Cómo Estados Unidos llegó a ser potencia mundial

Por Willy G. Bouillon

12 Diciembre 2004
Gore Vidal no alcanzó la fama de muchos de sus compatriotas, que trazaron rumbos en la literatura del siglo XX, como Faulkner o Hemingway, a los que se podrían sumar Capote, Updike o Mailer, pero los supera ampliamente por la vastedad de su bibliografía (desde 1948 a 1998, prácticamente ha entregado un título por año), que incluye la novela, el ensayo político, la biografía (Lincoln, Juliano el Apóstata), el guión cinematográfico y hasta esa suerte de socio-ficción que desplegó en Kalkl.
Se valió del manejo de géneros diversos, junto al aporte de un sólido conocimiento de la historia norteamericana y su larga experiencia como periodista, para escribir Imperio (libro editado en 1987), casi una novelización de lo que pudo haber sido el esbozo de un enfoque ensayístico, con base en una mirada crítica, que ha sostenido a lo largo del tiempo, sobre el modo en que Estados Unidos llegó a convertirse en la primera potencia mundial. Con sagacidad, optó por un título que, obviamente, alude a esa versión moderna del Imperio Romano representada por la Unión, pero también a los "microimperios" personales, formadores a su vez de los grandes trusts, quizás sus verdaderos artífices y auténticos impulsores de las decisiones de mayor significación.
Pocos años (los que van de 1899 a 1905) le resultaron suficientes para encontrar el material que fundamentara ese punto de vista. A fines de 1898, ocurre un episodio que adquiere carácter de bisagra. En diálogo con el secretario de Redacción de su diario Morning Journal, el magnate del periodismo sensacionalista (luego se llamó amarillismo), William Randolph Hearst -el ciudadano Kane del célebre film de Orson Welles-, le dice a aquel que es necesario un buen acontecimiento para aumentar las ventas. "Una guerra, por ejemplo", propone. "Pero es que no hay guerra", fue la respuesta. "Por eso no se preocupe -replicó el Jefe, como se conocía a Hearst en los círculos de prensa-. Yo pongo la guerra, y usted se encarga del resto".
Un mes más tarde, una explosión hundió el Maine, anclado frente al puerto de La Habana, y murieron más de 200 marines. Estados Unidos acusó a España como responsable y le declaró la guerra, que duró sólo tres meses y le permitió a Washington ocupar Filipinas, otro enclave de la Península, con lo que abrió puertas para posicionarse en unas cuantas islas del Pacífico. No faltó, sobre todo entre sus competidores, quien pensó en Hearst y su vocación inescrupulosa por "construir" la noticia. Pero el Jefe, desentendido de esas deducciones, ya estaba trazando planes para enviar un barco a la Isla del Diablo, con el objetivo de liberar por la fuerza al capitán Louis Dreyfus, asunto ideal para llenar varias ediciones.
El 6 de septiembre de 1901 muere el presidente McKinley, al ser baleado por un anarquista. Asume interinamente Theodore Roosevelt, que como militar combatió contra España, fue senador republicano y gobernador de Nueva York y vicepresidente, al ocurrir el magnicidio. Este es otro punto de inflexión de la novela, porque a partir de allí los acontecimientos van acercando a estos dos hombres distintos, pero con muchas similitudes. El belicista Roosevelt, con su "política de las cañoneras" (tres buques de guerra, en este caso), desbarata los intentos de Colombia por sofocar la asonada independentista de Panamá. El triunfo de la rebelión le permite a EE.UU. asegurarse el dominio del canal que estaba en construcción para unir los dos océanos. La experiencia entusiasma tanto a Roosevelt que comienza a proyectar otras hegemonías en Asia y en Europa. Mientras, el ambicioso Hearst, obsesionado por aumentar su poder (que ya ejerce a través de 17 periódicos), ha iniciado una carrera política con el propósito de llegar a la Casa Blanca. En medio de estos dos jugadores de ajedrez, en un entorno en el que desfilan escritores de la talla de Henry James, Henry Adams y Stephen Crane y relevantes figuras políticas, como Cabot Lodge, el relato aborda otros ingredientes; entre ellos, el comprometido apoyo económico que recibe Roosevelt de la Standard Oil, y el "frente" periodístico adverso a Hearst, liderado por Pulitzer y el único personaje no real, Carolina Sanford, la primera mujer periodista (otra astucia de Vidal), directora del imaginario diario Tribune.Un momento cautivante de este extenso libro, muy dialogado, está en sus últimas cinco páginas, cuando finalmente se produce el encuentro de Roosevelt y Hearst. Nadie fue testigo de esa reunión, pero Gore Vidal hace alarde de una notable capacidad de deducción para reproducir sus detalles, siguiendo el perfil psicológico de cada uno. Es difícil sustraerse a la relectura de esta increíble conversación de las cabezas de dos imperios, cuya última frase el escritor cede a Hearst. Ante un reproche del presidente, que le ha dicho: "Usted se olvida de la Historia", el Jefe responde: "La Historia no es más que la ficción definitiva". (c) LA GACETA

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