Alrededores de La Carpa (Raúl Galán)

Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

19 Diciembre 2004
Lo recuerdo como a un hombre serio, formal, dueño de una voz grave, casi operística, que recibió algún homenaje por sus modulaciones: se dice que el "Poema para tu voz", de María Adela Agudo, está dedicado a esa voz con que Galán recitaba al modo antiguo sus poemas. El conocimiento que tuve de él fue distante y ocasional, y no pudo ser de otro modo considerando la diferencia de edad y su muerte prematura, a los 49 años, cuando yo tenía 20. Fue un trato indirecto: él era amigo de Raúl Aráoz y de Manuel Castilla, y precisamente estas amistades lo llevaron alguna vez a leer sus poemas en Salta, donde lo conocí; y también recuerdo la conmoción que causó la noticia de su muerte, cuando el auto en que viajaba desde Buenos Aires a Jujuy se salió del camino en Baradero y dio varias vueltas: sus amigos de Salta fueron a Jujuy, a esperarlo, y Castilla leyó un poema en el cementerio. La poesía de Galán pertenece a mi época de muchacho, cuando la transmisión oral era habitual en las reuniones de poetas: todos sabíamos de memoria poemas propios y ajenos, y entre sonetos de Quevedo, liras de San Juan de la Cruz o coplas anónimas, caía siempre algo de Raúl Galán.
Es difícil mencionarlo sin que aparezca La Carpa: fue su artífice. Y es más difícil aún decir algo que suene original sobre este movimiento que, con toda justicia, ha merecido estudios, simposios, revistas, trabajos individuales y de conjunto, y que figura en planes de estudios específicos en el norte. Sin embargo, quisiera destacar un par de cosas que no tienen que ver con lo literario sino con lo funcional.
En primer lugar, ese grupo señala el único momento en que un conjunto de escritores sintió que formaba parte de una generación que abarcaba el Noroeste. Esto no ha ocurrido ni antes ni después; y entiendo que, salvo en Buenos Aires, la conciencia de pertenecer a una promoción que abarque toda una región no ha ocurrido nunca en ninguna otra zona del país.
Está difundida la sensación de que las generaciones literarias se suceden por el mero paso del tiempo y que aparecen fatalmente, como los hongos después de la lluvia, cuando lo que ocurre en realidad es que, aun contando con lo irremediable (el paso del tiempo), hay que armarlas para que existan: darles forma, límites temporales y, lógicamente, contenidos. Lo más habitual es que, cada tanto, los estudiosos analicen lo que ha sucedido hace algunos años y saquen conclusiones sobre los elementos comunes de un grupo o período. Pero ya es menos frecuente que una generación se invente a sí misma, que ella forme parte de su propia reflexión teórica y que, finalmente, lo que diga de sí sea cierto. Esto ocurrió, por ejemplo, con la generación española del 27, con la rioplatense de la revista Martín Fierro y, en general, con las vanguardias, siempre pendientes de sus propias diferencias. El grupo La Carpa fue el único con estas características en el norte argentino.
Por supuesto que antes y después de La Carpa hubo grandes poetas, excelentes escritores, en la zona; pero por razones analizables no configuraron nunca una generación. Juan Carlos Dávalos, por ejemplo, tuvo posibilidades de armarla: tenía prestigio, era amigo, además de cuñado, de Daniel Ovejero, con quien compartía temática y modalidad, y contaba con otros escritores en las provincias vecinas, que exhibían parecidas intenciones literarias; pero sea por desinterés, porque no era su destino o porque aún no había cuajado el tiempo histórico para un proyecto colectivo, lo cierto es que ni siquiera lo imaginó. El grupo La Brasa a su vez, nunca salió de la ciudad de Santiago, y sospecho que, estrictamente, ni siquiera allí significó una generación de escritores sino, en todo caso, un equipo de intelectuales preocupados por la animación socio-cultural de la ciudad. La Carpa, en cambio, tuvo un propósito definido: dar forma a eso que, con expresión contemporánea, se llama política literaria, con manifiestos, decisiones y estrategias. Algo que no ha vuelto a existir hasta ahora.
