Dan Brown, novelista atrapado en el túnel del tiempo

Por Domingo Cosenza

26 Diciembre 2004
Sobre esta novela contamos con una presentación hecha por su autor (http://www.danbrown.com; versión castellana www.elmundo.es /cronica n. 458, 25/7/2004). Allí el autor declara: "Me hallaba bajo la ciudad del Vaticano recorriendo un túnel llamado Il passetto, un pasaje secreto que utilizaban los primeros papas para escapar si se producía un ataque enemigo. Según el guía que comentaba la visita, uno de los más temidos era una hermandad secreta conocida como los Illuminati (los iluminados), secta formada por algunos de los primeros científicos que habían jurado vengarse por los crímenes cometidos contra científicos como Galileo o Copérnico. Entonces, cuando el guía añadió que muchos historiadores actuales creen que los Illuminati continúan activos hoy en día y que constituyen una de las fuerzas invisibles más poderosas en el ámbito de la política global, supe que estaba atrapado... Tenía que escribir un thriller sobre ellos".
¿De dónde saca la información? Brown responde que hay "cantidad de información confidencial fácilmente disponible si uno sabe dónde escarbar"; consiste simplemente en "hallar la fuente documental adecuada". Pero en el libro falta precisamente eso, porque difícilmente se podría llamar documentación ni información confidencial a una "entretenida visita guiada" (por Sylvia Cavazzini, según la p.9 del libro), o a las "teorías de conspiración" que menciona en la entrevista. Para informarse sobre los iluminados hubiese sido más serio consultar, por ejemplo, el Edicto de la Inquisición Española de 1525, disponible en el Archivo Histórico Nacional de Madrid (Inquisición, lib. 1.299, folios 551r-556v), que advertía sobre la existencia en Toledo de muchas personas que "se juntaban y hacían conventículos particulares secreta y públicamente y algunos se decían alumbrados dejados y perfectos". Pero, por supuesto, esto había sucedido cien años antes de la condena de Galileo (1633), y muy lejos de aquel oscuro túnel que iluminó la imaginación de Brown.
Los iluminados del edicto nada tienen que ver con la ciencia. Mediante 48 proposiciones se condena su misticismo por exagerado y pasivo, ya que excluía el juicio moral sobre las acciones (n.10), y afirmaba la unión inmediata con Dios, con desprecio de la oración vocal, las ceremonias y el culto de las imágenes (n.42; 13-20), hasta caer en el "panteísmo", afirmando que todas las cosas son Dios (n.9). Algo de esto debe haber oído Brown, ya que sostiene que, después del proceso de Galileo, los Iluminati "empezaron a mezclarse con otros grupos de refugiados que escapaban de las purgas católicas -místicos, alquimistas, científicos, ocultistas, musulmanes, judíos". Lo que Brown no parece conocer es que no sólo para los católicos los iluminados han sido una pesadilla. En 1530 Martín Lutero llama espíritus "iluminados" a quienes, malinterpretando el principio paulino de la salvación por la sola fe, enseñan que lo único que hay que hacer es simplemente el mal (cf. Misiva sobre el arte de traducir, en Obras, Salamanca 2001, p.314). En 1537 dice de ellos que "fanfarronean de poseer el Espíritu sin la palabra o antes de ella", y les reprocha que "no se callan: abarrotan al mundo con su palabrería y con sus escritos, como si el Espíritu no pudiera comunicarse a través de la sagrada Escritura". El iluminismo es "el origen de todas las herejías, incluso del papado y de Mahoma" (Artículos de Schmalkalda, en Obras, p.353-354).No se puede negar que muchas veces las religiones son fuente de fanatismo y de violencia, por el carácter sagrado y absoluto con que presentan la verdad y por la intransigencia con que la defienden.
Pero también hay que reconocer que ellas mismas han considerado esas situaciones como un pecado y una contradicción a su mensaje más profundo: "Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia y hasta de violencia en el servicio de la verdad" (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente 35). En el caso Galileo, Juan Pablo II reconoció que "la mayoría de los teólogos no percibía la distinción formal entre la Sagrada Escritura y su interpretación, y ello llevó a trasladar indebidamente al campo de la doctrina de la fe una cuestión que de hecho pertenecía a la investigación científica" (Discurso a la Academia de Ciencias, 31/10/1992).
La posibilidad de conciliar ciencia y religión se insinúa tímidamente en la novela, pero Brown parece más atraído por el paradigma del choque de civilizaciones que por el del encuentro y del diálogo. Tal vez porque, como afirma en su entrevista, quedó "fascinado imaginando aquella hermandad oculta y antirreligiosa escondiéndose en las catacumbas de Roma". Allí Brown quedó "atrapado": pero en el túnel del tiempo. (c) LA GACETA

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