". Pero no obedece, y recibe una paliza de los liberados. Sancho insiste y él lo trata de cobarde pero afloja, racionaliza y busca refugio en la sierra. De todas maneras, Cervantes aquí, a través de su héroe, ha puesto en jaque a la justicia del rey.
En el mismo texto se alude a la corrupción reinante: uno de los engrillados manifiesta "yo voy por cinco años a las señoras gurapas por faltarme diez ducados". Luego nos enteramos de que eran para "untar la péndola del escribano" y para "avivar el ingenio del procurador" que definieron su causa.
Lo mismo pasa con el "corredor de oreja", vulgo alcahuete, "necesarísimo en la república bien ordenada".
Esto nos conduce nuevamente al clima de época: la alcahuetería era moneda corriente en la España de los siglos XVI y XVII. Podemos verlo no sólo en el Quijote, también en el teatro.
¡Cuántos pliegues encierra el mensaje que deja la secuencia del corredor de oreja!: sobre lo realmente injusto y lo aparentemente injusto, sobre las máscaras de que se vale el mundo para ocultar la verdadera naturaleza humana; sobre la falacia de la justicia.
Nos preguntamos si este episodio de los galeotes no será sino una metáfora de la justicia humana y, más aún, de la conducta humana, para demostrar que hay aspectos de la vida del hombre, que, con el tiempo, no caducan porque su naturaleza es así.
Este jaque a la justicia reinante reaparece en el episodio de Ricote (LIV,II). Esta vez Cervantes no da la cara: Don Quijote ha quedado en el palacio de los duques y es Sancho quien enfrenta la situación: de vuelta de la ínsula, ya de regreso en busca de su amo, tropieza con un grupo de moriscos que disfrazados de mendigos, entran en territorio español, con el afán de recuperar las riquezas que dejaron ocultas.
Sancho reconoce a su "caro amigo" y antiguo vecino, Ricote, a quien le advierte "la mala ventura" si desafía el decreto del rey. Ricote tiene un discurso ambivalente (sobre su voz creemos oír la de Cervantes haciendo dúo): "me partí de nuestro hogar por obedecer el bando de S.M.: que con tanto rigor a los desdichados de mi nación amenazaba". Pero luego, a la palabra de Ricote parece superponérsele la de Cervantes, como si un ventrílocuo hubiese intervenido: "Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro, con la más terrible que nos podía dar".
Sancho se compadece pero no acepta acompañarlos ni se tienta con la fabulosa oferta de Ricote. Aprovecha el emisor para pintar las lágrimas y el dolor popular que ocasiona la partida de los desdichados. Pero Sancho sigue su camino, es decir, lo guía la misma cordura que los condujo a refugiarse en la Sierra Morena tras liberar a los galeotes.Debemos considerar las paradojas en lo que al concepto de justicia respecta, lo que nos permite observar la dicotomización del pensamiento autor-personaje, motorizada por los contextos: Don Quijote se cree y se siente, por las leyes de la caballería andante, el brazo de Dios; la justicia de Dios lo mueve; al mismo tiempo se proclama defensor de los desvalidos, de los avasallados. Pero frente al caso de los moriscos no actúa así, y hasta podemos observar el desvío del pensamiento porque Cervantes racionaliza, y en toda racionalización hay una falacia escondida.Cervantes, que ha hecho de Don Quijote un adalid de la justicia (defensor de los oprimidos, de las víctimas del abuso de terceros), en este caso hubiera tenido una brillante oportunidad para que su héroe fuera fiel a sus consignas, pero no quiso, o no pudo, remar contra la corriente y excusó la presencia del caballero, trasladando a Sancho, un cándido, la responsabilidad de la entrevista con el morisco, al tiempo que puso en boca de este último palabras poco creíbles.
Claro que no podemos dejar de preguntarnos por qué incluyó este episodio en su novela, con un tema tan vidrioso y de tanto riesgo. Creemos que, valiéndose de un recurso al que suelen apelar los escritores de todos los tiempos, lo registró para que sus lectores leyeran en las entrelíneas (la cruel despedida), la dureza de los hechos.En varias oportunidades Don Quijote aconseja ser clemente en la justicia pero en el caso citado, por palabras de Sancho, simple, alma de cántaro, que cuenta los hechos como fueron, se nos muestra que esa clemencia no se ejercitó con los moriscos.
