Antes de que suene el despertador

Para LA GACETA - PINAMAR (Bs. As.)

26 Diciembre 2004
El presidente Néstor Kirchner tiene sus motivos para sentirse conforme con el año que está por despedirse con fiestas que, tal y como están las cosas, parecen destinadas a ser por lo menos las más dispendiosas que el país haya celebrado desde que la convertibilidad empezaba a desmoronarse. Por ahora cuando menos, el santacruceño domina el escenario. Vio consolidarse su liderazgo hasta tal punto que ya no sólo se habla de su reelección sino también de la posibilidad de que cuando su mandato llegue a su fin lo suceda en la Casa Rosada su mujer, la senadora Cristina Fernández.
Tanto optimismo de su parte no parece absurdo. La oposición está tan fragmentada y desorientada como siempre: sus representantes más eminentes pueden criticarlo con acritud, pero lo que no saben hacer es crear una alternativa que sea políticamente viable. Además, en lo que va de la gestión de Kirchner, la economía no ha experimentado ningún barquinazo. Antes bien, ha crecido a un ritmo que le ha permitido acercarse a los niveles alcanzados en los años noventa. Es verdad que en las semanas últimas han surgido algunas dificultades con los gremios, pero como los voceros oficiales nos han explicado se han debido al deseo muy natural de los obreros de tener su parte de una torta que está haciéndose más grande por momentos. En cuanto a la deuda la mayoría parece suponerla un problema de los acreedores, no de Kirchner, ni de la Argentina.
Aunque es común oír decir que el éxito del Presidente equivale al éxito del país, de suerte que es deber de todos confiar en la buena estrella del mandatario de turno, el que a tres años de una convulsión catastrófica los más se manifiesten conformes con la gestión de un hombre que se enorgullece de su negativa terca a impulsar cambios drásticos, es de por sí preocupante. Mientras que en Estados Unidos, en la Unión Europea y en el Japón gobernantes y opositores insisten en la necesidad de tomar medidas fuertes para hacer frente a los desafíos planteados por la evolución vertiginosa de la tecnología y por los avances espectaculares de países superpoblados como China y la India, en la Argentina parece que el consenso es que sería derrotista dejarse impresionar por lo que está sucediendo fronteras afuera. ¿Reformas estructurales? Hay que luchar contra las presiones del FMI y del G-7 que, al fin y al cabo, sólo están pensando en los intereses de los banqueros.
Al terminar 2004, pues, la Argentina sigue dormida, ensimismada, hechizada por sus propios sueños y por la nostalgia que sienten sus dirigentes por recuerdos vagos de un pasado que les fue menos exigente, mientras que en otras partes del mundo están en marcha transformaciones profundas que determinarán el destino tanto de los individuos como de pueblos enteros. Mal que bien, el planeta está haciéndose cada vez más "competitivo" y no habrá premios para quienes traten de borrarse de la lista de participantes: como millones de argentinos de clase media ya saben, los que por los motivos que fueran no logran encontrar un nicho se depauperarán.
Lo que es más ominoso aún es que sean precisamente las sociedades más reacias a cambiar las que para mantenerse en carrera tendrían que llevar a cabo las reformas más traumáticas. Con cada año que transcurre, las asignaturas pendientes se vuelven más arduas, de ahí la popularidad de un presidente que ha elegido minimizar su importancia como si fuera un profesor universitario resuelto a congraciarse con sus alumnos asegurándoles que a él también le parecen inútiles los exámenes.
Con todo, 2004 nos trajo por lo menos una novedad trascendente: el inicio de la relación "estratégica" con China. Por lo pronto, sólo se trata de palabras, proyectos y declaraciones rimbombantes, pero es probable que en los primeros meses de 2005 dicha relación asuma formas tan concretas que el Gobierno se vea forzado a repensar una política económica que se basa en la idea de que el camino hacia la prosperidad equitativa haya de pasar por una moneda subvaluada, la protección de la industria local contra las invasiones extranjeras y la negativa a honrar las deudas o a respetar los acuerdos.
A cambio de inversiones y de la compra de productos como la soja, los chinos no podrán sino querer vendernos grandes cantidades de bienes textiles, juguetes, equipos electrónicos, etcétera, lo que supondrá la muerte de muchos de los "productivos" bonaerenses que, no por casualidad, conforman el núcleo duro del duhaldismo que a su vez sigue siendo el garante político principal del gobierno de Kirchner. Así las cosas, es de prever que en 2005 el santacruceño se vea constreñido a optar entre la apertura presupuesta por su alianza personal con China y la ratificación del cierre que es esencial para la supervivencia de los grupos más favorecidos por Roberto Lavagna y Eduardo Duhalde. Es un dilema que Kirchner preferiría no tener que enfrentar, pero ni a él ni al país les será dado continuar mucho tiempo más tratando de oír misa y andar en la procesión.
¿Sonará el despertador en 2005? Aunque la elite política -la segunda más corrupta del mundo, según nos informó hace poco Transparencia Internacional- quisiera que el país quedara inmovilizado hasta las calendas griegas por temor a que se reanude la rebelión de los que tres años atrás gritaban "que se vayan todos", no hay por qué suponer que pueda prolongarse indefinidamente la tranquilidad que ha caracterizado el primer año y medio de la presidencia de Kirchner. Desde hace mucho tiempo, la Argentina ha alternado períodos en los que intenta adaptarse a las circunstancias internacionales abriéndose, con otros de repliegue, cuando los convencidos de que las dificultades son excesivas llevan la voz cantante y acusan a sus adversarios de estar al servicio de intereses foráneos malignos.A partir de diciembre de 2001, estos, liderados coyunturalmente por Duhalde y por Kirchner, han aprovechado al máximo la oportunidad que les brindó el desplome catastrófico de la economía, y con ella de buena parte de la clase media, pero sólo se trata de una fase de un ciclo que ya nos es familiar. Además de los "aprietes" de los países ricos y de los pobres pero vigorosos, como Brasil y, sobre todo, China, los defensores del statu quo tendrán que habérselas con los muchos que aspiran a disfrutar de los beneficios que sólo pueden encontrarse en los países capitalistas modernos. De modificarse, como se prevén, las condiciones internacionales, no tardará en agotar sus posibilidades el "modelo" proteccionista, de salarios bajísimos, que se improvisó luego de que el gobierno de Fernando de la Rúa fue barrido por los peronistas del conurbano bonaerense. En tal caso, se desatarían nuevos episodios políticos que acaso resultarían tan dramáticos como los que acompañaron el regreso estrepitoso de quienes actualmente están en el poder. (c) LA GACETA

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