19 Diciembre 2004 Seguir en 

En alguna parte de su obra (cito de memoria), el poeta Pablo Neruda dijo refiriéndose a los conquistadores españoles: "Se llevaron el oro y la plata, se llevaron todas las riquezas, pero nos dejaron otro tesoro inagotable, el idioma castellano".
Si bien el castellano fue impuesto por la espada de los soldados y la predicación de los sacerdotes desde que nació en un lejano y humilde monasterio llamado San Millán, en los albores de la Edad Media, hasta las Filipinas y Cuba, cuando el derrumbe del imperio donde jamás se ponía el sol, comenzó a servir de aglutinante de una cultura huérfana ya del esqueleto político.Atacado por todos los costados, el castellano soportó los embates interiores y exteriores. Desde el interior, por la permanencia de las lenguas indígenas que se negaban a morir tanto dentro de la península española, como las de ultramar, hasta donde habían llegado los conquistadores.
En 1492, cuando los reyes católicos expulsaron a los judíos de España, los exiliados se llevaron el castellano prerrenacentista, el idioma de "La Celestina", llamado ladino, que hoy se habla en Holanda, en el norte de Africa, en Grecia y en Turquía, donde quiera que haya una comunidad sefardita, aunque mechado con palabras árabes, turcas y griegas.
Girones de nuestra lengua quedan en las lejanas y antiguas colonias castellanas como el "chabacano" en Filipinas y el "espanglish" en los Estados periféricos a México y el Caribe como California, Texas, Arizona, Nuevo México, Florida y Nueva York.
El ataque exterior vino y proviene del inglés, cuando el imperio británico, primero, y sus descendientes después, se apoderaron de territorios donde se hablaba el castellano y trataron de imponer su lengua a los vencidos.Ahora, con la globalización, el inglés trata de colarse a través de los grandes medios informativos de masa como el cine, la radio, la televisión y más recientemente "internet" (más bien "la red interna"). Pero la sociedad habladora castellana, que todo lo fagocita y digiere, así como castellanizó palabras indígenas provenientes de sus colonias, está castellanizando los términos tecnológicos modernos, algunos en forma muy graciosa como es el caso del "E-mail" (correo electrónico) a quien los españoles han rebautizado como el "Emilio".
El castellano se habla cada vez más en el mundo, aun en regiones cuyas lenguas parecían que lo aplastarían con el tiempo. De un idioma vergonzante, de una especie de dialecto de entrecasa, en los Estados Unidos, los llamados "hispanos", es decir los que hablan castellano, han adquirido su carta de nobleza y de ciudadanía, gracias a la fidelidad de los hablantes portorriqueños, mexicanos y cubanos, que cada vez son más en el país del Norte, para espanto del ensayista Samuel Huntington. Y es gracias a esa fidelidad que en el país del Tío Sam, a mediados del siglo actual, el castellano será la segunda lengua y hoy las grandes empresas y elevados estamentos del Estado se pueblan de ejecutivos y políticos que hablan castellano. Con el peligro, para el señor Huntington, de que en algunos Estados el castellano sea declarado lengua oficial a la par del inglés.
La lengua castellana escrita, en los primitivos pergaminos de Per Abad (Cantar del Mio Cid), de Gonzalo de Berceo (Los milagros de Nuestra Señora) o del Arcipreste de Hita (El libro del Buen Amor), primero, y luego, con la invención de la imprenta, contribuyó a fijar el idioma convirtiéndolo en una verdadera lengua y salvándolo así de la frágil oralidad de los dialectos derivados del latín. Con Nebrija, en el Pórtico del Renacimiento, aparecieron las primeras reglas, tarea que culminó con la creación en el siglo XVIII de la Real Academia Española cuyo Mote, Limpia, fija y da esplendor, explica su labor y su destino. Desde 1714 la institución ha sido y es la testigo de la riqueza y la evolución del castellano.
Desgraciadamente en el siglo XVIII comienza la decadencia no sólo política sino cultural de España. El 1700 es el siglo de aburridos fabulistas (Samaniego) y el XIX, el de los románticos, tan estruendosos como vacíos. Las causas de esta decadencia son múltiples; entre ellas, la pérdida de su imperio colonial y las guerras civiles: las dos guerras carlistas en el siglo XIX y la más reciente, de 1936 a 1939, que condujo a la larga y esterilizante dictadura de Franco, decadencia denunciada por la llamada "Generación del 98" (Unamuno, Valle Inclán, Baroja y Azorin, entre otros).
Pero el renacimiento no vino del epicentro lingüístico. La sangre nueva vino de América, con la revolución del "modernismo", cuyo sumo sacerdote, Rubén Darío, había nacido precisamente en Nicaragua.
En el siglo XX, muertos o expatriados los miembros de la llamada "Generación del 27" (García Lorca, Hernández, Alberti, Salinas, Cernuda y otros), desde América se levanta no sólo la voz avasalladora y profunda de un Pablo Neruda sino la de otros reformadores de la poesía castellana (Vallejo, Huidobro). La prosa castellana renace con fuerza en estas latitudes indianas. Primero con Borges.
Luego con los novelistas del llamado "¡boom!", cuya figura máxima es, sin lugar a duda, Gabriel García Márquez.
