Educación vial

Urge modificar la indisciplina colectiva.

21 Octubre 2002
Es un lugar común decir que los accidentes de tránsito son cada día más graves y frecuentes, y que es penoso advertir el número de vidas humanas que se truncan por esa causa, así como la cuantía de las pérdidas económicas.
Sin duda y, como lo hemos consignado en múltiples ocasiones, hay una serie de medidas correctivas que puede y debe adoptar el Estado, en los diversos niveles, para modificar tal realidad. Existen al respecto leyes y reglamentos que debieran hacerse cumplir estrictamente por parte de los usuarios de calles y carreteras, además de cuidarse el buen estado de las mismas, su adecuada iluminación, su señalización y demás recaudos de seguridad. Pero todo esto debe correr paralelo con una intensa y profunda tarea de educación vial dirigida a toda la comunidad, a fin de que se conozcan las normas de tránsito y se haga carne el hábito de observarlas.
Esto no es de manera alguna una cuestión nueva, y hay legislación también a su respecto. Por los medios de comunicación se desarrollan actualmente campañas educativas tendientes a inculcar prudencia a los conductores, y también se las ha realizado en el pasado, próximo o lejano, a través de organismos como el Automóvil Club Argentino, a través de afiches y de folletería.
El problema es el escaso acatamiento de la población. Esto constituye un punto clave, puesto que es precisamente la población la involucrada específicamente en el problema ya que que todos, guiando vehículos o a pie, somos usuarios de la vía pública. Aun descontado un celoso control policial por parte del Estado (control que no siempre es tan riguroso ni tan extendido como debiera) habría que acudir a estrategias de mayor incidencia y vastedad, respecto de un problema de tanta trascendencia colectiva.
De lo que se trata es de crear hábitos en las personas, para que reemplacen los absolutamente indisciplinados que poseen en este momento. Sería sobreabundante detenerse en los ejemplos que así lo demuestran. Basta asomarse un momento a las calles de la ciudad o a las rutas nacionales y provinciales para comprobar la manera en que se ignoran normas que uno supone conocidas por todos y ampliamente justificadas por razones de seguridad y de orden en el uso de la vía pública.
Lo grave es que tanto se han ignorado tales normas, y ha sido tan floja la vigilancia del Estado, que poco a poco se va esfumando en la conciencia general el hecho de que existen y que deben ser inexorablemente cumplidas. Piénsese, además, que las nuevas generaciones de niños y adolescentes se van formando en un desprecio aún más profundo acerca de dichas regulaciones, dado que no perciben que los adultos las acaten, ni que esa inobservancia desencadene sanción alguna lo suficientemente fuerte y ejemplificadora. Todo ello está revelando, como decimos, la premiosa necesidad de estructurar el hábito comunitario, en una acción que vaya acomodando el comportamiento de la población a las normas vigentes, primero conscientemente y luego como algo automático, que sería el estadio deseable.Cada vez el hombre moderno depende más de los automotores, cuya cantidad crece a un ritmo exponencial. Formar una mentalidad nueva en quienes los conducen, enmarcada por la prudencia y por el respeto a la ley, viene a ser un imperativo cuya importancia es mucho mayor de la que usualmente le atribuimos. Los extranjeros que nos visitan suelen horrorizarse ante las peculiaridades de nuestra conducta en calles y rutas. Es hora, nos parece, de que semejante estado de cosas cambie de raíz. Lograríamos así que los accidentes de tránsito dejen de devorar anualmente tantas vidas, perdidas en circunstancias que una buena educación vial hubiera podido perfectamente evitar. Conviene, repetimos, dedicar atención especial a esta temática.

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