19 Diciembre 2004 Seguir en 

La noción de "resiliencia" proviene de la Física y se refiere a la resistencia de los materiales. Aplicada al ámbito de las ciencias sociales, tiene que ver con la posibilidad de los seres humanos de reaccionar ante situaciones traumáticas: pérdida de un ser querido, aparición de una enfermedad incurable, estallido de una guerra, desastres naturales, etcétera. Pero aquí aparece una diferencia fundamental: la subjetividad en la que no rige una causalidad lineal, puesto que un mismo hecho puede provocar reacciones diversas en distintos seres humanos. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que dos personas de una misma familia, educadas en un mismo entorno social, reaccionen de una forma completamente distinta ante un mismo hecho?
Estas cuestiones interesan a diversas disciplinas: psicología, psicoanálisis, antropología, sociología, filosofía, medicina, enfermería y también a la religión. Emiliano Galende se pregunta si la resiliencia es una nueva disciplina, y responde: "Quizás más bien una nueva mirada sobre viejos problemas del hombre". (p. 24). Esta nueva mirada debe tener en cuenta la subjetividad, el azar y específicamente el tema de los valores. Aldo Melillo dice: "La resiliencia se define como la capacidad de los seres humanos de superar los efectos de una adversidad a la que están sometidos e, incluso, de salir fortalecidos de la situación". (p. 63)
No es esta la única definición de resiliencia; casi todos los autores de los trabajos compilados en este libro la ensayan y, en general, coinciden en señalar que no se trata de una actitud pasiva de resignación, sino de un cambio que significa el descubrimiento de nuevos valores, una nueva actitud ante la vida, más creativa y solidaria. De esta manera, la resiliencia preserva la salud mental del sujeto, pero este no está solo. La presencia del otro es necesaria. El amor, la amistad, el compañerismo, ayudan a fortalecer el yo, y le dan la posibilidad de encontrar nuevos sentidos en su existencia. El dolor no desaparece, pero la reflexión y las acciones que le siguen pueden producir una nueva inserción en el mundo.
El ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo muestra cómo es posible que, en una situación adversa, puede producirse una acción cuya resonancia trasciende los límites de un país y se enfrenta a una dictadura reclamando justicia. Acciones de este tipo no sólo pueden despertar la conciencia de los otros, sino que también dan a sus autoras nuevos sentimientos de eficacia y compañerismo. La necesidad de resiliencia no sólo puede afectar a un individuo, sino también a todo un complejo social. Es lo que ocurre cuando se vive bajo un gobierno autocrático, que coarta la libertad de los ciudadanos y penaliza toda oposición.
También eso puede ocurrir en un país en crisis, donde se dan simultáneamente la miseria y la desocupación, la inseguridad y el aumento de la violencia delictiva, la corrupción y el olvido de la ética; donde se agranda la diferencia entre pobres y ricos; donde reinan la desconfianza y el desánimo. Todo eso ocurre en la Argentina actual. Pero, al mismo tiempo, podemos comprobar que en el ámbito cultural hay más pintores, escritores, escultores, actores, músicos, bailarines y cineastas, cursos y conferencias. Hasta en los lugares más improbables, nos encontramos con exposiciones de pintura, de grabados y de fotografías; conjuntos musicales y academias de todo tipo de danzas. Sin abrir juicio sobre los niveles artísticos de todas esas manifestaciones, me pregunto si no es que, inconscientemente, los argentinos practicamos la resiliencia.
En el libro hay también secciones dedicadas a los ciclos de la vida, especialmente a los problemas de la adolescencia y al envejecimiento, etapas donde el sujeto sufre grandes cambios no sólo en su cuerpo, sino también en el contexto de la familia y de la sociedad. La parte final del libro está dedicada a la relación entre resiliencia y educación. Entre las colaboraciones, quisiera destacar por su importancia las de Stefan Vanistendael y Jacques Lecomte sobre "Resiliencia y sentido de vida". (c) LA GACETA
Estas cuestiones interesan a diversas disciplinas: psicología, psicoanálisis, antropología, sociología, filosofía, medicina, enfermería y también a la religión. Emiliano Galende se pregunta si la resiliencia es una nueva disciplina, y responde: "Quizás más bien una nueva mirada sobre viejos problemas del hombre". (p. 24). Esta nueva mirada debe tener en cuenta la subjetividad, el azar y específicamente el tema de los valores. Aldo Melillo dice: "La resiliencia se define como la capacidad de los seres humanos de superar los efectos de una adversidad a la que están sometidos e, incluso, de salir fortalecidos de la situación". (p. 63)
No es esta la única definición de resiliencia; casi todos los autores de los trabajos compilados en este libro la ensayan y, en general, coinciden en señalar que no se trata de una actitud pasiva de resignación, sino de un cambio que significa el descubrimiento de nuevos valores, una nueva actitud ante la vida, más creativa y solidaria. De esta manera, la resiliencia preserva la salud mental del sujeto, pero este no está solo. La presencia del otro es necesaria. El amor, la amistad, el compañerismo, ayudan a fortalecer el yo, y le dan la posibilidad de encontrar nuevos sentidos en su existencia. El dolor no desaparece, pero la reflexión y las acciones que le siguen pueden producir una nueva inserción en el mundo.
El ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo muestra cómo es posible que, en una situación adversa, puede producirse una acción cuya resonancia trasciende los límites de un país y se enfrenta a una dictadura reclamando justicia. Acciones de este tipo no sólo pueden despertar la conciencia de los otros, sino que también dan a sus autoras nuevos sentimientos de eficacia y compañerismo. La necesidad de resiliencia no sólo puede afectar a un individuo, sino también a todo un complejo social. Es lo que ocurre cuando se vive bajo un gobierno autocrático, que coarta la libertad de los ciudadanos y penaliza toda oposición.
También eso puede ocurrir en un país en crisis, donde se dan simultáneamente la miseria y la desocupación, la inseguridad y el aumento de la violencia delictiva, la corrupción y el olvido de la ética; donde se agranda la diferencia entre pobres y ricos; donde reinan la desconfianza y el desánimo. Todo eso ocurre en la Argentina actual. Pero, al mismo tiempo, podemos comprobar que en el ámbito cultural hay más pintores, escritores, escultores, actores, músicos, bailarines y cineastas, cursos y conferencias. Hasta en los lugares más improbables, nos encontramos con exposiciones de pintura, de grabados y de fotografías; conjuntos musicales y academias de todo tipo de danzas. Sin abrir juicio sobre los niveles artísticos de todas esas manifestaciones, me pregunto si no es que, inconscientemente, los argentinos practicamos la resiliencia.
En el libro hay también secciones dedicadas a los ciclos de la vida, especialmente a los problemas de la adolescencia y al envejecimiento, etapas donde el sujeto sufre grandes cambios no sólo en su cuerpo, sino también en el contexto de la familia y de la sociedad. La parte final del libro está dedicada a la relación entre resiliencia y educación. Entre las colaboraciones, quisiera destacar por su importancia las de Stefan Vanistendael y Jacques Lecomte sobre "Resiliencia y sentido de vida". (c) LA GACETA
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