No creo, sin embargo, que hubiera tenido éxito con la sola fuerza de una convocatoria; era necesario algo más: que la hiciera alguien con algún ascendiente, ya sea por edad, prestigio o ambas cosas; que esa persona tuviera un tipo de cultura que le permitiera teorizar sobre las intenciones, puesto que además de explicarlas debía explorar los límites de la generación, enunciar los denominadores comunes que la iban a definir y las razones de su necesidad; porque no olvidemos que una gestión no depende sólo de una buena idea: se trata de un proyecto; y un proyecto es nada menos que la viabilidad de esa idea. Quiero decir que Galán, en ese trámite, no podría haber sido solamente el buen poeta que fue: tuvo que sumar otras condiciones, de organizador, para imaginar y consolidar una generación que hasta entonces no existía.
Incluso fue necesario que ese momento llegara en el sitio conveniente, porque no era posible que el tiempo fuera el indicado pero que fallara el lugar. Tengo la impresión (no llega a ser teoría) de que en aquellos años no podría haberse hecho esa convocatoria sino desde Tucumán. Esta era, sin dudas, la ciudad más activa de la zona, la que tenía teatros en pleno funcionamiento, orquesta propia, publicaciones más o menos duraderas y, sobre todo, universidad: la única en el norte por entonces. Un movimiento cultural como La Carpa, que reunió a poetas, a artistas plásticos, a pensadores y en general a intelectuales de diverso signo, necesitaba aporte teórico, debates (que efectivamente existieron) y conocimientos específicos; y con estas razones estamos mencionando al enjambre universitario, siempre ávido de enunciados y discusiones. Tampoco olvidemos que Tucumán contaba con el único periódico de circulación nacional: imprescindible soporte para mostrar el plan. De modo que, siendo la persona indicada, Galán debió darse cuenta de que también estaba en el lugar indicado.
He hablado de debates. No es posible disimular, sin traicionar su espíritu de origen, que La Carpa traía una intención polémica. En su primer manifiesto, redactado por Galán, arremete de frente contra "esa floración de poetas folkloristas", y aunque no da nombres propios, amojona el camino para que no nos perdamos ni confundamos el amor a la tierra y a sus tradiciones (que cuajaría, y en breve, en el mejor folklore que hubo en el norte) con el abuso de "giros regionales y de palabras aborígenes". Se trataba, según el manifiesto, de un "nativismo mezquino", identificado con palabras duras que ponen en evidencia un fastidio. No es difícil pensar, con sólo atender al panorama de la época, que La Carpa abre pelea contra excesos de un tipo de versificación que frecuentaba, entre otros, Rafael Jijena Sánchez, o los puya-puyas más vocacionales de Domingo Zerpa, y contra una línea bastante impostada que prosperó por un tiempo y recaló, por ejemplo, en Miel de la tierra (Allpamiski), fechado en 1945 por Emma Solá de Solá. Contra qué peleaban, lo dicen ellos mismos; aclarar los nombres no es sino consecuencia.
