21 Octubre 2002 Seguir en 
"Desde mis más tierna infancia, mi padre, muchas veces, me habló del Pabellón de Oro. Nací al noroeste de Maizuru, en un promontorio solitario que penetra como una cuña en el mar del Japón. Mi padre no era de allí, sino de Shiraku, las afueras al este de Maizuru. Cediendo a vivas instancias, mi padre abrazó al estado de clérigo, y, siendo ya monje, fue encargado de un templo situado sobre una colina perdida. Allí se casó y su mujer le dio un hijo -que soy yo-.
En la cercana aldea del Cabo Nariu no había ningún colegio a propósito para mí, y muy pronto llegó el momento de abandonar el hogar. Me acogió un tío mío, en el país de mi padre, y todos los días recorría a pie el trayecto entre su casa y el colegio del barrio Este de Maizuru.
El país natal de mi padre era una tierra inundada de luz. Sin embargo, todos los años, hacia noviembre o diciembre, incluso en días que amanecían bajo un cielo puro y sin nubes, caían de pronto cuatro o cinco aguaceros. De ahí que mi corazón, mi inestable corazón, sea como esta tierra que lo vio crecer.
En los atardeceres de mayo, desde la casa de mi tío, en la pequeña habitación donde hacía mis deberes, yo contemplaba, frente a mí, las colinas. Bajo los rayos del poniente, sus laderas cubiertas de hojas nuevas parecían mamparas de oro desplegadas en medio de la llanura. Pero lo que yo veía era el Pabellón de Oro. A menudo, en fotografía y en los libros de clase, mis ojos habían contemplado el verdadero Pabellón de Oro. Sin embargo, esta imagen de ahora, la del Templo de Oro de los relatos de mi padre, era la que suplantaba cualquier otra en mi corazón. Lo que mi padre no me había contado del verdadero Pabellón de Oro era que, por ejemplo, resplandecía con mil fulgores dorados. Pero según él no había nada en el mundo que le igualara en belleza: el Pabellón de Oro que se iba grabando en mi mente con el simple sonido de sus palabras, con sólo ver sus letras, tenía para mí algo fabuloso...
Veía a los lejos espejear los arrozales. Es la sombra de oro del Templo invisible, me decía. La garganta de la Sierra de Yoahizaka, donde pasa la frontera entre el distrito de Fukai y nuestro departamento de Kyoto, se encuentra hacia el este; por allí se levanta el sol. Aunque Kyoto se halla en el lado opuesto, lo que yo veía surgir entre las montañas era el Pabellón de Oro, lo veía surgir en medio del sol naciente y proyectarse hacia lo alto del cielo.
De modo que el Pabellón de Oro se me aparecía en todas partes. De él percibía incluso todo aquello que los ojos no podían captar realmete, una gran semejanza con el mar que baña sus orillas. Porque la bahía de Maizuru, en efecto, se halla sólo a legua y media de la aldea de Shiraku, pero una pantalla de colinas no deja ver sus aguas. Siempre había en el aire algo que dejaba adivinar su presencia: a veces la brisa traía el olor del oleaje. Los días de mal tiempo, las gaviotas huyendo de la cólera de aquel venían a posarse en grandes bandadas sobre los arrozales.
Yo era de complexión débil: vencido siempre en las careras atléticas, en la barra fija; y, para colmo, tartamudo, lo cual me llevó a replegarme todavía más en mí mismo. Todos sabían que yo provenía de un templo. Los compañeros más crueles, para burlarse de mí, hacían imitaciones de un monje tartamudo leyendo oraciones".
En la cercana aldea del Cabo Nariu no había ningún colegio a propósito para mí, y muy pronto llegó el momento de abandonar el hogar. Me acogió un tío mío, en el país de mi padre, y todos los días recorría a pie el trayecto entre su casa y el colegio del barrio Este de Maizuru.
El país natal de mi padre era una tierra inundada de luz. Sin embargo, todos los años, hacia noviembre o diciembre, incluso en días que amanecían bajo un cielo puro y sin nubes, caían de pronto cuatro o cinco aguaceros. De ahí que mi corazón, mi inestable corazón, sea como esta tierra que lo vio crecer.
En los atardeceres de mayo, desde la casa de mi tío, en la pequeña habitación donde hacía mis deberes, yo contemplaba, frente a mí, las colinas. Bajo los rayos del poniente, sus laderas cubiertas de hojas nuevas parecían mamparas de oro desplegadas en medio de la llanura. Pero lo que yo veía era el Pabellón de Oro. A menudo, en fotografía y en los libros de clase, mis ojos habían contemplado el verdadero Pabellón de Oro. Sin embargo, esta imagen de ahora, la del Templo de Oro de los relatos de mi padre, era la que suplantaba cualquier otra en mi corazón. Lo que mi padre no me había contado del verdadero Pabellón de Oro era que, por ejemplo, resplandecía con mil fulgores dorados. Pero según él no había nada en el mundo que le igualara en belleza: el Pabellón de Oro que se iba grabando en mi mente con el simple sonido de sus palabras, con sólo ver sus letras, tenía para mí algo fabuloso...
Veía a los lejos espejear los arrozales. Es la sombra de oro del Templo invisible, me decía. La garganta de la Sierra de Yoahizaka, donde pasa la frontera entre el distrito de Fukai y nuestro departamento de Kyoto, se encuentra hacia el este; por allí se levanta el sol. Aunque Kyoto se halla en el lado opuesto, lo que yo veía surgir entre las montañas era el Pabellón de Oro, lo veía surgir en medio del sol naciente y proyectarse hacia lo alto del cielo.
De modo que el Pabellón de Oro se me aparecía en todas partes. De él percibía incluso todo aquello que los ojos no podían captar realmete, una gran semejanza con el mar que baña sus orillas. Porque la bahía de Maizuru, en efecto, se halla sólo a legua y media de la aldea de Shiraku, pero una pantalla de colinas no deja ver sus aguas. Siempre había en el aire algo que dejaba adivinar su presencia: a veces la brisa traía el olor del oleaje. Los días de mal tiempo, las gaviotas huyendo de la cólera de aquel venían a posarse en grandes bandadas sobre los arrozales.
Yo era de complexión débil: vencido siempre en las careras atléticas, en la barra fija; y, para colmo, tartamudo, lo cual me llevó a replegarme todavía más en mí mismo. Todos sabían que yo provenía de un templo. Los compañeros más crueles, para burlarse de mí, hacían imitaciones de un monje tartamudo leyendo oraciones".