El problema de los conversos es complejo y no lo trataremos aquí; pero en el Quijote está ligado a la necesidad de libertad tanto moral como social, coartada por los abusos de poder que venían desde arriba y desde lejos.Estos dos episodios aquí tratados, no agotan, en el Quijote, la presencia de los temas que nos ocupan; al contrario, la novela está sembrada de casos pero creímos conveniente abordarlos, no sólo en conmemoración de los cuatrocientos años de la publicación del Quijote sino también por el problema actual de la justicia, tan jaqueada, tan cuestionada, sin duda alimentada por los fermentos del complejo contexto político social donde se inscribe, y con la esperanza de que en esos fermentos se multipliquen los anticuerpos que puedan depurarla. (c) LA GACETA
Cervantes nace y se forma en el brillante período del Renacimiento (España triunfadora y expansionista), pero en su madurez vive la derrota de España y su decadencia con todas sus secuelas: cambios sustanciales en las últimas décadas del siglo XVI, en los órdenes político, económico, en la Iglesia, en los patrones culturales, administrativos, familiares y sociales.
Alonso Quijano era un hidalgo, figura clave dentro de la estructura social española de los siglos XVI y XVII: pobre, en una sociedad donde el prestigio lo da el dinero; desestimado socialmente aunque con un orgullo intacto que lo obliga a cubrir las apariencias, pero atesorando sus resentimientos y sintiéndose víctima de la injusticia generalizada.
La burocracia creciente en aquellos momentos era incompetente (en general se compraban los cargos o se los obtenía por intereses subalternos) y con frecuencia, corrupta. Sus abusos afectaron tanto a la administración de la justicia como de las cárceles (P. Herrera Puga, 1971) ¿No esparce esto un tufillo de actualidad?
¡Cuatrocientos años han pasado y podemos acoplar hoy idénticos cuadros de costumbres!Don Quijote sale a restaurar la justicia pero esta es una justicia ideal, ubicada en una lejana, utópica Edad de Oro, tan obsoleta como sus armas. Por eso, en cada encuentro se da frentazos contra la realidad, desde su primera aventura (Juan Haldudo y Andrés) hasta la última. Un mensaje pesimista acerca de la justicia se propaga hasta el final de la novela. Si hoy hiciéramos una encuesta seria sobre la credibilidad de la gente en materia de justicia ¿qué resultado obtendríamos? Quizás Don Quijote, lanza en ristre, al verlo sonreiría desde la sombra.
Aliado a su ideal de justicia está su concepto de la libertad del hombre: alma sin ataduras, hombre sin grillos y sin rejas.
Paradojalmente, Don Quijote, al final de la primera parte, vuelve a su casa encerrado en una jaula aunque su alma continúa en vuelo, libre al igual que su mente.
En el episodio de los galeotes (XXII, I), el caballero desafía a la justicia del rey y argumenta contra ella. Al enterarse de que son "forzados del rey", lanza una ambigüedad ("¿Cómo gente forzada?... ¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?") Y, a continuación, su proclama: "Aquí encaja la ejecución de mi oficio, desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables".
Giné de Pasamonte iba encadenado de pies a cabeza pero aun así, engrillado, tiene el alma libre, y el peso de los grillos no alcanza para aplastar su coraje: a la respuesta del guardia sobre quién es, Ginesillo lo pone en su lugar, a tal punto que el comisario le ordena "¡Hable con menos tono!". Pero el tono sigue, como puede verse en el texto.
Don Quijote, siguiendo sus convicciones, los libera pero, en su interior, sabe que está violando una disposición del rey. Por eso, cuando la voz de la razón le dice por boca de Sancho, que se embosquen en la Sierra Morena, responde "Bien está eso". Pero no obedece, y recibe una paliza de los liberados. Sancho insiste y él lo trata de cobarde pero afloja, racionaliza y busca refugio en la sierra. De todas maneras, Cervantes aquí, a través de su héroe, ha puesto en jaque a la justicia del rey.
En el mismo texto se alude a la corrupción reinante: uno de los engrillados manifiesta "yo voy por cinco años a las señoras gurapas por faltarme diez ducados". Luego nos enteramos de que eran para "untar la péndola del escribano" y para "avivar el ingenio del procurador" que definieron su causa.
Lo mismo pasa con el "corredor de oreja", vulgo alcahuete, "necesarísimo en la república bien ordenada".
Esto nos conduce nuevamente al clima de época: la alcahuetería era moneda corriente en la España de los siglos XVI y XVII. Podemos verlo no sólo en el Quijote, también en el teatro.