Otra pelea quedó flotando en aquella frase repetida: "Tenemos conciencia de que en esta parte del país la Poesía comienza con nosotros". Estaba destinada a levantar polvareda, como efectivamente ocurrió; y aunque Galán, años después, quiso desactivarla con mucha elegancia, calificándola de "heroico disparate", no dejó de invocar razones justificativas, de política literaria, explicando que, si gritaban, era para que los oyeran. Sus razones son tan meditadas que me parece necesario transcribir un párrafo escrito en 1956 que, mejor que nadie, explica el contexto: "En ese momento, la frase era absolutamente necesaria para establecer un deslinde definitivo y para fumigar el campo en torno de La Carpa. Nuestro vecindario era muy malo: en la vereda de enfrente, quienes invocaban la condición de discípulos de Jaimes Freyre eran desmentidos por la calidad de la mercadería que se cobijaba bajo ese nombre a gusto. Los vecinos de al lado continuaban glosando, imitando y rebajando -sin conseguir reflejar su fresca gracia- La Leyenda de Coquena, La Flor del Lirolay y Tata Sarapura (en ese momento, para que no nos confundieran con esos vecinos, tuvimos que olvidar a Juan Carlos Dávalos). Había también algunos desafinados ecos de Ricardo Rojas que versificaban enfáticamente la prosa de El país de la selva, pero que ignoraban o desdeñaban al cristalino y sencillo Ricardo Rojas de las Canciones, de noble sabor a copla popular. Los vecinos del fondo eran los peores, incapaces de escribir versos en cristiano, los llenaban de palabras quechuas para halagar el esnobismo de los turistas, desencadenar el torrente de declamadores de circo y las gárgaras de las señoritas recitantes y recalcitrantes". Es decir que, más que arrepentirse por aquel desafío, Galán se tomó el trabajo de fundamentar, y aun de reiterar sus motivos.
La convocatoria se hizo en 1944: convendría repasar los nombres de los integrantes para tener idea de su éxito; pero produjo además un fenómeno posterior, como de espoleta retardada, porque grupos de alcance provincial que surgieron luego (Tarja en Jujuy, Calíbar en La Rioja) fueron consecuencia de la onda expansiva de La Carpa, con postulados parecidos, vínculos recíprocos, que ayudaron a completar el mapa cultural del Noroeste. Estos grupos, sumados como partes de un conjunto, más otros poetas que no pertenecieron a grupo alguno, pero que sintieron su impacto, apuntalaron la certeza, irrepetida hasta hoy, de que esos escritores integraban un proyecto generacional.
Hay otro aspecto a consignar. Galán, que era de los mayores, tenía 31 años en 1944. No es su juventud lo que sorprende, puesto que las estrategias generacionales, la redacción de manifiestos y las declaraciones vocativas son actividades propias de la juventud: expresan la intención de "crecer juntos", apoyarse en el crecimiento. Lo inesperado sería que un señor de 50 o de 60 años decidiera armar la generación que lo incluye, a una edad en que la generación ya tiene que estar hecha e incluso está desapareciendo. No son los 31 años lo que llama la atención, sino la intuición para verles el futuro (lo que más tenían) a algunos de los convocados, y en esta intuición se reconoce también una capacidad organizativa. Porque si María Adela Agudo, por ejemplo (también de los mayores), ya había dado pruebas de madurez literaria, otros poetas, como Castilla, Aráoz o Sara San Martín (a sus 25, 21 y 22 años respectivos), recién estaban templando el instrumento, y no habían escrito aún los poemas que irían a caracterizar sus obras; los dos últimos incluso no tenían todavía libro publicado.
Como se ve, Galán era, además de buen gestor, hombre de buen ojo, con unas condiciones que sirvieron para ponerlo en el centro de la escena. Queda, por supuesto, su excelente poesía: tuvo la suerte, que todo poeta espera, de poner poemas suyos en la memoria de sus lectores. Los tercetos encadenados de "Coya muerto en el ingenio" eran obligatorios en las reuniones de mi época joven; espero que sigan siéndolo. Es posible que el afianzamiento del grupo, la aclaración del planteo, la identificación de sus fobias y el enunciado de lo que intentaban hacer, lo hayan ayudado a alcanzar su hervor literario, la puesta a punto de su oficio, porque también es cierto que la artesanía peculiar de su obra le llegó después, con su libro Carne de tierra, como si él mismo fuera el mejor homenaje a su gestión.No quiero terminar estos apuntes sobre aspectos periféricos de La Carpa sin recordar una copla de Galán, de las más hermosas que se han escrito en el norte:

Yo ya estuve en Maimará,
pero no me acuerdo cuándo,
si era en tiempo de cantar
o en tiempo de andar llorando.(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios