Un poema-novela escrito a los 23 años

Por Pablo Anadón.

14 Agosto 2005
En una indefinida fecha del futuro, en un indefinido país del planeta Tierra, por alguna indefinida razón se ha prohibido la procreación, la ternura y la alegría. A pesar de ello, un hombre, el yo de este "poema-novela", "ha puesto madera" en la "casa del vientre" de la mujer amada, y como de tal palo tal astilla, en esa casa ha comenzado a crecer "Maderita". A lo largo de cuatro partes ("Presentimiento de la madera", "Cartas a la madera", "La madera crece: Ella teje. Yo pinto", "Estalla la madera¨), compuestas de 49 poemas en total, se presenta el crecimiento de la criatura, el alborozo y los sueños y las incertidumbres de sus padres en medio de una sociedad hostil, hasta que por fin Maderita sale a la luz, el padre sale a la calle a gritar su alegría y su salida provoca su enjuiciamiento, condena y prisión. Cargos: procreación indebida e indebida felicidad. Por último, el padre muere, agobiado por el castigo: "pintar de gris / todas las cosas y casas / que memorien los antiguos colores" y encargarse personalmente nada menos que de desprestigiar al Sol. Muere el padre ("el último padre" del título), no sin antes dejarle al hijo, a modo de testamento y herencia, su ración de aire, "algo de su oficio": "hacer fabuloso lo pueril", así como el mandato de vivir, a pesar de todo.
El último padre fue escrito por Rodolfo Braceli a los 23 años, y fue publicado por primera vez en 1974. Todo el "poema-novela" tiene el tono de una suerte de cuento para niños, pero que supone en cambio un público de adultos, en especial de adultos con el llanto fácil, quienes pueden deslizarse de la incomodidad a la lágrima y viceversa. Hay mucho en el poema de ingenuidad adolescente y de vaguedad estilística. La expresión de la ternura, que es lo mejor del libro, a menudo se derrama en sentimentalismo: "Y besar. / Besar, besar, besar. / Besar bien adentro ¡más adentro! / Besar sin dejar nada afuera. ¡Ni la muerte! / Besar ¡arrojándose de cabeza en cada beso!".Es cierto que, ante la aridez de piedra pómez de la poesía más difundida últimamente en el país, tal emotividad recuerda al lector los tiempos en que un poema conmovía. La conmoción poética, sin embargo, diríamos que no puede prescindir del encantamiento verbal y de la precisión conceptual e imaginativa, y tales cualidades no abundan en estos textos, que tienden a la generalización borrosa ("En cuanto a la civilización, te diré: / es una actividad como cualquier otra"); a la imagen trillada e hiperbólica ("Altivo, / desmesurado, / saco mi sangre afuera, a la calle. / La muestro. / La enarbolo. / La flameo"); a la sentencia más bien incierta y gratuita: "Nunca / le des / más de dos patadas a tu perro. // Porque no se sabe. / En una de esas tu perro existe. // Recuérdalo: / Dos patadas, sí. // Pero más, no." (¿por qué, puede preguntarse algún lector perplejo, dos patadas, y no tres, o una, o ninguna?).
Se lee en la "Noticia sobre El último padre", que figura como apéndice: "A partir de su publicación, en 1974, se desencadenaron una serie de hechos, algunos inusuales para un libro de poesía: además de las musicalizaciones y traducciones a tres idiomas, hubo tesis doctoral, versiones teatrales y cinematográficas, recitales en universidades norteamericanas donde se incorporó como texto de estudio, etcétera". Se citan asimismo juicios laudatorios de autores como Antonio Di Benedetto, Juan-Jacobo Bajarlía, Héctor Tizón y Raúl Gustavo Aguirre, entre muchos otros. Tal cosecha de elogios, a este lector no deja de sumirlo en el desconcierto. Menciono estos datos para que se perciba la diversidad de pareceres que una misma obra puede suscitar.
El querido poeta Raúl Gustavo Aguirre, por ejemplo, ha afirmado: "Braceli encarna un pensamiento disidente, que puede ser creador y tal vez el anuncio de una importante adquisición espiritual. Esa disidencia que aplaudimos ayer en un Thomas Mann, en un Solzhenitsyn, no vacilemos en aceptarla en nuestra propia casa." Mann, Solzhenitsyn, Braceli...: si el ejercicio de la crítica consiste, entre otras cosas, en justipreciar el valor de las obras, se me ocurre que la yuxtaposición de los tres nombres no es justa, y no favorece ni a Mann, ni a Solzhenitsyn ni al mismo Braceli. Por otra parte, diría que la disidencia requiere, para ser realmente efectiva, una implacable precisión, una puntería infalible, y lo que falla en esta obra, a mi entender, es justamente -además de la pericia estilística- la exactitud en la mira: esa Sociedad que ha proscripto la procreación y la alegría parece demasiado abstracta, demasiado negativa para que reconozcamos en ella más que una entelequia sin lugar en el espacio ni en la historia. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios