Escritores recordados con gratitud y con alegría

Por Carlos Paez de la Torre (h)

26 Diciembre 2004
María Esther Vázquez tuvo el privilegio de estar cerca y de ser amiga de grandes escritores argentinos. En este libro, narra esa experiencia como testigo. "Cuento momentos de los que se fueron, como los vi, repito lo que decían. Recuerdo con agradecimiento y afecto; en especial, recuerdo con alegría. Y lo hago antes de que las imágenes, abandonadas a su ceniza, se diluyan en el polvo", advierte al empezar.
Varios son los personajes que caminan por sus páginas. El mayor espacio se destina a Jorge Luis Borges, a la pareja Adolfo Bioy Casares-Silvina Ocampo, y a Manuel Mujica Láinez, pero también se ocupa de otros. De José Edmundo Clemente, a quien considera "el gran olvidado" en la inauguración de la nueva Biblioteca Nacional, ya que para que se iniciara esa obra debió lidiar con 31 sucesivos ministros de Educación. De Eduardo Mallea, distinguido por "un modo de ser entrañable y cortés", y que "tenía el don, pocos lo tienen, de saber escuchar". Del "muy inteligente y difícil" poeta Alberto Girri.
Habla de H.A. Murena, creador sumido en un "clima de desolación interior, de vacío existencial y angustia intelectual". De la encantadora Sara Gallardo, a quien desea que "del otro lado del umbral, en el país del humo que a todos nos espera, haya encontrado la felicidad", que merecía. De Silvina Bullrich, "una gozadora de la vida" que "se entregó con ávida alegría a sus placeres, con voluntad de hierro al trabajo y con pudor a las desdichas". De Beatriz Guido, con "su fantasiosa exhuberancia, sus desbordes, sus invenciones". De Martha Lynch, quien prefirió el suicidio antes que soportar el paso de los años, y así.
En cuanto a Borges, sin duda MEV fue una de sus entrañables amigas (lo que le permitió escribir, en 1996, la excelente biografía Borges. Esplendor y derrota). "Con Borges recorrí la gran literatura y su clara amistad fue un gran apoyo para mí", dice. No habla de los libros -en la medida en que es posible separar la vida del autor de El Aleph de la literatura- sino del hombre a cuyo lado estuvo tanto tiempo, en la Biblioteca Nacional, en el viaje a Europa, en las audiciones de Radio Municipal, en los trabajos comunes, en la comunicación de todos los días. Son páginas cargadas de anécdotas, de detalles conmovedores, graciosos o sorprendentes.
Una infinita ternura irradia el largo tramo dedicado a Adolfo Bioy Casares y a Silvina Ocampo. Empieza cuando entra a la casa de los Bioy, después de muertos ambos, y la invade una oleada de recuerdos. Hábitos, peculiaridades, anécdotas de la vida cotidiana, componen un retrato inolvidable de la pareja de escritores, de la relación entre ellos ( "un vínculo de hierro, una trabazón obsesiva y enfermiza", donde "no se sabía quién dependía de quién"), y de su difusa conexión con el mundo. La mirada sobre Silvina Ocampo es llena de cariño pero penetrante, e ilustra como pocas acerca de esa existencia tan difícil de captar. Registra, por ejemplo, aquellos comentarios desconcertantes que la escritora lanzaba, de pronto. "Vos sí podés mirarte al espejo, porque todavía no has llorado demasiado", musitó una vez cuando MEV retocaba su maquillaje. "Espero que todo lo terrible resulte maravilloso, y que lo maravilloso se contente con serlo", fue su voto en un Año Nuevo. Mirando las semillas que relucían en un frasco, dijo: "Son muy lindas porque son como las promesas; uno sabe que no se cumplirán"....
De Manuel Mujica Láinez se ocupa también, largamente y con mucho afecto. "Vivió la vida como una fiesta, sin desatender los deberes que tomó sobre sí", juzga MEV. Cuenta muchos episodios amenos o picantes de "Manucho" (el faux pas del discurso sobre la Fundación Dupuytren, el encuentro con Gabriela Mistral en 1945, el intercambio de estocadas con Silvina Bullrich en el "Arcobaleno" de Punta del Este, por ejemplo). Hace resaltar el coraje civil de Mujica Láinez, quien "era simpático, tenía Fe y siempre gozó la alegría de sentirse en el mundo y ser quien era".
Todo lo que recuerda MEV está cargado de afecto, pero escribe con independencia, sin orillar la pincelada desfavorable cuando le parece pertinente. Por ejemplo, apunta que Borges nunca reconoció que debía a Clemente la edición de sus obras completas. O que Girri "no aceptaba ni siquiera la sombra de una crítica" sobre su poesía: hasta era capaz de romper una amistad por esa causa. O que Murena tenía, en general, una conducta "bastante desagradable". O que el libro póstumo de Bioy Casares, Descanso de caminantes, le parece "lamentable".
Cargado de interés, de encanto y de suave melancolía, La memoria de los días es un noble tributo a la amistad y tiene un enorme valor testimonial. (c) LA GACETA

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