Personajes de todas las literaturas otorgan aéreo material al texto

Por Samuel Schkolnik

26 Diciembre 2004
De las muchas obras publicadas por Fernando Savater (ninguna superflua, todas meritorias, algunas esenciales), la de más gozosa lectura quizá sea esta que comentamos, redactada hace ya un cuarto de siglo.
Las criaturas que dan aéreo material al libro son en su mayoría personajes de la literatura -de toda clase de literatura- evocados según la figura que dejaron en la memoria de un Savater treintañero, y pasados por el tamiz de una singularísima interpretación.
He aquí algunos de esos personajes: Sherlock Holmes, Tarzán, Fu-Manchú, Drácula, Tartufo, Ulises, Dulcinea, mister Hyde, Phileas Fogg, Mefistófeles, Simbad, Job, el padre Brown, el Hombre Invisible, Nerón, la Bella Durmiente, Gulliver, Fernando Savater.
Quien firma estas líneas ha percibido, en primer término, que el habla de esos personajes (porque el hacerlos hablar es el procedimiento elegido por el autor para evocarlos) se corresponde nítidamente con la identidad de los personajes "originales"; en segundo término, ha notado no obstante un "corrimiento" respecto de la imagen "auténtica"; en tercer término, que esa diferencia aparenta en algunos casos invertir por completo la identidad que una lectura desprevenida adjudica al personaje, y en último término que tales transformaciones, leves o graves, son sin embargo perfectamente creíbles, porque todas emergen del campo de posibilidades del que fue extraída la primera versión, la que resulta así confirmada de un modo tan paradójico como indudable.
El suscripto ha enumerado sucesivamente unas instancias de lectura que en verdad ha experimentado simultáneamente; de esa simultaneidad procede buena parte del gusto con que ha leído este libro.
Sobre cada una de sus páginas, por otra parte, se cierne la sombra tutelar de Borges; se la advierte en numerosos ítems léxicos, pero también en algunos tópicos de fondo. Dicho sea esto no en menoscabo de la originalidad de Savater, porque si así fuera dicho, se habría demostrado no haber entendido ni a Savater, ni a Borges. (c) LA GACETA

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