Experiencia reconfortante y también dolorosa

Por Carlos Gazzera.

14 Agosto 2005
Entre el 13 de noviembre de 1935 y el 16 de enero de 1936, Roberto Arlt publicó cuarenta y un aguafuertes en el diario El Mundo dedicadas a dar cuenta de sus impresiones de su estadía en las provincias vascas de España. Nunca antes reunidas en libro, Sylvia Saítta se ha encargado de exhumarlas en los archivos del diario y traerlas a nuestro presente. No se trata de un rescate más. Saítta lleva ya un puñado de libros compilados de "aguafuertes", pero este tiene un sabor particular.
De las cuarenta y un aguafuertes no nos sorprende la capacidad arlteana de detectar y de desmontar los mecanismos más sutiles de una comunidad o de una cultura. Eso era lo que sus lectores esperaban de sus columnas diarias. Sus lectores no le hubieran perdonado a Arlt que hubiera sido un turista del siglo XX y no un viajero -quizá el último- del siglo XIX. Arlt posa su lupa en minúsculos detalles que le permiten iluminar los pliegues de una particularidad y relacionarlos con el universo amplio de culturas. Arlt escruta al pueblo vasco con tanta fidelidad que hasta él mismo se reconoce "estupefacto" frente a lo que ve.
El carozo de estos relatos, sin duda, se concentra en dos puntos que nos resultan cruciales a la hora de leer esta compilación de aguafuertes. El primero, el medular, de tipo ideológico, son las descripciones e inferencias que el propio Arlt saca del Movimiento Nacionalista Vasco, antifascista y católico, capaz de concitar una fuerza de representación de masas que al propio Arlt -alguien a quien no era fácil de impresionar- lo deja absorto. Arlt dedica tres sustanciosas notas a este nacionalismo vasco porque se da cuenta de que hay allí algo nuevo, diferente, ininteligible a la mirada externa. De algún modo él parece decirlo cuando escribe que estos diputados que hablan al pueblo de nacionalismo, de religión y movimiento ultramontanos, son capaces de emocionar hasta las lágrimas a los más rudos campesinos, capaces de vivar al Papa y repudiar al fascismo simultáneamente.
Arlt viene de viajar por España, de conocer Africa y también otras regiones de Europa, y traza comparaciones inquietantes, pero se perturba por la violencia separatista: una violencia anti-española, que se apodera de una búsqueda de diferenciación que llega hasta el uso de una cruz esvástica para separar a los creyentes católicos que hablan vasco de quienes no lo hablan.
¡Increíblemente esto pasa en 1935-36, meses antes del estallido de la Guerra Civil Española!
No menos importante es el uso literario que Arlt hará de algunos de los paisajes, personajes e ideología del mundo vasco. Sin más, por ejemplo, al leer las descripciones que Arlt hace de los Altos Hornos vascos, del desarrollo metalúrgico, y del templado del hierro y sus aleaciones de acero -del cual el autor da datos y detalles técnicos finos como los que aportaría un ingeniero metalúrgico-, nos queda claro que en su libreta registró esos aspectos para utilizarlos, por ejemplo, en su obra de teatro La fiesta del hierro (1940).
Leer a Roberto Arlt en esta compilación no deja de ser una experiencia reconfortante y de algún modo dolorosa. Se puede ver de qué modo ha cambiado el periodismo en nuestro país. Qué lejos han quedado aquellas redacciones que les daban cabida a intelectuales como Arlt; qué lejos han quedado aquellas páginas escritas como búsqueda de una comprensión de la vida actual, no como una escatología, pero sí como una forma de pensar la utopía como cohesión social. Qué lejos quedaron los diarios que todas las mañanas nos contaban el mundo visto por ojos de un vecino y no como una operación de hacernos creer que para ser vecinos hay que leer a un desconocido. Arlt sabía que sus aguafuertes conmovían, pero en su libreta de anotaciones se acumulaban esos detalles que luego se volvían proféticos. Esa era la diferencia que sostenía Arlt entre el periodismo y el arte. (c) LA GACETA

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