¡Cuántos pliegues encierra el mensaje que deja la secuencia del corredor de oreja!: sobre lo realmente injusto y lo aparentemente injusto, sobre las máscaras de que se vale el mundo para ocultar la verdadera naturaleza humana; sobre la falacia de la justicia.
Nos preguntamos si este episodio de los galeotes no será sino una metáfora de la justicia humana y, más aún, de la conducta humana, para demostrar que hay aspectos de la vida del hombre, que, con el tiempo, no caducan porque su naturaleza es así.
Este jaque a la justicia reinante reaparece en el episodio de Ricote (LIV,II). Esta vez Cervantes no da la cara: Don Quijote ha quedado en el palacio de los duques y es Sancho quien enfrenta la situación: de vuelta de la ínsula, ya de regreso en busca de su amo, tropieza con un grupo de moriscos que disfrazados de mendigos, entran en territorio español, con el afán de recuperar las riquezas que dejaron ocultas.
Sancho reconoce a su "caro amigo" y antiguo vecino, Ricote, a quien le advierte "la mala ventura" si desafía el decreto del rey. Ricote tiene un discurso ambivalente (sobre su voz creemos oír la de Cervantes haciendo dúo): "me partí de nuestro hogar por obedecer el bando de S.M.: que con tanto rigor a los desdichados de mi nación amenazaba". Pero luego, a la palabra de Ricote parece superponérsele la de Cervantes, como si un ventrílocuo hubiese intervenido: "Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro, con la más terrible que nos podía dar".
Sancho se compadece pero no acepta acompañarlos ni se tienta con la fabulosa oferta de Ricote. Aprovecha el emisor para pintar las lágrimas y el dolor popular que ocasiona la partida de los desdichados. Pero Sancho sigue su camino, es decir, lo guía la misma cordura que los condujo a refugiarse en la Sierra Morena tras liberar a los galeotes.Debemos considerar las paradojas en lo que al concepto de justicia respecta, lo que nos permite observar la dicotomización del pensamiento autor-personaje, motorizada por los contextos: Don Quijote se cree y se siente, por las leyes de la caballería andante, el brazo de Dios; la justicia de Dios lo mueve; al mismo tiempo se proclama defensor de los desvalidos, de los avasallados. Pero frente al caso de los moriscos no actúa así, y hasta podemos observar el desvío del pensamiento porque Cervantes racionaliza, y en toda racionalización hay una falacia escondida.Cervantes, que ha hecho de Don Quijote un adalid de la justicia (defensor de los oprimidos, de las víctimas del abuso de terceros), en este caso hubiera tenido una brillante oportunidad para que su héroe fuera fiel a sus consignas, pero no quiso, o no pudo, remar contra la corriente y excusó la presencia del caballero, trasladando a Sancho, un cándido, la responsabilidad de la entrevista con el morisco, al tiempo que puso en boca de este último palabras poco creíbles.
Claro que no podemos dejar de preguntarnos por qué incluyó este episodio en su novela, con un tema tan vidrioso y de tanto riesgo. Creemos que, valiéndose de un recurso al que suelen apelar los escritores de todos los tiempos, lo registró para que sus lectores leyeran en las entrelíneas (la cruel despedida), la dureza de los hechos.En varias oportunidades Don Quijote aconseja ser clemente en la justicia pero en el caso citado, por palabras de Sancho, simple, alma de cántaro, que cuenta los hechos como fueron, se nos muestra que esa clemencia no se ejercitó con los moriscos.
El problema de los conversos es complejo y no lo trataremos aquí; pero en el Quijote está ligado a la necesidad de libertad tanto moral como social, coartada por los abusos de poder que venían desde arriba y desde lejos.Estos dos episodios aquí tratados, no agotan, en el Quijote, la presencia de los temas que nos ocupan; al contrario, la novela está sembrada de casos pero creímos conveniente abordarlos, no sólo en conmemoración de los cuatrocientos años de la publicación del Quijote sino también por el problema actual de la justicia, tan jaqueada, tan cuestionada, sin duda alimentada por los fermentos del complejo contexto político social donde se inscribe, y con la esperanza de que en esos fermentos se multipliquen los anticuerpos que puedan depurarla. (c) LA GACETA
NOTA:
Herrera Puga, P. (1971) Sociedad y delincuencia en el Siglo de Oro, Universidad de Granada.
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