Thomas Mann y la política

Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

14 Agosto 2005
El viernes pasado se cumplieron cincuenta años de la muerte de Thomas Mann, ocurrida en Suiza. Constituye un lapso razonable para realizar un balance, aunque apretado, de la vida y obra de este escritor alemán. Este nativo de la hanseática Lübeck, con sangre portuguesa en sus venas (la madre, Julie Da Silva-Bruhns había nacido en Brasil), es una de las figuras culminantes de la literatura, no sólo en idioma alemán, de la primera mitad del siglo XX. Con una calidad artística que no fue superada a lo largo de sus ochenta años (había nacido el 6 de junio de 1875) acumuló, fundamentalmente en la narrativa, desde muy temprano, una obra maestra tras otra. Se inició en gran escala con Los Buddenbrooks ya en 1899, que le valió el premio Nobel en 1924, y los hitos principales se titulan La muerte en Venecia, la tetralogía novelística sobre el héroe bíblico José, Carlota en Weimar y, en 1945, el Doktor Faustus, que lo convirtieron, según crítica y lectores, en el maestro indiscutido de la prosa alemana.Medio siglo después de su desaparición ningún narrador en lengua alemana puede arrimársele. Con una dosis indisimulada de orgullo, y hasta vanidad, consideraba, no sin razón, que su papel se confundía con el del mejor espíritu alemán. Y tenía, en este sentido, toda la razón. Sus construcciones en prosa, dotadas de la más alta y lúcida calidad; los temas cruciales abordados; la indagación profunda y sagaz en la psicología de sus personajes; la pertinencia en la ambientación de los lugares y espacios más diversos; la instauración de ideas de envergadura, sin moralina ni sermones de ninguna especie; la defensa de los valores humanos frente a la barbarie, lo ponen a la cabeza de los escritores de su país. Por la influencia que irradió, puede, en cierto aspecto, comparárselo con Joyce y con Proust, aunque su alcance y su trascendencia estén más limitados. Y por el uso de su ironía, que lo autorizaba a proyectar una visión más perspicaz de los hechos, juzgaba los hechos mejor que la mayoría de sus contemporáneos, muchos de los cuales, tampoco debe silenciarse, lo odiaban justamente por lo que hoy consideramos virtudes.
Pero Thomas Mann era un hombre sumamente complejo, integrado por muchas facetas mezcladas o superpuestas, y de ninguna manera lo que hoy puede considerarse un artista puro, incontaminado. Podía ser (y lo era) un patricio burgués, una persona aureolada con todo tipo de honores, un padre de familia establecido, pero de ningún modo un individuo radicalmente apartado de los deseos y reclamos de la sociedad. De esta manera, desde muy temprano se adhirió a un ideario, mientras la mayoría de los autores alemanes solían mirar por la ventanilla.
En este sentido, sus primeras manifestaciones de simpatía se inclinaron por un nacionalismo conservador, que se hacía evidente en la revista humorística "Simpliccissimus", en la que lo acompañó su hermano Heinrich, cinco años mayor, también un escritor de altas dotes. Corresponde tener en cuenta que se estaba en la época de la primera preguerra, que los Mann pertenecían a una familia distinguida asentada en una de las ciudades libres e importantes del Hansa, Lübeck, y que, sobre todo, a partir de la gestión de Bismarck, Alemania se había convertido en épocas del Kaiser Guillermo II en un imperio de primera línea, próspero, seguro y con un gran futuro por delante. La necedad del Kaiser hizo el resto. Los Mann participaban de esa atmósfera y la rubricaban, eran patriotas conservadores y veían en Francia, en el espíritu galo, minado por las fuerzas disolventes de la "razón", al gran enemigo. Francia era portavoz de la "civilización", del elan republicano, a cuyos ideales Heinrich se adhirió muy pronto.
Thomas, en cambio, se hizo partidario acérrimo de la "cultura", que encarnaba en las esencias del mundo alemán. Integridad, honor, responsabilidad, amor a la patria, a su historia, y a los lares, vale decir, un portador de una panoplia del mundo irracional con que se identificaba, lo encuadraban dentro de un marco bien identificado. En ese clima nació, en plena Primera Guerra Mundial, su libro Consideraciones de un apolítico, aparecido en 1915, en el que este supuesto apolítico exponía su ideario monárquico frente a la bandera republicana y democrática que el hermano blandía. Aparte de su sensibilidad extremada, Thomas Mann era dueño de una inteligencia aguda y, en el mejor sentido del término, versátil, a diferencia de tantos hombres de letras que trataban de preservar la pureza de su escritura navegando entre las nubes del espíritu inmaculado, apartando los pies del barro humano, nuestro autor nunca dejó de contemplar y encarar la realidad de las cosas de aquí abajo. En otras palabras, tomó partido. Lo hizo en el grueso ensayo ya citado, desde la perspectiva de la preservación de los ideales de una burguesía acuñada dentro del marco de un programa bismarckiano imperial.