El castellano crece rápidamente y se enriquece, década tras década. Castilla ya no es su epicentro; sólo fue su cuna. Ahora hay múltiples epicentros que han suavizado la lengua, la han hecho más cantarina e imagée, más llena de imágenes, como dicen los franceses. Pronto seremos 400 millones los que parloteemos y escribamos el idioma de Cervantes. Lo que no pudo la espada, la religión o la política, lo ha conseguido un idioma: la unidad que no tiene frontera porque, como la hiedra, seduce y se mete por los intersticios de otros territorios lingüísticos. Se cumplirá así el apotegma orgulloso de Carlos V: "en los dominios del castellano no se pone el sol". (c) LA GACETA
Si bien el castellano fue impuesto por la espada de los soldados y la predicación de los sacerdotes desde que nació en un lejano y humilde monasterio llamado San Millán, en los albores de la Edad Media, hasta las Filipinas y Cuba, cuando el derrumbe del imperio donde jamás se ponía el sol, comenzó a servir de aglutinante de una cultura huérfana ya del esqueleto político.Atacado por todos los costados, el castellano soportó los embates interiores y exteriores. Desde el interior, por la permanencia de las lenguas indígenas que se negaban a morir tanto dentro de la península española, como las de ultramar, hasta donde habían llegado los conquistadores.
En 1492, cuando los reyes católicos expulsaron a los judíos de España, los exiliados se llevaron el castellano prerrenacentista, el idioma de "La Celestina", llamado ladino, que hoy se habla en Holanda, en el norte de Africa, en Grecia y en Turquía, donde quiera que haya una comunidad sefardita, aunque mechado con palabras árabes, turcas y griegas.
Girones de nuestra lengua quedan en las lejanas y antiguas colonias castellanas como el "chabacano" en Filipinas y el "espanglish" en los Estados periféricos a México y el Caribe como California, Texas, Arizona, Nuevo México, Florida y Nueva York.
El ataque exterior vino y proviene del inglés, cuando el imperio británico, primero, y sus descendientes después, se apoderaron de territorios donde se hablaba el castellano y trataron de imponer su lengua a los vencidos.Ahora, con la globalización, el inglés trata de colarse a través de los grandes medios informativos de masa como el cine, la radio, la televisión y más recientemente "internet" (más bien "la red interna"). Pero la sociedad habladora castellana, que todo lo fagocita y digiere, así como castellanizó palabras indígenas provenientes de sus colonias, está castellanizando los términos tecnológicos modernos, algunos en forma muy graciosa como es el caso del "E-mail" (correo electrónico) a quien los españoles han rebautizado como el "Emilio".
El castellano se habla cada vez más en el mundo, aun en regiones cuyas lenguas parecían que lo aplastarían con el tiempo. De un idioma vergonzante, de una especie de dialecto de entrecasa, en los Estados Unidos, los llamados "hispanos", es decir los que hablan castellano, han adquirido su carta de nobleza y de ciudadanía, gracias a la fidelidad de los hablantes portorriqueños, mexicanos y cubanos, que cada vez son más en el país del Norte, para espanto del ensayista Samuel Huntington. Y es gracias a esa fidelidad que en el país del Tío Sam, a mediados del siglo actual, el castellano será la segunda lengua y hoy las grandes empresas y elevados estamentos del Estado se pueblan de ejecutivos y políticos que hablan castellano. Con el peligro, para el señor Huntington, de que en algunos Estados el castellano sea declarado lengua oficial a la par del inglés.
La lengua castellana escrita, en los primitivos pergaminos de Per Abad (Cantar del Mio Cid), de Gonzalo de Berceo (Los milagros de Nuestra Señora) o del Arcipreste de Hita (El libro del Buen Amor), primero, y luego, con la invención de la imprenta, contribuyó a fijar el idioma convirtiéndolo en una verdadera lengua y salvándolo así de la frágil oralidad de los dialectos derivados del latín. Con Nebrija, en el Pórtico del Renacimiento, aparecieron las primeras reglas, tarea que culminó con la creación en el siglo XVIII de la Real Academia Española cuyo Mote, Limpia, fija y da esplendor, explica su labor y su destino. Desde 1714 la institución ha sido y es la testigo de la riqueza y la evolución del castellano.
Desgraciadamente en el siglo XVIII comienza la decadencia no sólo política sino cultural de España. El 1700 es el siglo de aburridos fabulistas (Samaniego) y el XIX, el de los románticos, tan estruendosos como vacíos. Las causas de esta decadencia son múltiples; entre ellas, la pérdida de su imperio colonial y las guerras civiles: las dos guerras carlistas en el siglo XIX y la más reciente, de 1936 a 1939, que condujo a la larga y esterilizante dictadura de Franco, decadencia denunciada por la llamada "Generación del 98" (Unamuno, Valle Inclán, Baroja y Azorin, entre otros).
Pero el renacimiento no vino del epicentro lingüístico. La sangre nueva vino de América, con la revolución del "modernismo", cuyo sumo sacerdote, Rubén Darío, había nacido precisamente en Nicaragua.
En el siglo XX, muertos o expatriados los miembros de la llamada "Generación del 27" (García Lorca, Hernández, Alberti, Salinas, Cernuda y otros), desde América se levanta no sólo la voz avasalladora y profunda de un Pablo Neruda sino la de otros reformadores de la poesía castellana (Vallejo, Huidobro). La prosa castellana renace con fuerza en estas latitudes indianas. Primero con Borges.
Luego con los novelistas del llamado "¡boom!", cuya figura máxima es, sin lugar a duda, Gabriel García Márquez.
El castellano crece rápidamente y se enriquece, década tras década. Castilla ya no es su epicentro; sólo fue su cuna. Ahora hay múltiples epicentros que han suavizado la lengua, la han hecho más cantarina e imagée, más llena de imágenes, como dicen los franceses. Pronto seremos 400 millones los que parloteemos y escribamos el idioma de Cervantes. Lo que no pudo la espada, la religión o la política, lo ha conseguido un idioma: la unidad que no tiene frontera porque, como la hiedra, seduce y se mete por los intersticios de otros territorios lingüísticos. Se cumplirá así el apotegma orgulloso de Carlos V: "en los dominios del castellano no se pone el sol". (c) LA GACETA
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