Las circunstancias, sin embargo, la caída del regimen monárquico; la instauración de un sistema republicano, del que la república de Weimar fue un ejemplo imperfecto; la indisimulable derrota y la miseria, rápida y mortalmente difundida, le hicieron dar el viraje. A partir de 1923, la inflación voraz que devoraba las capitales de la nación y las humillaciones provocadas por el tratado de Versailles lo decidieron a apoyar, con todas sus energías intelectuales, que eran vastas y vigorosas, el frágil régimen de Weimar, asediado por escándalos y asesinatos, como también por las luchas diarias que infestaban las calles de las grandes ciudades, Berlín en primer lugar, y que enfrentaban a comunistas con partidarios de la extrema derecha militarista y patriotera, entre los que empezaban a despuntar los nacionalsocialistas, un pequeño partido entonces, a cuyo frente ascendía la estrella populachera del ex cabo Adolfo Hitler. Mientras la inmensa mayoría del pueblo se reía y se burlaba de la marea parda en crecimiento y de su vociferante líder, Thomas Mann fue uno de los pocos intelectuales de primera línea que avizoraron la magnitud del peligro, aun desde la relativamente plácida Munich, donde había fijado, como tantos otros artistas, su residencia. La prensa y bastante más tarde la radio mostraron su imbatible fibra polémica, su aptitud para el combate de las ideas, realzado por una prosa que alcanzaba, por su precisión y su vigor, los límites de la perfección.
Hay que reconocer, sin embargo, que sus llamados de alerta caían en el vacío. Entre tanto, llovían los honores. Era miembro de la sección de Literatura de la Academia Prusiana, junto a otras figuras de prestigio, tal como su propio hermano Heinrich y Gottfried Benn, y el decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Bonn le había otorgado a este alumno mediocre, que no fue capaz de acceder a un título universitario, el de doctor honoris causa, lo que al escritor, a quien la vanidad no le era ajena, lo llenaba de orgullo. Por lo demás, los libros de quien fue uno de los no demasiados autores alemanes contemporáneos difundidos y traducidos a los principales idiomas de Occidente, constituían un acontecimiento desde su misma aparición. Al asumir Hitler el poder, a fines de enero de 1933, Mann, que estaba de gira de conferencias en el extranjero, advirtió con su perspicacia habitual que una época ya había concluido para su patria, y decidió no regresar a Alemania hasta que la situación diera un vuelco favorable. Se convirtió entonces en un exiliado más, transitó varios países de Europa y, finalmente, en 1936, rompió con su país para terminar afincándose en California. Esta residencia en los Estados Unidos se prolongó hasta bien entrada la segunda posguerra. Y en todo este período su lucha contra Hitler se hizo cada vez más intensa mediante tremendos ataques a través de todos los medios de comunicación disponibles.
Se había convertido naturalmente en una voz fundamental en la lucha contra la barbarie, y en el representante por excelencia de una conciencia alimentada por una alta idea moral. Cabe destacar que sus dos hijos mayores, Erika y Klaus, sobre todo la primera, lo incitaron, a partir de 1933, a romper los lazos, editoriales sobre todo, que aún lo vinculaban a Alemania, de lo que da testimonio una correspondencia palpitante entre el progenitor y sus apasionados descendientes intercambiada en septiembre de 1936. En ese entonces publicó, entre sus valiosos ensayos sobre temas diversos, literarios en especial (Chejov, Schiller, Cervantes), sus embestidas contra el despotismo que mancillaba el buen nombre que su patria había sabido adquirir en otros tiempos, como lo testimonian su carta abierta al decano de Filosofía de la Universidad de Bonn, y otro trabajo titulado "Hermano Hitler", hechos que, hay que admitirlo, no cambiaron en ese momento el curso de los sucesos. Terminada la lucha armada, Thomas Mann volvió al terruño, en tanto el cuerpo político de Alemania se había dividido en dos. A Mann la situación le pareció particularmente trágica, y así como había detestado todo lo que oliera a nazismo tampoco lo conformaba, ni mucho menos, la escisión a la que su país se veía sometido. A pesar de la publicación de tantas obras maestras, culminadas con el Doktor Faustus (1945) y otras piezas épicas de indudable valía, su carrera literaria había prácticamente finalizado. Y también su vida, el 12 de agosto de 1955 en Kilchberg, Suiza, a los ochenta años, coda dolorosa para quien se había negado a ser enterrado en su suelo natal. Ahora, como conclusión, y este es un signo de los tiempos, sus libros han venido cayendo en un cono de sombra, una injusticia más para quien supo enaltecer como pocos la mejor literatura del siglo XX. (c) LA GACETA

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